Me dice A. que la mañana en la que vio a mi padre por última vez le asustó tanto su aspecto que no se atrevió a saludarle. A. iba al banco a hacer unas gestiones cuando lo vio caminando al otro lado de la calle. Iba andando rápido, mirando al frente, con las manos metidas en los bolsillos del pantalón, como si por una vez en su vida supiese a dónde ir. Me dice A. que no pudo reaccionar; que verle tan demacrado la paralizó.
Cuando A. regresó a casa, llamó a Gaspar, -el mejor amigo de mi padre por aquella época- y le preguntó por él. Quería saber cuanto tiempo hacía que no le veía, o si le veía, qué le pasaba, porqué tenía ese aspecto tan demacrado. Gaspar no sabía nada de él desde hacía meses.
Esa misma tarde mi padre fue al bar de un amigo a beber. Sentado a la barra empezó a encontrarse mal y veinte minutos después una ambulancia trasladaba su cadáver al hospital.
A. me cuenta todo esto en el pequeño callejón de Cala Bona en el que vive. Tengo el sol de julio incrustado en mi nuca. También me arden los antebrazos y las manos. A. suda mucho mientras gesticula con lentitud. Veo su cara redondita llena de gotas de sudor y sus pequeños ojos de ratita mirándome con ternura. Estamos aquí los dos, de pie, junto a un contenedor de basura, hablando de la muerte de mi padre, con el mundo dando vueltas alrededor camino de la playa.
- En el hospital no me dejaron verle. Me dijeron que sólo podían entrar familiares directos.
Antes de verme con A. he estado dando una vuelta por la playa, intentando reconocer los lugares que frecuenté en el verano de mil novecientos noventa y cinco, hace ya catorce años. Aquel verano trabajé junto a mi padre en el restaurante de A. y cuando acabó la temporada me fui y ya no les volví a ver.
-No sabíamos a quién avisar –dice A.- Nos preguntaron por algún familiar, pero ni Gaspar ni yo sabíamos como localizaros. Fue todo muy rápido... Iban a enterrarlo en una fosa común. Si no aparecía nadie, allí es dónde iban a enterrarlo.
Mientras A. me habla yo asiento: quiero que vea en mi expresión que no la culpo de nada. Intento mostrar entereza, no venirme abajo y echarme a llorar. Echarme a llorar lo estropearía todo. Quiero saber exactamente qué pasó. Quiero saber todo lo que pueda sobre los últimos años de la vida de mi padre. Quiero que A. siga hablando atropelladamente, como si se estuviera excusando, y tratar de retener toda la información con frialdad. Ya habrá tiempo de llorar.
-Tu padre era una buena persona. Yo hice lo que pude para que cambiara. Pero a tu padre no había quién le dijera por dónde tenía que ir. Él era así.
Le pregunto cuando sucedió todo.
-Este marzo ha hecho cuatro años. Fue en el dos mil cinco.
Me pregunto qué estaba haciendo yo en marzo de ese año y no consigo recordar nada. No consigo encontrar algo en mi vida significativo en todo ese año. Algo que poder asociar al momento en el que mi padre murió en un bar y estuvieron a punto de enterrarlo en una fosa común.
-Al día siguiente, por la mañana, se presentaron en el hospital unos familiares. No les había visto nunca, pero creo que eran la hija que tenía en Marratxi y su madre, aunque no estoy segura: no hablaron con ninguno de nosotros... No sé cómo se enteraron...
Le pregunto por ese nosotros.
-Gaspar, un amigo de tu padre al que no conocía y yo. Nadie más fue al hospital. Intentábamos decidir qué hacer.
A. me dice que aquellos familiares a los que no conocía recogieron sus pertenencias y se marcharon sin hacerse cargo del entierro. Se llevaron una cadena de oro que A. le había regalado a mi padre cuando aún estaban juntos, un reloj y unos cuantos billetes y monedas que llevaba en la cartera. Se llevaron todo lo que tenía algún valor y dejaron lo que no lo tenía allí. Dejaron a mi padre allí.
-Dije en el hospital que me haría cargo del entierro. No me pareció bien que le enterraran en una fosa común. Ahora, al menos, sabemos dónde encontrarle.
Antes de ir a ver a A. he pasado por “Es Mollet”. Es un pequeño restaurante a orillas del puerto. Tiene la terraza justo encima de la dársena. Recordaba que pertenecía a un amigo de mi padre. Es el primer lugar al que he ido a preguntar por él. Cuando he entrado no había nadie: ni clientes, ni camareros. Me he sentado a la barra y he esperado unos minutos. De la cocina salían de vez en cuando algunas risas. El restaurante esta igual que hace catorce años. Ha salido un cocinero y le he pedido una coca cola y mientras me la servía le he preguntado por el dueño del restaurante.
-Sí, sigue siendo el mismo. Hace veinticinco años que lo abrió.
Le explico quién soy. Le digo que trabajé para él rotulándole unos carteles catorce años atrás.
-Debe estar al caer. Ha ido ha hacer unas gestiones. No creo que tarde.
Cinco minutos después he visto como P. entraba por la puerta. Le he reconocido en seguida. Me he quitado las gafas de sol y me he levantado del taburete. Me he acercado a él y me he presentado.
-Vaya! Sí que hace tiempo, sí. Catorce años...
Le he dicho que lo veía igual que entonces; que no había cambiado nada. Le he dicho que me alegraba ver que “Es Mollet” seguía en pie, que había estado dando una vuelta por Cala Bona y que todo había cambiado mucho, que los sitios que yo recordaba ya no existían.
-Pero no creas, la cosa no va bien. Ahora cierro en invierno. En invierno no hay nada que hacer.
He seguido hablando un rato con él, intentando encontrar un hueco en la conversación para preguntarle por mi padre. Me he fijado en que cuando yo hablaba, me miraba a los ojos, pero cuando lo hacía él miraba hacia las ventanas, hacia la dársena. En uno de esos momentos he tenido la certeza de que cuando le preguntara por mi padre me diría que estaba muerto y he pensado que debía estar preparado para recibir el golpe, que debía dejar claro con mi expresión que, si bien no lo sabía, la noticia no me sorprendía.
-¿No lo sabes? Tu padre falleció hace unos años... Creo que fue en marzo. Yo tenía cerrado. Me había ido de vacaciones.
Le he dicho que lo esperaba, que no le había vuelto a ver desde entonces, desde el verano del noventa y cinco y que en realidad siempre que pensaba en él o hablaba de él lo hacía en pasado.
-Empezó a encontrarse mal y llamaron a una ambulancia. Pero no hubo nada que hacer: se murió allí mismo, con una vaso de whisky en la mano.
P. me ha dicho que A. se hizo cargo del entierro y que ahora está con un buen hombre. Ha dicho que a veces la ve y se saludan; que la ve un poco mayor, que anda despacito, como si le dolieran todos los huesos. P. me ha dicho que mi padre era un buen tío.
-Pero le gustaba mucho la juerga. Era así. Le gustaba mucho la juerga. Tengo una foto suya...Espera: creo que está por aquí...
P. me ha llevado hasta la entrada. En una pared lateral hay un montón de fotos enmarcadas en un bastidor muy grande. La mayoría son en blanco y negro, y las pocas que hay en color están quemadas por el sol. Ha buscado a mi padre entre ellas, señalándome algunas y haciendo un recuento de todos los camareros y amigos que han muerto.
-Todos se van muriendo –ha dicho, como si eso sólo les ocurriera a los demás.
La foto de mi padre no estaba allí. P. se ha acordado de que la tenía en la parte de abajo, junto a la bodega. Me ha invitado a bajar para que la viera, pero he declinado la invitación. Necesitaba salir de allí y poner en claro mis emociones y aún tenía que despedirme y desearle suerte a P. con la poca entereza que me iba quedando.
A. sigue hablando. Estoy a punto de sugerirle que vayamos a algún lugar con sombra -estoy seguro de que mi nuca se ha puesto roja como un tomate- pero antes de que pueda decir nada, A. me agarra del brazo y me invita a seguirla. Nos colocamos bajo un ficus que sobresale de una de las terrazas laterales que hay junto al callejón, a unos tres metros de donde estábamos.
-A veces se juntaba con Gaspar y cantaban para los turistas en algún hotel. Estaba un tiempo haciendo eso y luego desaparecía y te decían que lo habían visto de camarero en S’Illot o trabajando en algún hotel de Cala Millor. Luego aparecía sin venir a cuento, invitando a todo el mundo, como si nunca se hubiese marchado. De eso fue de lo que me cansé. Por eso lo dejamos.
A. se queda callada un momento, mirándome con esos ojitos entrecerrados; esos ojitos de ratita. Miro hacia el fondo del callejón, buscando las cajas de refrescos y cervezas que apilábamos allí para hacer sitio en el almacén, pero no hay ni rastro de ellas. El restaurante ya no existe. Mil novecientos noventa y cinco ya no existe.
-Puedo decirte dónde está enterrado. A lo mejor quieres ir a llevarle unas flores.
A. me dice esto y yo sólo veo a mi padre cantando una canción de Neil Diamond rodeado de alemanes. Le veo subido a la tarima, completamente inmerso en los años sesenta. En la Mallorca de los años sesenta. Le veo allí y siento una pena inmensa, una pena tan dolorosa que hace que olvide el calor, que olvide que nos abandonó como siempre lo hacía: sin decirle nada a nadie, sin venir a cuento de nada, sólo porque era incapaz de quedarse quieto en algún sitio.
A. me dice que vivió siempre así; que murió solo porque quiso vivir solo. Le digo que lo sé, que a lo largo de toda mi vida sólo pasé con él seis meses: los seis meses que estuve allí.
Mientras hablo con A., haciendo lo imposible por ocultar mis emociones, me giro una y otra vez para ver pasar a la gente camino de la playa. Soy consciente de que estoy intentando que algo de su alegría llegue hasta mí.
Me dice A. que se alegra de que yo no tenga sus mismas ideas. No sé que quiere decir exactamente, pero noto que lo dice con cariño y sé que mientras me habla está viendo en mis facciones las de mi padre.
Me despido de A. dándole dos besos. Le prometo volver en alguna ocasión, más adelante. Me dice A. que cuando lo haga me llevara hasta la tumba de mi padre. Me dice que le llevaremos flores. Le digo que de acuerdo, pero sé que no iré. Me da miedo llegar allí y que mi presencia le moleste. Al fin y al cabo, siempre quiso estar solo.