sábado 24 de octubre de 2009

Alicia

Me casé con ella por su belleza. Todo el mundo pensó que lo hacía por su dinero, pero la verdad es que me casé con ella por su belleza. Estaba forrada, es cierto. Pero tenía un polvo que te hacía olvidar los vinos de Burdeos, las cenas en El Bulli, las casas de Foster, los viajes impagables, los trajes de Hugo Boss, los relojes Cartier, las miradas de respeto, las clínicas de desintoxicación, los dealers complacientes, el whisky de malta, las piscinas climatizadas, los jardines japoneses, los cuadros de Barceló, las vacas en formol de Damien Hirst, los televisores Loewe, los jacuzzis, los masajes, las corbatas de seda, la sensación de no pisar el mismo suelo que los demás.

Me casé con ella por su belleza y porque tenía un polvo que te hacía olvidar que la felicidad abarca unas cuantas hectáreas más que un polvo. Y de hectáreas había para parar un tren. De hecho, el AVE debía pasar por nuestras tierras y no fueron capaces de expropiarnos. Me casé con ella por su belleza, pero lo cierto es que tenía tanto dinero, que ningún político fue capaz de seguir siendo honrado al salir de una de las innumerables fiestas que celebrábamos en aquella época, en la época en la que aún follábamos lo suficiente como para que a mí se me olvidase que si era capaz de comprar la voluntad inquebrantable de un político, qué podría llegar a hacer con la mía.

Un día dejamos de follar y todo se fue por el sumidero del jacuzzi. Yo quería y ella no. Entonces empecé a pensar en los vinos de Burdeos, las cenas en El Bulli, las casas de Foster, los viajes impagables, los trajes de Hugo Boss, los relojes Cartier, las miradas de respeto, las clínicas de desintoxicación, los dealers complacientes, el whisky de malta, las piscinas climatizadas, los jardines japoneses, los cuadros de Barceló, las vacas en formol de Damien Hirst, los televisores Loewe, los jacuzzis, los masajes, las corbatas de seda, la sensación de no pisar el mismo suelo que los demás y las docenas y docenas de hectáreas libres de raíles.

Pero yo me había casado con ella por su belleza y porque tenía un polvo que te volvía amnésico. Sólo que ahora lo recordaba todo con una claridad que viajaba a trescientos kilómetros por hora.

domingo 18 de octubre de 2009

El coño de Iggy Pop

Creo recordar que se llamaba Paula. Puede que se llamase Marta o Sandra, pero da igual: lo importante es que a los trece años sus aficiones eran escuchar a Iggy Pop y enseñarnos el coño. Lo de enseñarnos el coño lo hacía como un pasatiempo más. No había nada sexual en todo aquello. A veces, en el recreo, venía y nos decía “¿Queréis verme el coño?”. Obviamente era una pregunta protocolaria. Así que nos íbamos cuatro o cinco hasta los baños y ella se bajaba las bragas y nos lo enseñaba. Tenía trece años, como nosotros, pero estaba muy por delante de cualquiera. Había llegado a la Luna antes que Armstrong y todos los demás. Quiero decir que su coño era un coño adulto y nosotros no. Su coño era el coño de una mujer, con vello de mujer, un coño al que le gustaba Iggy Pop, cuando ninguno de nosotros sabía quien era Iggy Pop.

A mí me gustaban mucho los coños de mujer, y algo menos la Luna, pero no sabía quien era Iggy Pop. Para mí, aquellas sesiones en los baños no eran un simple pasatiempo. Para mí aquello era algo sexual. Así que no pude por menos que asociar a Iggy Pop con un buen coño de mujer.

Paula o Carolina o Ana, era una adelantada porque le gustaba Iggy Pop cuando nadie a esa edad sabia quien era ese tipo. Yo era un adelantado porque para mí verle el coño era algo sexual, y no una mera distracción. A mi me daba igual quien era Iggy Pop, pero era capaz de recordar con claridad todas y cada una de las formas de aquel coño, como era capaz de dibujar la Luna por sus cuatro costados. Recordaba aquellas formas sobre todo por las noches, cuando me acostaba con la radio encendida, con la esperanza de que pusieran alguna canción de aquel tipo, una canción que me hiciera visualizar con mayor claridad el coño de Sandra. El coño de cualquier mujer.

En aquella clase, en la que éramos unos cuarenta, había dos engendros: Paula y yo. A Sandra le gustaba enseñarnos el coño y a mi me gustaba vérselo y dibujar la Luna por sus cuatro costados. Lo de Iggy Pop vino después. Fue una tarde en la que el profesor decidió que debíamos hacer una actividad extra escolar y nos llevó a la radio. Fuimos todos juntitos, cogidos de la mano, en autobús, hasta una emisora local. Ese día Ana no nos enseñó el coño, pero el locutor de la radio me enseñó quien era Iggy Pop. Estábamos allí, todos de pie, viendo como se las gastaba aquel imbécil, con el profesor aleccionándonos sobre las maravillas de la radio, cuando a mi se me ocurrió preguntarle si sabía quien era Iggy Pop. Me puse cachondo sólo con mencionar el nombre. Pero aquel imbécil resultó no serlo tanto y fue y puso a Iggy Pop y yo casi me corro cuando Sandra o Ana me miró fijamente, como diciendo: “Ahora vas a saber de verdad lo que es un coño”. Lo dijo ella, no Iggy Pop, pero para mi como si lo hubiera dicho él, lo cual es algo del todo extraño: Asociar a un tipo como ese con todos los coños de todas las mujeres del mundo, mientras estás cogido de la mano de algún idiota que aún no sabe diferenciar lo bueno de lo peor, no deja de ser algo enfermizo.

Tardé años en saber que Iggy Pop era un enfermo y que verle el coño a una niña de trece años era delito si tu ya no los tenías. La radio dejó de gustarme en cuanto dejaron de poner a Iggy Pop y todo fue chunda chunda y nada de coños ni de vello púbico ni de lunas.

Me he hecho muchas pajas escuchando a Iggy Pop y he visto muchos coños adultos desde entonces. Sigo pensando que la radio es una mierda llena de imbéciles y que el mundo no es mundo desde que las chicas enseñan el coño, o sus bragas, a cualquiera que se les ponga por delante, sin una banda sonora adecuada. Iggy Pop es un coño y eso nadie me lo puede discutir. Iggy Pop es un coño enorme, peludo, jugoso, adolescente y radiable. Ser todo eso es mucho, siendo un enfermo.


lunes 31 de agosto de 2009

LOST

Hace dos semanas conocí al creador de Lost (Perdidos). Se llama José Antonio Cáceres y trabaja en la carnicería del SYP de mi barrio. Tiene cincuenta y ocho años, es de Albacete y es medio albino, una característica que le causó no pocos problemas cuando era niño. Al parecer esa fue la razón principal por la que se dedicó a la carnicería y a darle a la imaginación desde muy temprano. No me quedaba otra, dijo, buscarme un trabajo en el que pudiera tener siempre a mano un buen par de cuchillos por si alguien se metía conmigo y fantasear todo lo que pudiera para olvidarme de mi condición de bicho raro. Ya sabes como va esto, dijo, si no encajas en la norma te has de ir de Albacete. Yo no entendí muy bien qué tenía que ver Albacete con todo eso, pero asentí para que dejara de afilar aquel cuchillo con tanta energía. Le dije que era un fan acérrimo de la serie, que estaba completamente enganchado y que me parecía increíble estar delante de su creador. Poca gente lo sabe, dijo. Mi mujer, algunos parientes de Albacete y amigos cercanos. ¿Y Jeffrey Lieber, J.J. Abrams y Damon Lindelof?, le pregunté. Buenos chicos, contestó. Sobre todo Damon, todo un profesional. A veces aporta alguna idea original y, si doy mi aprobación, el capitulo se rueda incluyéndola. ¿Así que te consultan todo?, pregunté. Por supuesto, por supuesto, contestó. Yo le doy a la cabeza durante una par de semanas hasta que se me ocurre cómo seguir. Entonces apunto todas las ideas en un papel de estos –señaló uno de esos papeles encerados para envolver la carne- y le voy dando alguna vuelta aquí, en la carnicería. Cuando lo tengo claro llamo al Yoni, mi sobrino, y le pido que me lo pase a e-mail. Yo es que de ordenadores se poco, ¿sabes?, pero él es un monstruo. Él es capaz de enviarles a los americanos lo que escribo ¡y les llega el mismo día! Así que se lo envía y entonces hablo por teléfono con Damon, o con quien esté en ese momento en la oficina, y pulimos un poco los diálogos. Ya te digo que son unos buenos chicos, nunca ponen peros. Le pregunté cómo era que se entendía con ellos y se me ofendió el hombre. Me dijo que hablaba inglés sin demasiados problemas, si acaso se le complicaba la cosa con el acento porque él había trabajado de camarero en sus primeros años en Mallorca en un restaurante de Magalluf y estaba acostumbrado al acento de la clase trabajadora británica y los americanos pensaban que José Antonio siempre estaba borracho como una cuba y que además era del Liverpool. Le pregunté cómo era que se le había ocurrido un concepto tan bueno para una serie. De dónde había sacado la idea de la isla y eso de hacer que todos los personajes tuvieran un pasado en común y tan enrevesadamente tortuoso. ¿Las pechugas te las corto en filetes? Me contestó él. Sí, le dije, son para empanar. Y luego se paró un momento a pensar, rasgándose la barbilla con un cuchillo de treinta y cinco centímetros. Lo de la isla, dijo, en realidad fue idea del Yoni. Yo quería que todo sucediera en un campo de fútbol. Un campo de fútbol al que iban a parar todos los personajes y del que no podían salir. Pero el Yoni, que es un monstruo, pensó, muy acertadamente, que no se iba a poder justificar que hubiera osos polares en un campo de fútbol y que, además, a los americanos les gusta más el béisbol y el baloncesto. Así que decidí que sería en una isla, pero yo pensé en Cabrera y así se lo dije a los americanos. A ellos les pareció bien, pero cuando la vieron dedujeron que era demasiado pequeña para tanta gente. Dijeron que era tan pequeña que Los Otros acabarían llamándose Los Mismos. Así que acabó por rodarse en Jaguai. ¿Has estado en Jaguai alguna vez? Me preguntó. No, le contesté. Ni en Cabrera. Pues es muy bonito, dijo José Antonio, mientras afilaba el cuchillo. ¿Tú sí? le pregunté. Voy una vez al mes, a supervisar los escenarios. Caray, dije yo. Me quedé un rato pensando y le pregunté por los personajes. Bueno, dijo él, los he sacado todos de aquí –y señaló el supermercado con el cuchillo, haciendo un barrido de punta a punta-. No te puedes imaginar la de historias que me cuenta la gente. Por ejemplo: Jack Shephard. Jack es Don Javier, el médico del ambulatorio. Le conocerás. Ese tipo bebe mucho, pero es buen médico. Sí, claro, dije, el señor Javier. Pobre hombre, continuó José Antonio, desde que le dejó la mujer no ha vuelto a levantar cabeza. Pero es un líder nato, eso te lo puedo garantizar.

Uno a uno, fue desgranando el elenco de personajes de la serie y explicándome en quién se había basado y por qué. Kate era la Cati, la cajera del super. José Antonio no estaba seguro del todo, pero sospechaba que había sido abusada por su padrastro tiempo atrás. Por eso era tan casquivana. Por el shock postraumático. Además, la había visto sisar de la caja en más de una ocasión. Hugo –“Hurley”- era Hugo. Hugo Cifuentes, el gordito del almacén. A principios del verano del 2004 le habían tocado seiscientos euros en la lotería primitiva y desde entonces no había dejado de tener mala suerte –aunque mala suerte la había tenido siempre, empezando por su obesidad sin justificación aparente-. Le pregunté por Locke, John Locke, mi personaje favorito. ¿En quién te has basado?, le pregunté. José Antonio miró a ambos lados, aunque no a la vez, sino primero a uno y luego al otro, y contestó bajando la voz: soy yo. Me quedé helado. Hugo acababa de abrir la puerta de la nevera de los congelados y una ráfaga de brisa escarchada me erizó los pelos de las piernas. Cuando la cerró dejé de tener frío y le pregunté a José Antonio si había ido en silla de ruedas alguna vez. Aquel verano, el del 2004, dijo, el día en el que le tocó la primitiva a Hugo, decidimos celebrarlo en el almacén bebiéndonos un par de botellas de vino. José Antonio miró a ambos lados para asegurarse de que nadie nos escuchaba -aunque esta vez lo hizo al mismo tiempo-, y prosiguió. La Cati, la cajera, se puso un poco… Ya sabes lo que les pasa a algunas mujeres cuando beben… En fin… Que estábamos allí en el almacén y la Cati me pidió que le sujetara la escalera mientras ella se encaramaba a una estantería para sisar más vino. José Antonio puso cara de ir a decir algo que le apetecía mucho decir y fue y lo dijo. Pues resulta, dijo José Antonio, que va la moza y se sube a la escalera con aquella falda corta y voy yo y miro por debajo y no veo ropa interior por allí, sino aquel monedero que parecía el de una chiquilla de seis años, todo depilado, y entonces me acuerdo de lo que tengo entre las piernas y me da como un mareo y del despiste hago que la Cati se caiga de la escalera y vaya a parar justo encima de mí y yo trastabillo –se dice así, ¿no?- y caigo de espaldas y me la lesiono. ¡Joder!, exclamé yo. ¡Todo encaja a la perfección, como en la serie! Sí, dijo José Antonio, todo encaja a la perfección. Y añadió: como en la serie. Así que, dijo José Antonio, me pasé casi todo el verano de baja, en silla de ruedas. Como no tenía nada que hacer empecé a pensar en escribir una serie de éxito que diera la vuelta al mundo y me puse a ello y en septiembre ya se había rodado el capitulo piloto. Se estrenó ese mismo mes. El resto, ya lo sabes, es historia viva de la televisión.

José Antonio envolvió mis pechugas –bueno, las mías no, las del pollo- y me preguntó si quería algo más. Le dije que no, que me comería las pechugas esa misma noche viendo un capitulo de Lost que me estaba bajando por Internet. Entonces José Antonio se puso hecho una furia y empezó a gritar no sé qué de derechos de autor, de la SGAE o algo así, y luego me amenazó con aquel cuchillo de treinta y cinco centímetros y se montó un buen pollo, porque se puso a despotricar en inglés arrabalero y me dio la impresión de que estaba borracho y se había hecho del Liverpool y yo traté de calmarlo cantando el “You’ll Never Walk Alone”. Luego, cuando entre Hurley y Sayid –el marroquí de la frutería- consiguieron reducirle, fui hasta la caja a pagar y me encontré con Kate. La Cati me cobró de más, pero hizo ver que buscaba más bolsas debajo de la caja registradora y me dio la oportunidad de ver el monedero y eso compensó el exceso.

Lo que más lamento de todo esto, es que me quedé sin saber cómo acaba la serie. Como os podéis imaginar no he vuelto a ir al supermercado. O mejor dicho: no he vuelto a comprar carne allí, pero lo que es pasar por caja, paso todo lo que puedo.

viernes 28 de agosto de 2009

Salmones o truchas o lo que fuera que pescaran

Ayer pasé toda la tarde en 1986, en febrero de ese año, en un día lluvioso y frío que compartí con Annette, una chica norteamericana que había nacido en un pueblo costero del sur de Alaska llamado Homer. Annette tenía entonces diecisiete años, dos menos que yo. Estaba estudiando en España tutelada por una amiga mía a la que conocía desde hacía dos o tres años y que era profesora de inglés. Esta amiga, a la que llamaremos P y de la que diremos que tenía entonces treinta y cuatro años, me había pedido, como un favor personal, que saliese de vez en cuando a pasear con Annette para que conociera la ciudad y distrajera su soledad mientras perfeccionaba el idioma a nivel conversación. Y dio la casualidad de que cada vez que quedaba con ella nos llovía a mares aunque hubiese lucido el sol durante todo el día, y la temperatura bajaba de golpe cinco, siete o diez grados, dependiendo de si era lunes, miércoles o viernes. Ese día de febrero de 1986 cayó en miércoles y la temperatura, como estaba previsto, bajó paulatinamente siete grados a medida que caminábamos por el Paseo del Borne.

Annette me habló de Homer, del frío, de las truchas o salmones o lo que fuera que pescara junto a su padre en un lago enorme llamado Caribou, al noreste de Homer, al que iban en verano junto a toda la familia. Annette hablaba y hablaba mientras nos llovía por todos lados y buscábamos refugio, y yo la escuchaba distraído y ella seguía hablando de Homer y de su familia, de truchas o salmones, de vientos gélidos, y sobre todo de su padre, que era odontólogo, una profesión que por lo visto puede hacerte rico en los Estados Unidos. Encontramos refugio en un bar y miramos la cartelera cinematográfica en un periódico y tratamos de decidir qué película íbamos a ver y Annette escogió una al azar, una de la que no sabíamos nada, y que resultó ser Blue Velvet.

Salimos del cine empapados por el mundo de Lynch y seguía lloviendo y Annette estaba impresionada por lo que habíamos visto y yo estaba alelado por haber visto lo que había visto junto a Annette. Y caminamos bajo la lluvia, con el recuerdo de la película y con mi inseguridad y sin saber lo que vendría después, que no fue para tirar cohetes, pero sí hermoso, porque Annette me dijo que siempre que nos veíamos llovía y se preguntó porqué sería y yo no supe contestarle porque era verdad y a mí la verdad me paraliza, y sólo se me ocurrió invitarla a un café caliente en un pequeño bar en una calle llena de gente que iba de un lado a otro, refugiándose de la lluvia, sin saber, como no lo sabía yo, que Annette me amaba en secreto. Annette me amaba y yo la deseaba y la lluvia trataba de aunar ambas cosas. Pero hacía tanto frío que era imposible que aquello llegara a buen puerto, aunque Annette estuviera acostumbrada a un frío mucho más intenso, a un frío más norteamericano, casi canadiense, y yo lo sabía pero Annette no y por eso Annette me decía las cosas a medias, en su titubeante español, intentando que yo entendiera que le encantaba que lloviese cada vez que nos veíamos y que no había sido casualidad que escogiéramos aquella película esa tarde; que después de todo, las cosas, por raras que fueran, podían acabar bien, aunque fuera de una forma artificial, como lo es todo en realidad; aunque fuéramos autómatas, como el pájaro que atrapa un insecto hacia el final de la película de Lynch.

Annette regresó a Alaska y no la vi hasta dos años después, también en febrero, en un día que nació soleado, cuando P me dijo que andaba por aquí y yo la llamé y le pregunté por qué no me había dicho que estaba aquí y ella respondió que tenía miedo de que la hubiese olvidado y quedamos en la plaza París esa misma noche y se puso a llover en cuanto nos encontramos y Annette decidió que esa noche no iríamos al cine sino a beber, porque ella había crecido y lo había hecho sin olvidarme y quería emborracharse a mi lado y quedarse a vivir aquí porque odiaba pescar y odiaba el frío y odiaba a su padre y quería estar a mi lado cada vez que lloviera. Yo no me lo tomé en serio ni le dije nada al respecto porque no me entraba en la cabeza que una chica como ella pudiese decir cosas tan bonitas de mí y pensé que debía ser algo pasajero, una especie de amor platónico con fecha de caducidad, que no debía dejar enraizar en su joven y hermosa cabecita casi canadiense.

Y dejamos la plaza y buscamos un bar donde emborracharnos y siguió lloviendo mientras bebíamos en aquel bar rodeados de gente empapada que no sabía, como tampoco lo sabía yo aún, que amaba a Annette y su acento norteamericano y sus historias sobre cómo pescar en un lago de Alaska en un verano que aquí sería invierno.

Annette decidió quedarse aquí, en esta isla mediterránea tan diferente de Alaska, para estar a mi lado. Pero lo hizo sin decirme nada y yo no fui consciente de la dimensión del desastre hasta que la madre de Annette cogió un avión por primera vez en su vida y cruzó todos los charcos que tuviera que cruzar para venir a rescatar a su hija del futuro de mierda que le esperaba si se quedaba junto a mí, un pobre muerto de hambre que quería ser artista en una isla perdida del Mediterráneo, que como todo el mundo sabe es un mar que vaya usted a saber dónde está. Y allí estaba P, la persona que debía tutelar a Annette, recibiéndome amablemente en la academia de inglés y haciéndome pasar a una de las aulas e invitándome a sentarme en un pupitre y aleccionándome sobre lo que iba a pasar a continuación, es decir, la madre de Annette iba a entrar a hablar conmigo sobre el futuro de su hija y yo me iba a comportar como un hombre, fuera lo que fuese eso. P salió del aula y yo me quedé allí, mirando aquel encerado lleno de frases en inglés y subrayados y flechas que iban de un lado al otro de la pizarra, pensando que debía comportarme como una persona educada y honesta, una persona que sabía que le esperaba un futuro de mierda y que no tenía ningún derecho a arrastrar a nadie hacia él.

La madre de Annette resultó ser una señora alta y rubia, imponente a distancia e imponente de cerca. Traía la dureza de los inviernos de Alaska en sus ojos y estaba dispuesta a usarla para llevarse a su hija a casa esa misma tarde sin tan siquiera preguntarme qué me parecía a mí, o qué le parecía a Annette, o si amaba a su hija o ella me amaba a mí o si mi futuro tenía arreglo o no. Ese tipo de cosas ya las había resuelto en los tres aviones que había tenido que tomar para llegar hasta aquella pequeña aula de aquella ciudad provinciana que estaba en una isla perdida en un mar que ni el Dios de Alaska sabría situar en un mapa.

Cuando la madre de Annette salió del aula, se dejó dentro el frío invierno de Alaska, un invierno que, por más que froté mis manos, no conseguí hacer desaparecer hasta que se abrió la puerta y apareció Annette con sus ojos negros bañados en lágrimas. Entonces Annette me abrazó y entré en calor y ella me miró sin entender nada de lo que estaba pasando y yo la tranquilicé y la invité a sentarse a mi lado y le pedí que me olvidara. Le dije que era un mierda con un futuro incierto y que ella tenía un montón de cosas que hacer, cosas maravillosas que debía hacer sin mí. Justo en ese momento decidí besarla por última vez y coincidió que ese momento también lo había elegido la madre de Annette, la señora imponente que iba dejando inviernos allá por donde iba, para entrar en el aula y llevarse a su hija hacia un destino mucho mejor que el mío; hacia un destino que pudiera situar en un mapa.

Annette se marchó y no la volví a ver hasta ayer, hasta que decidí pasar la tarde en aquel febrero de 1986.

martes 25 de agosto de 2009

Madrid-Palma-Madrid

Lo debisteis leer en los periódicos o ver en la televisión. El diecinueve de julio de 2008 fue hallado un hombre septuagenario, completamente desorientado, vagando por las calles de Madrid. El anciano no sabía quién era y no portaba documentación que le identificase. El hombre creía estar en Palma de Mallorca y buscaba una dirección que, obviamente, no existía. Eso era todo lo que recordaba: que tenía que llegar a tiempo a esa dirección. Cuando la policía logró averiguar su identidad comprobaron que, efectivamente, residía en la capital de la isla. Pero averiguaron algo más. El hombre había desaparecido cuarenta y ocho horas antes y su familia había cursado la denuncia pertinente al cabo de veinticuatro. Sin embargo, sorprendentemente, se comprobó que no había ningún vuelo a Madrid en los últimos dos días en el que figurase el nombre del desaparecido. Tampoco había embarcado en el puerto de Palma rumbo a Barcelona o Valencia; ni había cogido ningún tren desde alguna de esas ciudades hasta Madrid. No estaba registrado en ningún hotel de la capital ni de las ciudades o pueblos más cercanos, pero su aspecto no era el de alguien que hubiese dormido en la calle: iba perfectamente afeitado, con la ropa limpia y planchada y parecía haber dormido bien. Cuando se le preguntó cómo había llegado hasta allí, el hombre respondió que él no había llegado a ningún sitio. Dijo que no recordaba nada salvo que tenía que llegar a la dirección que llevaba apuntada en un papel.

Tras tranquilizar a la familia -a quién aquel hombre mayor no reconoció cuando hablaron por teléfono-, la policía madrileña se puso en contacto con sus compañeros de Palma y les pidieron que acudieran a la dirección que el anciano llevaba apuntada.

Cuando los agentes se personaron en la dirección indicada -un vetusto edificio del casco antiguo-, se encontraron la puerta abierta. Tras hacerse notar identificándose como policías, decidieron entrar en el piso. Una vez dentro, los agentes se encontraron sentado en un sofá a un hombre de unos treinta años, vestido de forma extraña, con ropas muy antiguas, de al menos hacía cuarenta años. El hombre –que carecía de documentación- creía estar sentado en el sofá de su casa de El Puente de Vallecas, en Madrid. Cuando se le dijo que en realidad estaba en Mallorca, el joven respondió que qué más quisiera él que estar en Mallorca; que en su vida había viajado; que eso era cosa de ricos y que él, desde luego, no lo era. Extrañados por el errático comportamiento del joven –quién, entre otras cosas sin sentido, les preguntó por sus uniformes-, los agentes informaron a sus superiores. Estos dieron la orden de llevarlo a comisaría para tratar de identificarle y así se hizo.

Tras averiguar su identidad, comprobaron que, efectivamente, el joven vivía en El Puente de Vallecas, Madrid, en 1968. Pero averiguaron algo más. Había interpuesta una denuncia por la desaparición de un joven de su misma edad y filiación en la misma fecha y hora –sólo que cuarenta años atrás- en la que había sido interpuesta la del señor septuagenario hallado en Madrid.

Como quiera que todo encajaba a la perfección, se devolvió a los dos hombres a sus respectivos lugares de residencia y época y se dio por cerrado el caso.

jueves 20 de agosto de 2009

Micro relatos. 04/2009

SMS

El tipo no escribía como quería, sino como podía. Por ejemplo: si tenía que xprsr su amor a una mujer se olvidaba de las vocales y, claro está, la mujer no le krspnd.

Triste

Se moría de ganas de follar. Pero, básicamente, se moría.

Metamorfosis

Brendan Perry se despertó una mañana siendo yo.

Luz

Al final del túnel había otro túnel.

Don

Tenía un enorme talento para casi nada.

viernes 14 de agosto de 2009

Campeón: you have to lose.

Siempre me pasa lo mismo.

Mido dos metros veinte y juego de ala pivot en Los Ángeles Lakers. Acabamos de conquistar el anillo de la NBA en el último partido de la serie y yo he anotado treinta y cinco puntos en lo que ha sido la mejor actuación que he realizado en mi vida profesional. Jack Nicholson ha bajado a los vestuarios y me ha felicitado personalmente. Me ha dicho: sin tu participación nuestro equipo habría sido apeado de los play off hace tiempo. Y luego ha dicho en español: ¡Macho, que errres un macho!

En los vestuarios, mientras celebrábamos el titulo, desnudos, empapados en champán, he comprobado, una vez más, que mi polla supera en varios centímetros a la del resto de mis compañeros, incluidos los negros, que son mayoría, como sabéis, en la NBA. Sin embargo, cuando he salido a celebrarlo con mis amigos –amigos de toda la vida, amigos de España-, he tenido que fingir que mido un metro setenta y cinco y que mi polla es del montón. Un pene pequeño en un cuerpo normal en una vida del montón, sin mérito ni brillantez. No hemos hablado de las portadas en Time, The New York Times, Whashinton Post etc. Ni de las entrevistas en CNN, ABC, BBC etc. Hemos hablado, sobre todo, de los amigos importantes que conoce mi amigo A; del Porsche Carrera que se ha comprado el amigo del primo de mi amigo G; de la época de estudiante en una universidad de San Sebastian de mi amigo P; de lo bien conectada que está la mujer de mi amigo H y de cómo gana dinero el amigo de mi gran amigo T. De mis dos metros veinte, de mi anillo de campeón, de mi polla gorda y larga no hemos hablado. No hemos hablado porque en cuanto yo menciono el tema la gente se pone tensa, se siente inferior, se acongoja y se pone violenta. No ven lo que todo el mundo ve. No ven mis dos metros veinte, ni mi anillo de campeón, ni el paquete que gasto. Ellos creen que todos medimos lo mismo y que no hay pollas más grandes que otras y que nadie es campeón de nada. Ellos creen que lo importante es conducir un Porsche Carrera, haber estudiado en una universidad privada en San Sebastián o estar bien conectado o conocer a alguien que lo esté. Ellos creen que sobre gustos no hay nada escrito, aunque nunca han leído ninguno de los miles de libros que se han publicado al respecto. Yo todo esto lo sé hace tiempo y por eso, generalmente, finjo que soy un enano con la polla pequeña y que nunca he ganado o ganaré nada. Finjo que me gustan sus gustos y que nadie ha escrito nunca nada al respecto. Finjo que soy mediocre para poder tener amigos y así poder salir a celebrar mis triunfos deportivos y mi éxito con la mujeres aunque nunca se diga nada al respecto. Y he de ser feliz así, siendo invisible para poder ser alguien.

sábado 1 de agosto de 2009

Cómo sobrevivir en la selva con un vaso ancho de cristal

Son casi las siete de la tarde. Por alguna razón llevo días retrasando la hora de empezar a emborracharme. Supongo que me siento menos culpable si empiezo a beber a partir de las siete de la tarde y no a las doce del medio día. Da igual si el día ha sido productivo o no –casi nunca lo es-: me mantengo sobrio hasta las siete de la tarde y entonces bajo al bar, me siento a una mesa y conecto a Wilco en mis orejas mientras dejo que el hielo del vaso se derrita un poco. Entonces le doy varias vueltas al vaso y hago que el whisky se mezcle con el agua antes de darle un buen trago. Miro por la ventana del bar y veo a la gente yendo de aquí para allá, de allá para aquí sin razón ni objetivo y vuelta a empezar. Veo coches aparcando y pasando cerca de la ventana. Cuando me acabo el primer whisky no noto nada. El alcohol no me empieza a hacer efecto hasta por lo menos el tercero. Es en ese momento, en el momento del tercer whisky, cuando aparece esa desagradable sensación de fracaso que sólo puedo sepultar si me tomo una cuarta copa lo antes posible. Tras el cuarto whisky las cosas mejoran. Mi cabeza se llena de proyectos y propósitos que empezaran a fraguarse al día siguiente, cuando deje de beber definitivamente y me ponga las pilas con energía renovada. Al día siguiente todo cambiará porque yo cambiaré y la gente no irá de aquí para allá y de allá para aquí sin razón ni objetivo. Entonces me voy animando con todas esas cosas que se me pasan por la cabeza y que no recuerdo al día siguiente. Me animo y me digo a mí mismo: “Mañana te dejas de historias y te pones con esa puta novela. Recuerda: será una gran novela”. Sé que es mentira incluso antes de formular la frase. Sé que jamás escribiré ninguna buena novela. Sé que nunca haré nada que merezca la pena por la sencilla razón de que aún no lo he hecho y lo que no existe no existe y voy de aquí para allá y de allá para aquí sin razón ni objetivo. Pero en ese momento, aún sabiéndolo, aún sabiendo que todo es mentira, consigo creérmelo. Consigo creerme mi mentira que sé que es mentira y la sensación de fracaso queda olvidada y creo saber a dónde voy y por qué.
Mi novela se titulará JB.
Son las siete de la tarde. Que comience la representación.

Micro relatos. 03/2009

Contagio
Cada vez que mi mujer bosteza, yo doy un trago.

Orión

Cuando se encontró vida inteligente en otro planeta, no hubo forma de entenderse con ellos.

Recreativos
La máquina me dio un premio de 240 euros. Cambié las monedas por billetes en la barra y me acabé el coñac. Salí del bar y crucé la calle. Me metí en otro bar y solicité cambio.

2025
Dos niños juegan a las cartas mientras beben whisky y fuman sin parar, antes de ir a follar a un club de alterne.

Feminismo
Una mujer quedó embarazada tras ser inseminada con esperma sintético de última generación. Parió un niño.

Drama
A la mujer más hermosa y sexy del mundo no le gustaba follar.

On the road
Un Nissan rojo metalizado saltó al vacío en plena noche desde un acantilado sin GPS y con los faros rotos. Aún así encontró el camino.

Letter
El suicida escribió su carta al juez en tercera persona para intentar comprender por qué lo hacía.

Preguntas
-¿Porqué ha muerto?
-No ha muerto.
-¿Quién?

jueves 30 de julio de 2009

Mujeres

Sólo ha habido dos mujeres importantes en mi vida. Con la primera pase diez minutos. Con la segunda algo más de quince.

A la primera la conocí cuando yo debía tener unos veintitrés años. Quizás más; quizás menos; quizás veintitrés años. Había ido a charlar con una amiga a un bar. Estábamos sentados a una mesa bebiendo cerveza y comiendo de un plato de frutos secos variados de esos que te sirven en algunos bares: maíz tostado, pipas de calabaza, garbanzos secos, pipas de girasol. Mi amiga –a la que llamaremos Sandra, aunque ese sea su verdadero nombre- seleccionaba sólo el maíz tostado apartando todo lo demás con el índice. Yo sólo cogía los garbanzos secos porque me recordaban el culo de una mujer. El resto lo guardábamos para cuando no quedara más remedio.

Desde la barra del bar dos espaldas nos observaban. Dos espaldas de mujer. Una era joven y la otra lo había sido. Sandra me estaba hablando de algo sin ninguna importancia y yo la atendía sin ningún interés para equilibrar la balanza. La espalda que aún era joven tenía una cabeza con el pelo negro como sólo el pelo negro puede serlo. La otra no tenía cabeza, aunque la ladeaba con vehemencia, por lo que deduje que era madre –probablemente de la otra espalda, la que sí tenía cabeza-.

En el preciso momento en que Sandra empezó una conversación cargada de importancia y yo respondí con mucho interés para volver a equilibrar la balanza, la espalda que aún era joven y tenía cabeza dejó de ser espalda y se hizo rostro. Así que aquella espalda que tenía cabeza también tenía rostro, y, ese rostro, lo había visto yo dos días atrás en un sueño extraño –y perdonen la redundancia- en el que un cuerpo blanco como una enana blanca yacía desnudo en una cama llena de polvo, en una habitación llena de polvo, en un edificio lleno de polvo, en una ciudad llena de polvo blanco como el cuerpo de una mujer con esa propiedad. El cuerpo yacía desnudo y el cabello negro lo acababa. El rostro de mi sueño me miró como luego lo haría el rostro del bar y por eso supe que ambos pertenecían a la misma espalda.

En el sueño, el cuerpo blanco con rostro que mira como si mirara en un bar, me decía “ven”. Y “ven” significaba “túmbate sobre este polvo blanco y hazme el amor”. También significaba otras cosas; cosas que no recuerdo porque hice caso sólo de la primera orden y el polvo que me cubrió taponó mis entendederas, que se encuentran justo ahí. El cuerpo blanco no tenía nombre, pero la luz que se filtraba a través de la ventana dando peso y entidad al polvo flotante me lo susurró a la nariz haciendo que al estornudar la llamara por su nombre. Así que cuando aquella mujer joven se giró y me miró a los ojos en aquel bar en el que servían frutos secos seleccionables yo ya sabía cómo se llamaba. Y sabía más cosas, sólo que olvidarlas fue fácil cuando Sandra dejó de darle importancia a la conversación importante que mantenía y yo tuve que dejar de mostrar interés para volver a equilibrar la balanza y así mantener al mundo girando sobre sí mismo otros cuatro mil millones de años más.

Cuando aquel rostro blanco acabado en negro me miró en aquel bar que era el paraíso de los frutos secos, supe al instante que era el rostro de mi vida, la espalda de mi vida, el amor de mi vida. O por lo menos uno de ellos.

Aquel rostro que me miró como me miró, y del cuál conservaba imborrable el recuerdo de su nombre en mi nariz y en mis entendederas que se encuentran justo ahí, se levantó y desapareció de mi vida. Todo sucedió en diez minutos, a los que habría que añadir el tiempo elástico de mis sueños. Una eternidad, vaya.

La segunda y última mujer importante de mi vida se me presentó de frente, por lo que no supe si tenía espalda hasta que se bajó de aquel vagón de metro en París, aquel vagón que nos llevaba a algún sitio entre Trocadero y Le Marais, que es a dónde van los vagones de metro en París cuando no tienen otra cosa que hacer.

Como digo la chica se me presentó de frente, pero también sentada. Su cuerpo acababa en rubio. La chica me miró un instante y al siguiente supe que era la mujer de mi vida. O mejor dicho: la segunda mujer de mi vida. Ella iba escuchando su Ipod quince años antes de que Steve Job se lo inventara. Eso me confirmó que, además de en rubio, su cuerpo finalizaba en inteligente. Me enamoré al momento y ella hizo lo propio para equilibrar la balanza y así conseguir que aquel vagón de metro siguiera yendo a algún sitio entre Trocadero y Le Marais por siempre jamás. Yo disimulé como pude mi amor por ella pensando en aquella primera chica que acababa en moreno y cuyo nombre sólo se podía pronunciar estornudando. Ella –la chica del metro- se dio cuenta de mi treta al leerme el pensamiento a través de su Ipod y sonrió con dulzura y compasión, como diciendo “que dulce eres y cuanta compasión produces”. Yo cambié mis pensamientos a un formato incompatible con su Ipod y ella subió el volumen del aparato. Se lo tomó mal. Entonces se levantó y saltó del vagón en marcha en una estación entre Trocadero y Le Marais. Así fue como perdí al segundo amor de mi vida. Desde entonces vivo solo en un pequeño apartamento lleno de polvo justo a quince minutos de Trocadero.

Tomo el metro todos los días, sobre todo cuando no tengo otra cosa que hacer.

Micro relatos. 02/2009.

Amistad.
Necesitaba a un amigo y llamé al 112.

1984
A las 21:10, según mi ordenador Apple Macintosh, estoy borracho.

Love me.
Si mi problema es no quererme, dejar de necesitar ser amado es la solución.

This is the end.
Mi vida se acaba y no me enorgullezco de ella.

Soluciones.
Lo que no se arregla con un polvo no se arregla con una cena.

Despedida.
-Vale… dame una hora para que reúna todo lo que de importante he hecho en la vida, lo grabe en un pen-drive y después desapareceré para siempre.

Un trato es un trato.
Cuando escucho Handshake Drugs la ropa íntima femenina deja de ser importante. Con esa canción podría vivir el resto de mis días en soledad. Handshake Drugs no es sólo una canción; es un olor que trae recuerdos. Puesto que los muertos no recuerdan, Handshake Drugs hace que me sienta vivo. Estaba pactado.

miércoles 29 de julio de 2009

Micro relatos. 01/2009.

Verano.
Me riego con whisky. Me pudro al sol.

Rendición.
La ciudad imperial me engulle. La ciudad imperial me hace súbdito.

Equívoco.
La chica saluda y no es a mí.

Percepción.
Todo es feo.

Dibujo lineal.
La distancia entre dos puntos puede ser tan grande como para que sólo exista uno.

Melodía.
La música sonaba como si el crepúsculo fuese el amanecer.
Sonaba como si todo pudiese volver a empezar.
La música mentía.

Falsas esperanzas.
Antes de conocerte eras maravillosa.

lunes 27 de julio de 2009

Brian filósofo.

Brian le dice a Peter Griffin: “¿Sabes? Lo que me gusta de las adolescentes es que siempre tienen la misma edad.”
El drama de la vejez en los hombres resumido en una frase ingeniosa.

miércoles 22 de julio de 2009

El chico invisible

A decir verdad, yo tenía miedo. Todos mis amigos habían echado a correr delante de mí. En cuanto alguien dio el aviso echaron a correr, pero yo me quedé rezagado en aquel pasadizo de la calle Olmos y era el último. Un coche patrulla estaba a punto de cerrar la salida sur del pasadizo y otro estaba en camino para hacer lo propio con la norte. Probablemente a mis amigos sólo les quedaban cinco o diez segundos para quedar atrapados allí. A mí ninguno.
Eran las tres de la madrugada y habíamos ido a robar en aquel bar porque alguien había dicho que dejaban mucha pasta en el interior y que sabía cómo abrir la puerta metálica. Pero la puerta metálica no se abrió. Lo estuvimos intentando más de un cuarto de hora, pero no se abrió.

-Voy a tirarla abajo aunque me cueste toda la noche –dijo R.

-Deberíamos largarnos –dijo P.

G. se había quedado vigilando la salida norte por lo que pudiera pasar, pero nadie vigilaba la salida sur. P. vio algo reflejado en los escaparates de la calle a la que daba la salida sur. Probablemente una luz azul. Corrió hasta la esquina. Cuando lo oímos gritar echamos a correr hacia la salida norte. P. salió por la sur. Pero yo me quedé rezagado. Entonces G. dio un nuevo aviso y supimos que eran dos los coches patrulla que venían hacia nosotros. Uno por cada lado del pasadizo.
Vi a mis amigos girar hacia la izquierda al final del pasadizo y supe que lograrían escapar y que yo sería el único que quedaría atrapado allí. Entonces hice algo extraño. Dejé de correr, bajé los brazos y al llegar al final del pasadizo giré a la derecha para bajar la calle Olmos, andando tranquilamente hacia el coche patrulla, dispuesto a entregarme. Un policía iba a pie, andando junto al coche. En el interior sólo iba el conductor. El policía que iba a pie se sujetó la pistola con la mano derecha y echó a correr detrás de mis amigos. El coche patrulla aceleró. El policía que corría pasó junto a mí, a menos de un metro. No había nadie más en toda la calle. El policía ni siquiera me miró. Seguí caminando sin mirar atrás unos veinte metros, dejando a los policías y a mis amigos a mi espalda. Entonces me giré. El policía que iba a pie había sacado su pistola y estaba dando el alto a mis amigos. G. tropezó y cayó al suelo. El coche patrulla se detuvo y su conductor salió con la pistola en la mano y apuntó a la cabeza de G. mientras el otro policía giraba por la misma esquina por la que lo habían hecho mis amigos. Yo volví a mirar al frente y aceleré el paso. Entonces oí un disparo y me giré. El policía que se había quedado con G. lo estaba esposando. Lo levantó del suelo y lo empujó contra el coche. Yo seguí caminando y al girar la esquina me encontré en Las Ramblas.

El rumor del agua cayendo en la fuente de Las Ramblas es lo último que recuerdo.

jueves 16 de julio de 2009

Economía.

Mi polla tiene hambre. Tu coño está saciado.
El neo-liberalismo no funciona.

A medias.

Nunca entenderás por qué dejo todo a medias.
Acabarlas es morir.
Nunca lo entende…

Teología.

Dios nos ha dejado solos para que juguemos a ser Él. Cuando acabe con la selección de personal, decidirá quién se va al paro y quién no.
No hay subsidio.

Matrimonio.

-El primer año de relación echábamos tres polvos diarios; el segundo dos polvos cada dos días; el tercero un polvo cada tres… y así.
-¿Y ahora?
-No, ahora nos llevamos bien.

domingo 12 de julio de 2009

Extracto de la novela en la que estoy trabajando. Aún no tiene título.

La mitad de la noche la pasé en el baño y la otra mitad en la cama. Lionel y David me habían llevado a casa en el coche del primero. El Dársena estaba cerca de mi apartamento pero, al parecer, me había empeñado en ir en coche por temor a que mi padre o Adela me vieran en ese estado. Del trayecto solo conseguía recordar el sonido del aleteo del plástico que hacia de luna trasera del coche. Lionel y David me dejaron tumbado en la cama y a partir de ahí sólo recordaba habitaciones fantasmales, interruptores que cambiaban de sitio, ráfagas de luz filtrándose por la ventana y un olor agrio, precedido de punzadas en el estómago, que permaneció durante días flotando en el baño. Dormí desde las diez de la noche hasta las siete de la mañana. Nueve horas, la mitad en el baño y la otra mitad en la cama, en las que se me pasaron por la cabeza innumerables imágenes absurdas e ideas no menos absurdas. Entre ellas la de matar a mi padre. A las siete de la mañana John Wayne empezó a disparar y logró alcanzarme con las dos últimas balas.
De lo primero que me di cuenta, cuando conseguí llegar al baño, fue de que no había tenido muy buena puntería la noche anterior. Había vomitado una gran parte de los jugos gástricos de mi estómago en el suelo, junto a la taza del váter. Al parecer tampoco había tenido bastante con un rollo de papel higiénico para limpiarme la boca, así que había un montón de papel arrugado y húmedo esparcido por el suelo y cilindros de cartón aquí y allá. Incluso en el lavabo había papel. Recogí todo el papel con la escoba y la pala y fregué los restos de vómito con la fregona acartonada. Metí la cabeza bajo el grifo de agua fría y bebí a pequeños sorbos mientras mi pelo se empapaba y mi cabeza se despejaba. Cuando acabé, me acuclillé en el suelo, cogido a la taza del váter, y me metí dos dedos en la boca hasta hacerme vomitar. Después fui a vestirme. Mientras me ponía los pantalones, sujetándome con una mano en el armario para no caerme, una pequeña bolsa de plástico blanca cayó de uno de los bolsillos del pantalón y rodó hasta meterse debajo de la cama. Mientras me agachaba para recogerla, sentí cómo un puñal largo y fino se clavaba en mi cabeza, introducido por la nuca, llegando hasta los globos oculares.
No sabía de dónde había salido aquel gramo de coca. No recordaba haber llegado a pedirle nada a Lionel y desde luego no había salido de casa la noche anterior con él encima. En cualquier caso, tanto me daba. Me puse una buena raya y guardé de nuevo la bolsa en el bolsillo del pantalón. Me peiné sin apenas mirarme al espejo y bajé al restaurante. Eran las ocho menos cuarto.
Hacia la una y media Lionel apareció por el restaurante, sonriente, con su acento francés-andaluz y otra de sus camisas de aspecto militar. Me pilló preparando tres tazas de té y una copa de coñac para unas inglesas septuagenarias.
-¿Cómo va esa resaca? –dijo.
-No lo sé: me dejé la cabeza en tu bar.
-Joder, macho –dijo “macho” en andaluz- Cuando las pillas las pillas todas.
-No le digas nada a mi padre. No quiero que piense que soy como él.
-Oye... Tenemos arreglado lo de la fiesta. He hablado con David y hemos quedado que para el sábado.
-Me parece bien.
-Vendrá Anette.
-¿Querrá verme?
-Es lo único que quiere.
-Pensaba que no querría saber nada de mí.
-¡Y no quiere! –Lionel se echo a reír –Pero quiere verte... Mira, tío, no sé cómo te lo montas con las mujeres, pero Annette es una chica especial. Si quiere verte es que quiere verte y con eso deberías tener más que suficiente para no andar jodiéndola por ahí intentando matarte de una borrachera.
-Me lo dice un francés que esta preparando una fiesta de las gordas.
-Eso no tiene nada que ver –Lionel hizo un gesto mirando el grifo de la cerveza, como si estuviera sirviendo una- Yo sé lo que me hago y porqué lo hago. Yo sólo me divierto. No intento matarme.
Fui hasta el grifo y serví dos cañas.
-Yo tampoco intento matarme –dije- Pero a veces no aguanto toda esta mierda.
-Esto no lo aguanta nadie. Ni yo, ni David, ni Annette. Ni siquiera tu padre lo aguanta. Pero esto es Mallorca y aquí las cosas van así –bebió de su caña y se me quedó mirando- Mira, tío... Tú sabes que estas aquí como podrías estar en cualquier sitio. Depende de ti. Para nosotros es diferente.
-Ahora mismo no sé en qué otro sitio podría estar –dije- Pero la verdad es que me da igual.
-Tú sabrás. De momento quedamos para el sábado –acabó su cerveza y se levantó- Y si se te ocurre pasarte con el whisky, piensa que Annette estará allí para salvarte. No está mal ¿eh?
Annette iba a estar allí para salvarme. El problema era que yo no sabía si quería ser salvado. Me fui al baño y me puse una raya. Después fui a servir los tes y el coñac a las reinas de Inglaterra.

***
Annette no vino. Se perdió el espectáculo.
Había estado esa tarde en el Dársena hablando con ella. Llegué cocido y Annette se enfadó. Bueno: se enfadó al final, cuando intenté desnudarme allí mismo y subirme a una mesa para que viera lo que le esperaba. Annette tenía poco aguante con los tipos como yo, y yo tenía poco aguante con los tipos como yo. Lo uno por lo otro. El caso es que Annette salió de la terraza y se fue a hablar con Lionel. La vi llorar y no entendí la razón. Supongo que se había enamorado de mí y yo había resultado ser una opción errónea. Se lo había advertido. Bueno, quizás no. Quizás me las había dado de artista maldito y eso la había confundido. Suele pasar y no hay que darle mayor importancia. La realidad era que a esas alturas del verano yo ya no era ni artista ni maldito. Yo sólo era un camarero borracho más. Y quería seguir siéndolo. El amor lo dejaría para cuando me diagnosticasen cirrosis. Entonces sí que iba a necesitar una mujer que cuidará de mí. Alguien que recogiera los trocitos de hígado que expulsaría, estertor tras estertor. Mi visión de la vida menguaba como mi polla tras una ducha fría. Quizás eso era lo que necesitaba: una ducha fría. Pero no abrí el grifo. Le pedí a Lionel un gramo y una Mahou –sólo por joder- y Lionel me miró con compasión y me sirvió la Mahou. Ni rastro de la coca. Por suerte llegó David. David el entusiasta. David. Qué gran tipo. Debimos pasar la mayor parte de la tarde en el baño. Él metiéndose rayas. Yo metiéndome rayas y llorando como un idiota llorando. Era una rana y no un príncipe. Era el príncipe de las ranas y lloraba como un puto sapo. Annette se perdió el espectáculo. Annette. Mon cherry Annette. Mon amour Annette. Se perdió el espectáculo.

Hacía mucho calor y la mancha negra vibraba como si le quedara un sólo aliento de vida.
Aparcamos el coche de Lionel y caminamos unos diez minutos sobre la arena, descalzos. David cargaba una bolsa de tela. Las botellas tintineaban a cada paso. Lionel llevaba una pequeña mochila raída. Yo llevaba metidas las manos en los bolsillos y cada vez que pisaba un pequeño montículo de arena trastabillaba y estaba a punto de caer, pero no me daba la gana sacar las manos de los bolsillos porque me había propuesto, estúpidamente, llegar así hasta el final.
Yo sólo quería meterme rayas, mirar tumbado cómo la estrellas seguían haciendo de las suyas. Ver pasar la vida rotando a mí alrededor. Esperar a que todo llegara. Iría a donde fuera y estaría en ningún sitio. Quería sentirme más borracho y más eufórico y más feliz y más vivo y menos muerto de lo que estaba. Pero ¿qué puede sentir un muerto que sabe que está muerto?
El sitio era perfecto. Nos metimos bajo un saliente de las rocas, protegidos por aquella masa pétrea y por la oscuridad y por el olor a salitre y el rumor de las olas y la caballería de dunas de arena. Annette, mon amour: lo que te has perdido. Qué enorme belleza esas estrellas guillándome el ojo. Que maravilla esas olas muriendo frente a mí, tan felices de acabar su corta vida justo allí. Annette, lo que nos hemos perdido.
Hicimos las primeras rayas sobre la cartera de Lionel, pero hacía algo de viento y pensamos que en cualquier momento la coca volaría e iría a mezclarse con la arena, y esnifarse toda la playa no parecía una buena idea. Así que decidimos que lo mejor era pulverizar las bolsas de coca con una de las botellas, meter los cuatro gramos mezclados en un trozo de bolsa blanca que habíamos recortado, y luego ésta en una pequeña caja metálica de pastillas para la tos en la que llevábamos algo de costo. Eso haría que quedase protegida, siempre y cuando a nadie se le cayera la caja de las manos. Después fuimos pasándonos la caja y esnifando directamente de ella. Pero David y Lionel no habían ido allí a meterse rayas de coca. Querían meterse un buen viaje y se pusieron a ello.
-A partir de ahora te quedas solo –dijo Lionel- Aunque si quieres también hay para ti.
-Me quedo solo –dije.
-Como quieras.
Las cervezas habían empezado a calentarse, así que le pegué un buen trago a la botella de whisky con la que había contribuido a la fiesta y esnifé una buena dosis de coca antes de recostarme contra las rocas. David había vomitado nada más meterse el chute y la arena había absorbido todo el líquido del vómito al instante. Lionel se había quedado inconsciente en una postura extraña. Estaba sentado, con las piernas separadas haciendo ángulo y el brazo derecho debajo de ellas. Su brazo izquierdo había quedado retorcido en la espalda, con la palma de la mano abierta hacia arriba. Era como si estuviese pidiendo limosna al revés. Después de vomitar, David se recostó como un niño cansado. Decidí tomarme en serio lo de cuidar de ellos y forcé a Lionel para que adoptara una postura más cómoda. Después me levanté y caminé hacia la orilla. Dejé que el mar mojara mis pies descalzos y me eché a llorar. Lionel tenía razón: me había quedado solo.

sábado 11 de julio de 2009

Ray Ban

Hace diez días supe que mi padre había muerto en un bar cuatro años atrás. Mi padre estaba solo y tenía una copa de whisky en la mano.
La relación con mi mujer va de mal en peor. Podemos estar frente al televisor dos horas sin dirigirnos la palabra.
Me emborracho casi a diario y mi trabajo me aburre tanto que no sé porqué sigo haciéndolo.
Pero tengo unas gafas de sol nuevas.

Hace tres días me compré unos auriculares de cincuenta euros. Suenan de maravilla y me aíslan del exterior. Puedo andar con ellos por calles llenas de tráfico y sólo oigo mi música. Nada más. Sólo mi música.
También me compré unas gafas de sol Ray Ban que me costaron ciento cincuenta y cinco euros. Son polarizadas. Así que me pongo mis gafas de sol Ray Ban de ciento cincuenta y cinco euros, mis auriculares de cincuenta y camino por la ciudad en busca de un bar donde emborracharme y así poder olvidar las dos horas de silencio frente al televisor, la imagen de mi padre derrumbándose por última vez en un bar y un trabajo que debería gustarme pero que he acabado por aborrecer. Entro en un bar del centro y pido un whisky con hielo en vaso ancho. Le digo a la camarera que sea generosa.
-Ponlo como si fuera para ti.
-Yo no bebo whisky.
-Entonces ponlo como si lo bebieras.
Consigo caerle mal a la camarera con sólo dos frases. Le doy al play de mi Ipod y suena “A shot in the arm” de Wilco. Me bebo el whisky y llamo de nuevo a la camarera.
-Ponme otro más generoso que el primero.
-Mira... Aquí las medidas las ponemos nosotros. Si no te gusta vete a otro bar.
-Me gusta este bar... Es un buen sitio para morir.
La camarera me mira un instante. Le gusto. Sé que le gusto. Soy un tipo de lo más atractivo. Sobre todo cuando llevo gafas de sol dentro de un bar. A esa puta la ha puesto cachonda mi chulería. La camarera se va y vuelve con otro vaso lleno de hielo y me sirve un whisky. Llena el vaso hasta el borde.
-¿Te parece bien así? –me dice.
-Me parece bien así –contesto.
-Es el último que te sirvo.
-Ojala eso fuese verdad.
La chica se va. Le doy de nuevo al play y suena “War on war”, también de Wilco. Entonces una especie de relámpago sacude mi cabeza. La agita y la despierta como haría Hulk con Blancanieves. Mi cabeza me dice dos cosas.
-Si de verdad estas intentando matarte bebiendo deberías ir más rápido. Deberías empezar a beber en cuanto te levantes de la cama. Empezar a beber a las siete de la tarde no es ir muy rápido.
-Tu padre la palmo sin haber oído una sola canción de Wilco.
Cuando mi cabeza deja de hablar pago los whiskys y salgo a la calle. Busco un supermercado y compro una botella de JB. Camino con la botella en la mano escuchando “Ashes of american flags”. Me siento en un banco y abro la botella. He de brindar por alguien. Dudo entre mi padre y Tweedy. Lo hago por los dos y sigo mi camino. Me espera una noche de silencio frente al televisor.

lunes 6 de julio de 2009

Me dice A.

Me dice A. que la mañana en la que vio a mi padre por última vez le asustó tanto su aspecto que no se atrevió a saludarle. A. iba al banco a hacer unas gestiones cuando lo vio caminando al otro lado de la calle. Iba andando rápido, mirando al frente, con las manos metidas en los bolsillos del pantalón, como si por una vez en su vida supiese a dónde ir. Me dice A. que no pudo reaccionar; que verle tan demacrado la paralizó.
Cuando A. regresó a casa, llamó a Gaspar, -el mejor amigo de mi padre por aquella época- y le preguntó por él. Quería saber cuanto tiempo hacía que no le veía, o si le veía, qué le pasaba, porqué tenía ese aspecto tan demacrado. Gaspar no sabía nada de él desde hacía meses.
Esa misma tarde mi padre fue al bar de un amigo a beber. Sentado a la barra empezó a encontrarse mal y veinte minutos después una ambulancia trasladaba su cadáver al hospital.
A. me cuenta todo esto en el pequeño callejón de Cala Bona en el que vive. Tengo el sol de julio incrustado en mi nuca. También me arden los antebrazos y las manos. A. suda mucho mientras gesticula con lentitud. Veo su cara redondita llena de gotas de sudor y sus pequeños ojos de ratita mirándome con ternura. Estamos aquí los dos, de pie, junto a un contenedor de basura, hablando de la muerte de mi padre, con el mundo dando vueltas alrededor camino de la playa.
- En el hospital no me dejaron verle. Me dijeron que sólo podían entrar familiares directos.
Antes de verme con A. he estado dando una vuelta por la playa, intentando reconocer los lugares que frecuenté en el verano de mil novecientos noventa y cinco, hace ya catorce años. Aquel verano trabajé junto a mi padre en el restaurante de A. y cuando acabó la temporada me fui y ya no les volví a ver.
-No sabíamos a quién avisar –dice A.- Nos preguntaron por algún familiar, pero ni Gaspar ni yo sabíamos como localizaros. Fue todo muy rápido... Iban a enterrarlo en una fosa común. Si no aparecía nadie, allí es dónde iban a enterrarlo.
Mientras A. me habla yo asiento: quiero que vea en mi expresión que no la culpo de nada. Intento mostrar entereza, no venirme abajo y echarme a llorar. Echarme a llorar lo estropearía todo. Quiero saber exactamente qué pasó. Quiero saber todo lo que pueda sobre los últimos años de la vida de mi padre. Quiero que A. siga hablando atropelladamente, como si se estuviera excusando, y tratar de retener toda la información con frialdad. Ya habrá tiempo de llorar.
-Tu padre era una buena persona. Yo hice lo que pude para que cambiara. Pero a tu padre no había quién le dijera por dónde tenía que ir. Él era así.
Le pregunto cuando sucedió todo.
-Este marzo ha hecho cuatro años. Fue en el dos mil cinco.
Me pregunto qué estaba haciendo yo en marzo de ese año y no consigo recordar nada. No consigo encontrar algo en mi vida significativo en todo ese año. Algo que poder asociar al momento en el que mi padre murió en un bar y estuvieron a punto de enterrarlo en una fosa común.
-Al día siguiente, por la mañana, se presentaron en el hospital unos familiares. No les había visto nunca, pero creo que eran la hija que tenía en Marratxi y su madre, aunque no estoy segura: no hablaron con ninguno de nosotros... No sé cómo se enteraron...
Le pregunto por ese nosotros.
-Gaspar, un amigo de tu padre al que no conocía y yo. Nadie más fue al hospital. Intentábamos decidir qué hacer.
A. me dice que aquellos familiares a los que no conocía recogieron sus pertenencias y se marcharon sin hacerse cargo del entierro. Se llevaron una cadena de oro que A. le había regalado a mi padre cuando aún estaban juntos, un reloj y unos cuantos billetes y monedas que llevaba en la cartera. Se llevaron todo lo que tenía algún valor y dejaron lo que no lo tenía allí. Dejaron a mi padre allí.
-Dije en el hospital que me haría cargo del entierro. No me pareció bien que le enterraran en una fosa común. Ahora, al menos, sabemos dónde encontrarle.
Antes de ir a ver a A. he pasado por “Es Mollet”. Es un pequeño restaurante a orillas del puerto. Tiene la terraza justo encima de la dársena. Recordaba que pertenecía a un amigo de mi padre. Es el primer lugar al que he ido a preguntar por él. Cuando he entrado no había nadie: ni clientes, ni camareros. Me he sentado a la barra y he esperado unos minutos. De la cocina salían de vez en cuando algunas risas. El restaurante esta igual que hace catorce años. Ha salido un cocinero y le he pedido una coca cola y mientras me la servía le he preguntado por el dueño del restaurante.
-Sí, sigue siendo el mismo. Hace veinticinco años que lo abrió.
Le explico quién soy. Le digo que trabajé para él rotulándole unos carteles catorce años atrás.
-Debe estar al caer. Ha ido ha hacer unas gestiones. No creo que tarde.
Cinco minutos después he visto como P. entraba por la puerta. Le he reconocido en seguida. Me he quitado las gafas de sol y me he levantado del taburete. Me he acercado a él y me he presentado.
-Vaya! Sí que hace tiempo, sí. Catorce años...
Le he dicho que lo veía igual que entonces; que no había cambiado nada. Le he dicho que me alegraba ver que “Es Mollet” seguía en pie, que había estado dando una vuelta por Cala Bona y que todo había cambiado mucho, que los sitios que yo recordaba ya no existían.
-Pero no creas, la cosa no va bien. Ahora cierro en invierno. En invierno no hay nada que hacer.
He seguido hablando un rato con él, intentando encontrar un hueco en la conversación para preguntarle por mi padre. Me he fijado en que cuando yo hablaba, me miraba a los ojos, pero cuando lo hacía él miraba hacia las ventanas, hacia la dársena. En uno de esos momentos he tenido la certeza de que cuando le preguntara por mi padre me diría que estaba muerto y he pensado que debía estar preparado para recibir el golpe, que debía dejar claro con mi expresión que, si bien no lo sabía, la noticia no me sorprendía.
-¿No lo sabes? Tu padre falleció hace unos años... Creo que fue en marzo. Yo tenía cerrado. Me había ido de vacaciones.
Le he dicho que lo esperaba, que no le había vuelto a ver desde entonces, desde el verano del noventa y cinco y que en realidad siempre que pensaba en él o hablaba de él lo hacía en pasado.
-Empezó a encontrarse mal y llamaron a una ambulancia. Pero no hubo nada que hacer: se murió allí mismo, con una vaso de whisky en la mano.
P. me ha dicho que A. se hizo cargo del entierro y que ahora está con un buen hombre. Ha dicho que a veces la ve y se saludan; que la ve un poco mayor, que anda despacito, como si le dolieran todos los huesos. P. me ha dicho que mi padre era un buen tío.
-Pero le gustaba mucho la juerga. Era así. Le gustaba mucho la juerga. Tengo una foto suya...Espera: creo que está por aquí...
P. me ha llevado hasta la entrada. En una pared lateral hay un montón de fotos enmarcadas en un bastidor muy grande. La mayoría son en blanco y negro, y las pocas que hay en color están quemadas por el sol. Ha buscado a mi padre entre ellas, señalándome algunas y haciendo un recuento de todos los camareros y amigos que han muerto.
-Todos se van muriendo –ha dicho, como si eso sólo les ocurriera a los demás.
La foto de mi padre no estaba allí. P. se ha acordado de que la tenía en la parte de abajo, junto a la bodega. Me ha invitado a bajar para que la viera, pero he declinado la invitación. Necesitaba salir de allí y poner en claro mis emociones y aún tenía que despedirme y desearle suerte a P. con la poca entereza que me iba quedando.

A. sigue hablando. Estoy a punto de sugerirle que vayamos a algún lugar con sombra -estoy seguro de que mi nuca se ha puesto roja como un tomate- pero antes de que pueda decir nada, A. me agarra del brazo y me invita a seguirla. Nos colocamos bajo un ficus que sobresale de una de las terrazas laterales que hay junto al callejón, a unos tres metros de donde estábamos.
-A veces se juntaba con Gaspar y cantaban para los turistas en algún hotel. Estaba un tiempo haciendo eso y luego desaparecía y te decían que lo habían visto de camarero en S’Illot o trabajando en algún hotel de Cala Millor. Luego aparecía sin venir a cuento, invitando a todo el mundo, como si nunca se hubiese marchado. De eso fue de lo que me cansé. Por eso lo dejamos.
A. se queda callada un momento, mirándome con esos ojitos entrecerrados; esos ojitos de ratita. Miro hacia el fondo del callejón, buscando las cajas de refrescos y cervezas que apilábamos allí para hacer sitio en el almacén, pero no hay ni rastro de ellas. El restaurante ya no existe. Mil novecientos noventa y cinco ya no existe.
-Puedo decirte dónde está enterrado. A lo mejor quieres ir a llevarle unas flores.
A. me dice esto y yo sólo veo a mi padre cantando una canción de Neil Diamond rodeado de alemanes. Le veo subido a la tarima, completamente inmerso en los años sesenta. En la Mallorca de los años sesenta. Le veo allí y siento una pena inmensa, una pena tan dolorosa que hace que olvide el calor, que olvide que nos abandonó como siempre lo hacía: sin decirle nada a nadie, sin venir a cuento de nada, sólo porque era incapaz de quedarse quieto en algún sitio.
A. me dice que vivió siempre así; que murió solo porque quiso vivir solo. Le digo que lo sé, que a lo largo de toda mi vida sólo pasé con él seis meses: los seis meses que estuve allí.
Mientras hablo con A., haciendo lo imposible por ocultar mis emociones, me giro una y otra vez para ver pasar a la gente camino de la playa. Soy consciente de que estoy intentando que algo de su alegría llegue hasta mí.
Me dice A. que se alegra de que yo no tenga sus mismas ideas. No sé que quiere decir exactamente, pero noto que lo dice con cariño y sé que mientras me habla está viendo en mis facciones las de mi padre.
Me despido de A. dándole dos besos. Le prometo volver en alguna ocasión, más adelante. Me dice A. que cuando lo haga me llevara hasta la tumba de mi padre. Me dice que le llevaremos flores. Le digo que de acuerdo, pero sé que no iré. Me da miedo llegar allí y que mi presencia le moleste. Al fin y al cabo, siempre quiso estar solo.

martes 12 de mayo de 2009

Esta cosa.

Esta tristeza no me la sacudo ni con diez millones de hectómetros cúbicos de vodka.
Esta cosa pegajosa me impide andar; me ciega cuando duermo y cuando no.
Esta tristeza la arrastro y disimulo. Esta capa de lodo no se limpia ni se seca. No se cae ni se pudre.
Esta cosa me persigue como un lobo robot; como un programa diseñado para hacer daño.
Esta maldición se nutre de recuerdos.
Esta cosa me asfixia y me hace vomitar.
Esto no era lo que esperaba.
Cuando llega la noche se hace fuerte. Me agarra por los tobillos y me muerde. Me arrastra y me dice cosas. Me ama y yo no. Me obliga y no sé cómo.
Esta cosa me dirige y se reafirma; me dice que sí y que no.
Esta cosa soy yo.
Esta cosa es gris y me quita el talento y se lo lleva lejos.
Esta cosa quiere verme muerto.
Esta cosa me olvida y me recuerda a su antojo. Me comprende y me odia; me quiere lejos de aquí y a su lado. Me domina.
Esta puta cosa que no sé como sacudirme.
Esta cosa que soy yo y que no reconozco.

domingo 12 de abril de 2009

Golpes.

¿Te metes el puto martillo por el culo tú, o te lo meto yo?
Sólo estaba haciendo...
Es Semana Santa, es domingo y son las ocho y media de la noche... ¿Te metes el puto martillo tú o te lo meto yo?
No creo que sea para ponerse así...
No soy ginecólogo... Puedo meterte el puto martillo por el culo como lo haría un camionero.
El hombre se queda una segundo pensando. Deduzco que hace cábalas. Lleva el martillo en la mano; podría abrirme la cabeza con un sólo gesto. Sé que no lo hará. Sabe lo que se juega. Yo no. A mí me da igual todo. El martillo acabará en su culo.
Lo siento. No sabía que era tan tarde.
La próxima vez que cojas un martillo piensa en mí... y piensa en tu culo.
Lo siento.
Buenas noches.
Buenas noches.

martes 7 de abril de 2009

Un descapotable azul

Había conocido a Cardona esa misma tarde, bajo un soportal que hay en la plaza de la Cuartera, en pleno casco antiguo de Palma, una zona que con los años sería rehabilitada y acabaría convirtiéndose en el lugar de moda para gays, modernos, profesionales liberales y jóvenes parejas sin demasiados problemas económicos, pero que por aquella época era uno de los sitios más tristes y decrépitos del mundo, habitado por familias de clase baja, prostitutas y gente sin pasado ni futuro. Uno de esos lugares a los que ibas a parar cuando todo había ido mal, tan sólo para que siguiera yendo mal.
Fue en el verano de 1982, cuando yo tenía dieciséis años. La edad en la que se deben empezar a tomar las decisiones que a lo largo de tu vida recordaras como las más importantes que hayas tomado nunca -sea esto cierto o no-; la edad en la que debes estar haciendo lo que se debe hacer a esa edad y no lo que jamás se debe hacer, ni entonces ni nunca. Aunque vivas mil años.
Así que allí estaba yo, con dieciséis años, tomando todas las decisiones erróneas que se pueden tomar a esa edad y que ahora recuerdo como las más importantes de mi vida. Sea esto cierto o no.
Aquella tarde me refugié bajo el soportal a esperar tiempos mejores mientras me fumaba unos porros junto a Ramos, uno de los chicos del barrio con el que mejor me llevaba. Hacía un calor insoportable y las moscas zumbaban por todos lados. Olía a orina y a basura putrefacta y alguien había rociado el suelo con lejía, pero de todos modos se estaba mejor que en cualquier otro lugar de la plaza, y desde luego mucho mejor que en cualquiera de nuestras casas.
Ramos y yo éramos amigos desde que llegué al barrio con apenas seis años, cuando a mis padres los echaron del piso en el que habíamos vivido hasta entonces y fueron a parar allí intentando empezar de nuevo. Una vez más.
Ramos siempre había sido más alto y más fuerte que cualquiera de nosotros, y su personalidad fue cambiando en la medida en que fue dándose cuenta de lo que eso significaba en un sitio como aquel.
Ramos tenía la cara y el cuello cubiertos de granos, de pequeñas cicatrices y de hendiduras en la piel por culpa de un infección en la sangre o algo parecido. Lo mejor que podías hacer cuando estabas con él era mirar para otro lado, y sobre todo, no hacer bromas al respecto. En cierta ocasión, uno de los chicos del barrio de Corea que conocía a alguien del nuestro, intentó hacerse el gracioso con él y acabó con media cara destrozada, tendido en el suelo y boqueando como un pez. Alguien debería haberle explicado que cuando uno sale de casa debe dejarse en ella sus propias reglas y aprender rápidamente las de los demás. Sobre todo si te sacan tres palmos.
Toda la pandilla estuvimos allí, viendo cómo Ramos casi acaba con la vida de aquel chico. La mayoría pareció pasárselo en grande, pero Ramos permaneció el resto de la tarde sin abrir la boca, sentado en el bordillo de la acera fumándose un porro detrás de otro. Cuando llegó la noche se levantó y se fue sin más. Era como si algo se le hubiese roto por dentro y hubiera pasado todas aquellas horas intentando recomponerlo. Toda aquella fortaleza física se derrumbó por una pelea que había ganado. Pensé que si ganar era eso, ganar no era gran cosa.
Por entonces yo ya había visto muchas palizas –incluso había participado en alguna de ellas- pero ese día, viendo la exagerada violencia con la que se empleó Ramos, supe que todo había cambiado y que a partir de ese momento las cosas sólo podrían empeorar: todo el mundo había tomado nota de cómo debían resolverse los conflictos si querías que te tomaran en serio.

Aquella tarde –la tarde en la que le conocí- Cardona se acercó y saludó como si llevara toda la vida allí. Yo no sabía quién era, pero a Ramos no pareció sorprenderle su presencia. Cardona preguntó: “¿Qué hacéis?”, mientras apoyaba su espalda en una columna y fijaba sus ojos en mí. Esperé a que Ramos dijera algo, pero de su boca sólo salió un bufido.
Cardona tenía diecisiete años -como supe más tarde, cuando ya se había ido y Ramos empezó a largar-, aunque debido a su estatura y a su cara de buen chico aparentaba catorce, o incluso menos. Había estado viviendo desde los tres años con su padre, y ahora que éste había muerto, su madre había tenido que hacerse cargo de él.
A su padre le apodaban “Montana” porque había tenido un bar con ese nombre. Era un tipo bastante fuerte, con brazos musculosos, pero más bien bajo y de andares simiescos. Tenía los brazos tatuados y llenos de cicatrices de viejas quemaduras de cigarrillo. Se los había visto alguna vez en La Gran Taberna, el bar que frecuentaba mi padre. Entonces yo no sabía quién era, pero mi padre sí. Por eso apenas cruzaba una palabra con él. Los dos –Cardona y su padre- vivían en un barrio cercano. El padre de Cardona iba por el nuestro de vez en cuando con la intención de retomar la relación con su mujer, pero Carmen –así se llamaba la madre de Cardona- se negaba una y otra vez, lo que no hacía más que enfurecer a Montana. Entonces Montana la golpeaba y luego se refugiaba en alguno de los bares del barrio a esperar tiempos mejores.
Cardona tampoco había tenido suerte con su madre. Por lo que me contó Ramos, para aquella mujer dar a luz fue el castigo que le envió Dios por no haber tomado las decisiones adecuadas cuando debió hacerlo, así que cuando se separó definitivamente de Montana se largó de casa llevándose sólo las maletas.
Carmen era prostituta –esto lo supe más tarde- igual que la madre de Ramos y lo había sido la mía y todas las demás. Trabajaban en los bares de alterne de la zona y se conocían entre si. Que eran putas no era ningún secreto para nadie y, en general, todo el mundo cargaba con su saco de vergüenza con bastante dignidad.
Respecto al padre, Ramos también me contó que había estado en la Legión, pero que lo habían echado tras darle una paliza a un cabo y haberlo dejado medio ciego de un ojo. Estuvo un tiempo pagando por ello y después se dedicó a encordar sillas para hoteles y restaurantes y a trapichear con el costo que no se fumaba. Se emborrachaba casi a diario, entonces zurraba a su hijo y luego se iba a dormir. A la mañana siguiente salía el sol y el mundo seguía dando vueltas. No dejó en paz a Cardona hasta que decidió tirarse desde aquella terraza y así fue como Cardona termino yendo a parar a mi barrio para que las cosas que le habían ido mal siguieran yéndole mal.
Ramos y él se habían conocido en el reformatorio unos años antes. Allí habían aprendido a desenvolverse en una imprenta, en las aulas taller; a desconfiar de los tutores demasiado afables, y a robar y conducir coches con destreza en sus múltiples fugas. Cardona no bebía, no fumaba y no le gustaban las drogas. Fue una de las primeras cosas que mencionó nada más conocernos. Con el tiempo acabó cayéndome bien –aunque me guardé mucho de decírselo- pero en aquel momento pensé que era un estúpido crío y no entendí muy bien qué clase de relación tenía con Ramos, a quien por otro lado era evidente que conocía de antes. Si no bebía, ni fumaba, ni se drogaba ¿qué diablos estaba haciendo allí, con dos tipos como nosotros?
Sin embargo, mientras la tarde iba pasando y Cardona seguía hablando y Ramos y yo seguíamos liando un porro tras otro, fui cambiando de opinión. Bajo aquella apariencia de chico venido de otro planeta, había un tipo que encajaría perfectamente en aquel lugar.

A media tarde Cardona empezó a hablar de coches: marcas, modelos, caballos, centímetros cúbicos... Mientras, Ramos y yo seguimos fumando un porro tras otro y las moscas siguieron persiguiéndose las unas a las otras sin demasiada suerte.
Cardona resultó ser una enciclopedia del motor. Podía recitarte de memoria todos los modelos de todas las marcas de prácticamente cualquier país y, por lo que contó, debía tener su cuarto atestado de revistas, pegatinas y posters sobre el tema. Eso era bastante raro allí. Me refiero a tener un hobby o una afición que te hicieran olvidar por un tiempo en que clase de lugar vivías. Eso me gustó, porque a mí me había dado desde pequeño por coleccionar tebeos y leer novelas a todas horas y tenía la secreta esperanza de llegar a ser algún día un dibujante famoso o un escritor de prestigio. Así que, si Cardona tenía una afición –la que fuese-, significaba que no se resignaba a vivir la realidad que le había tocado en suerte -no al menos todo el tiempo- y eso me pareció un síntoma de inteligencia.

En medio de todas aquellas marcas y modelos, Cardona mencionó un descapotable azul, al que por lo visto le tenía echado el ojo. Dijo que era tan reluciente y hermoso que daban ganas de pasarse la vida acariciándolo, y que cuando tuviese a unas cuantas putas a su cargo se compraría uno y las pasearía de aquí para allá. Pero Cardona no parecía el tipo de persona que consigue todo lo que se propone. En realidad, nadie habría dado un céntimo por ninguno de nosotros.
Del coche que íbamos a robar sólo recuerdo haberle oído decir que era inglés, azul y caro. Por lo que se refiere a la marca y el modelo no les presté atención. A mí los coches me traían sin cuidado, como ahora, que soy incapaz de distinguirlos unos de otros salvo por el color. A mí me daba igual el coche, pero me tentaba la idea de viajar a gran velocidad y lo más lejos posible de allí. Así que me mantuve en silencio mientras Cardona seguía hablando de su descapotable azul. De vez en cuando se quedaba ensimismado, en silencio, y entonces podíamos oír aquel zumbido persistente de las moscas y sentir aquella extraña paz con olor a lejía.
De pronto, Cardona puso cara de ir a decir algo muy serio, bajó la voz y se dirigió a mí.
-Hay un problema. El coche lo aparcan bajo tierra, en el parking de la plaza de los gitanos. Tendremos que entrar sin que nos vean y sacarlo de allí echando leches.
Dejó de mirarme y añadió:
-Hay gente que no es capaz de hacer una cosa así.
Ramos no dijo nada. Yo no dije nada. Pensé en lo que acababa de decir Cardona y recordé que conocía el lugar y que sabía que era el último sitio del mundo que escogería para meterme en líos.
Se trataba de una pequeña plaza a la que se podía acceder por cuatro callejuelas estrechas y malolientes, o bien por la salida sur de la calle Sindicato, la principal calle comercial de la zona. Esa plaza pertenecía a los gitanos, y los gitanos siempre resolvían los conflictos de la misma manera: ganándolos. Entonces las cosas eran así de sencillas: bastaba saber en qué plaza habías nacido para saber quién eras.
-¿Sabes si es de algún gitano? –le pregunté a Cardona.
-Ni puta idea. ¿Qué más da? –contestó él.
-Da, y mucho... –le advertí- No quiero vérmelas con ninguno. Esa gente no se anda con tonterías.
Cardona miró a su derecha. Una pareja de ancianos caminaba cerca de la entrada del pórtico. El hombre miró de soslayo a través de la arcada, bajó la vista y obligó a su mujer a acelerar el paso. No debió gustarle lo que vio. No podía reprochárselo: a mí me pasaba a menudo.
-El coche es cojonudo: me importa una mierda de quién sea.
-No sé, tío... Es un marrón –le dije. Encendí un porro y añadí:
- Si es de algún gitano, es de todos los gitanos: recuérdalo cuando tengas una navaja metida por el culo.
Cardona se encogió de hombros y se acuclilló, apoyado en la columna. Parecía un niño de diez años al que han castigado. Recuerdo que al mirarle pensé que tenía una de esas caras que dan ganas de abofetear. De pronto, sin saberlo, acababa de ponerme del lado de su padre.
-¿Eres marica o sólo te lo haces? –dijo. Sabía que sólo intentaba ganárseme, pero lo estaba haciendo por el lado equivocado. Empezaba a caerme bien. Acepté.

Mi madre siempre andaba liada en sus asuntos, y a mí sus asuntos me importaban tanto como a ella los míos. No tuve que explicarle ningún cuento, así que esa noche me encontré con Cardona y Ramos en la Plaza Mayor.
Llegué bastante borracho. Había estado dándole a una botella de ginebra que había robado dos días antes en un supermercado de la calle Sindicato. La guardaba, junto a varias revistas pornográficas, el costo y el papel de fumar, en una pequeña caja de madera a la que le había puesto un candado.
Lo hacíamos a menudo. Me refiero a robar toda clase de bebidas alcohólicas, incluso licores repugnantes con sabor a café o a cacao que acababas vomitando en cualquier esquina y te dejaban una jaqueca insufrible. El peor de todos era el Pipermint. Sabía a menta y era espeso y terriblemente dulce, aunque la botella era muy bonita. Lo llamábamos “jugo de putas” porque habíamos oído que eso era lo que solían pedir aquellas mujeres cuando un hombre entraba en tratos con ellas en los bares de alterne. Ni el más pintado resistía un par de tragos de aquella porquería, pero de entre todos los licores y demás bebidas alcohólicas que había en el supermercado, éste era el que resultaba más fácil de robar, ya que estaba en el pasillo más cercano a la salida. Así que cuando los empleados rondaban por el pasillo del whisky y la ginebra, agarrábamos una botella de jugo de putas y salíamos tranquilamente por la puerta. Todo con tal de no hacerlo con las manos vacías: a nadie le gusta trabajar en balde.
Como ya he dicho, dos días antes había tenido suerte y había conseguido una botella de ginebra. Así que aquella tarde, cuando regresé a casa, dejé por un rato mis tebeos y mis novelas, subí con la botella a la terraza, me senté en un rincón apoyando mi espalda en la pared y empecé a beber envuelto en el aleteo de las sábanas tendidas y los chillidos de las gaviotas. Cuando llegó la hora de verme con Cardona y Ramos, guardé la botella bajo llave y salí de casa.
Llegué a la Plaza Mayor sobre las doce. Cardona estaba de pie frente a Ramos, que andaba trasteando con una pequeña navaja automática tatuándole su nombre al banco del limpiabotas en el que solíamos sentarnos a ver pasar las horas. Aún había gente paseando por la calle, tomando el fresco o regresando de cenar en algún restaurante de La Lonja. De vez en cuando oíamos a lo lejos la voz de alguien haciendo alguna gracia. Después carcajadas y alguna carrera. A veces alguien cantaba y otros le secundaban. Había muchas formas de estar en el mundo, y a nosotros nos había tocado la peor. Era para echarse a llorar.
-Cardona dice que aún es pronto –dijo Ramos. Guardó la navaja en el bolsillo del pantalón y se incorporó resoplando. Era imposible no fijarse en sus granos. Miré para otro lado.
-Hay mucha gente por la calle –dijo Cardona- Podría bajar alguien mientras estamos allí.
-Si baja alguien le meteremos la navaja por el culo... ¡Como harían los gitanos! –dijo Ramos. Después se echó a reír. Su dentadura tampoco le iba a facilitar las cosas en la vida.
-Esperaremos –dijo Cardona.
Yo no tenía ninguna prisa. De hecho se me habían quitado las ganas de pavonearme subido en un descapotable. Pensé en irme a dormir. Pensé en abrir mi caja de madera y masturbarme. Pensé que algún día no estaría allí ni en ningún otro sitio y que a nadie le importaría lo más mínimo.
-¿Tienes costo? –le pregunté a Ramos.
Ramos escupió y se metió la mano en el bolsillo del pantalón y sacó el costo envuelto en papel de aluminio.
Poco después, mientras liaba un canuto, una pareja de jóvenes turistas pasó a nuestro lado. Iban canturreando algo que reconocí de la radio. Sonaba como si todo fuese a salir bien, como si ya nada pudiese salir mal. La pareja ni siquiera reparó en nosotros. Cardona y yo nos fijamos en la chica y luego nos miramos mutuamente. Cardona se llevó el puño a la boca, como si estuviera sujetando una polla, y fingió una mamada. Acabé de liar el porro y pensé que al día siguiente aquella pareja tomaría un avión de regreso a Inglaterra y nosotros nos quedaríamos para siempre en aquel banco. Cardona con sus coches, Ramos con sus granos y yo con mi caja de madera.

Zanganeamos un par de horas más, cambiando nuestra ubicación en la plaza de vez en cuando para evitar cruzarnos con algún coche patrulla haciendo su ronda.
A eso de las dos de la mañana, cuando ya apenas quedaba nadie por la calle, cruzamos la explanada desierta de la Plaza Mayor. Podía oír el chirriar de las zapatillas de Ramos al andar. Al otro lado de la plaza, un niño montaba en bicicleta dando vueltas en círculos seguido de cerca por un pequeño chucho. La sombra de dos adultos apoyados en una columna les observaban. Pensé en un infierno deshabitado, pensé que si me encontraba allí al principio de mi vida, su final no debería preocuparme demasiado.
Atravesamos la salida sur de la plaza, en dirección a la calle Colón. Aún se podía percibir el olor a sandwich caliente, a vainilla y a pollo asado de las cafeterías que rodeaban la plaza. Me pregunté por qué la comida para turistas siempre olía mejor que la que comía en casa. Intenté recordar qué había cenado o si lo había hecho, y acto seguido encendí un cigarrillo para quitarme el hambre.
Cardona iba el primero. Se le veía nervioso, pero a la vez parecía estar pasándoselo en grande. Miraba a uno y otro lado sin parar, como si su padre fuese a salir de la penumbra para atizarle y él le estuviese esperando para tirarlo desde lo alto de la terraza. Cada pocos metros se giraba y sonreía. Tenía los ojos pequeños y sus pestañas parecían las de una chica. Llevaba una camisa a cuadros blancos y azules, completamente abierta, que le venía grande y que, pensé, debía ser toda la herencia que le había dejado su padre después de pasarse los últimos años de su vida encordando sillas y zurrándole. Mientras caminábamos podía verle la nuca y parte de la espalda, quemada por el sol y con restos de piel muerta. Cada pocos metros se subía el pantalón con pequeños tirones. Todo parecía venirle grande, así que pensé que quizás le pasaría lo mismo con el coche.
Tras llegar al inicio de la calle Colón giramos a la izquierda. Recorrimos unos metros y giramos a la derecha para entrar en una callejuela atestada de joyerías, que nos llevaría, tras girar de nuevo a la izquierda, al descapotable de Cardona. Cuando llegamos a la plaza nos detuvimos un instante frente a la boca de salida del parking. Ramos encendió un cigarrillo y Cardona bajó unos metros la pendiente para echar un vistazo y asegurarse de que el coche estaba allí. Subió unos metros y nos hizo una señal. Ramos y yo bajamos a toda prisa y cada uno hizo lo acordado. Ramos vigilaba la entrada del parking. Su hombro derecho apoyado en una columna; su cara granulosa iluminada por la luz blanca de un fluorescente moribundo. Cardona en el interior del coche. Sentado en el asiento del piloto movía sus manos bajo el volante tratando de hacerle un puente al arranque. Yo de pie a su lado, mirando a un tiempo la maniobra, vigilando las escaleras de acceso y la pendiente de salida, preguntándome cómo íbamos a levantar la barrera ajedrezada que nos cerraba el paso veinte metros más allá. Estaba demasiado borracho y aturdido por el porro para tener miedo. Sin embargo, mi corazón llevaba un rato golpeándome con fuerza. Era como si no quisiera saber nada de todo aquel asunto, como si quisiera largarse de allí. Sentí nauseas. Quizás sí que era un marica después de todo.

Cuando Cardona finalmente arrancó el coche, y el silencio del parking quedó roto por el bramido del motor, Ramos me miró. Creí adivinar en sus ojos la misma pregunta que me hacia yo: ¿y ahora qué? Pero Ramos ya había robado otros coches; ya sabía de qué iba el asunto, así que no entendí su miedo.
Por el tubo de escape empezó a salir un humo negro y espeso al que le siguieron dos fuertes detonaciones, parecidas al sonido de los petardos. Pensé, con cierto temor, que aquello tenía que haberlo oído alguien más.
Cardona metió la marcha atrás y el coche salió despedido de las sombras y quedó varado, atravesando la calle de distribución, a pocos centímetros de una columna. De nuevo el aire se llenó de humo.
-¡Va, ostia! –gritó Cardona.
Yo fui el primero en saltar al interior del coche, al asiento del copiloto. Mientras Ramos corría hacia nosotros, pensé en largarme de allí, en correr y esconderme tras una columna. Pero en lugar de eso me agarré fuerte a la base del asiento. Olía a quemado por todas partes. Había un paquete de tabaco vacío y arrugado en el suelo del coche, que por alguna razón me molestó, y que lancé al suelo del parking. Esperé la arrancada mientras Ramos saltaba al asiento trasero.
Cardona enfiló el descapotable hacia la boca de salida. Metió primera y el coche avanzó a trompicones hacia la barrera. Pensé que se calaría allí mismo y que tendríamos que salir corriendo, pero entonces Cardona aceleró sin contemplaciones y lanzó el coche contra la barrera y la hizo saltar por los aires. Unos segundos después el coche era nuestro. Podías conseguir cualquier cosa en la vida, sólo tenías que controlar tus náuseas.

Cardona giró a la derecha. La calle en la que nos adentramos nos conducía directamente a la plaza de la Cuartera. Yo sabía que mi madre apenas dormía y que solía salir al balcón en las noches de verano. Nuestro piso daba a una pequeña calle que desembocaba en la plaza y desde el balcón podías ver ésta casi en su totalidad. A veces, mi madre bajaba a la calle y se sentaba junto a otras mujeres en algún portal o en las sillas que bajaban de sus casas. Supongo que charlaban sobre la vida, se contaban cosas del pasado o se dedicaban a despellejar a alguien a quien odiaran. Podrían vernos pasar a toda velocidad conduciendo un coche que no era nuestro, como no lo podía ser ninguno, y eso no habría estado bien.

Cardona apenas llegaba a los pedales, y su cuerpo diminuto se tambaleaba en cada curva como si fuese a salir despedido. Parecía un muñeco de cartón pilotando un trasatlántico.
Al llegar a la entrada de la plaza, le pedí que apagara las luces y la atravesara lo más rápido posible. Cuando lo hicimos, pude ver a varias figuras de pie, moviéndose lentamente, recortadas por la luz de las farolas. Cuando salimos de la plaza llegamos a la calle Ferrería y la recorrimos lentamente. Había corrillos formados por las putas viejas en las primeras esquinas. Algunas entraban o salían de los bares. Calzaban zapatos de tacón alto, sucios y llenos de cicatrices y cada vez que se movían o daban un paso, parecían estar apunto de desparramarse por el suelo, como si no hubiese huesos dentro de aquellos cuerpos. Se oían muchas risas provenientes de los corrillos, risas genuinas, completamente reales, y me pregunté si aquellas mujeres podían reír así porque ya no esperaban ningún milagro que mejorase sus vidas o porque nunca habían contemplado esa posibilidad. Quizás su risa era un escudo o quizás simplemente estaban borrachas.
Desde aquel descapotable todo parecía otra cosa. Empecé a creer que era posible que algún día Cardona tuviese uno igual y fuese pavoneándose por el barrio rodeado de putas jóvenes. Y si eso era posible, tal vez la cara que tuviese mi futuro no sería tan desagradable después de todo. Tal vez, tomara las decisiones que tomara, acabaría por salirme con la mía. Quizás sólo tenía que aprender a soportar las nauseas y todo lo demás vendría mansamente a mí.
Decidimos salir de la ciudad por la calle Manacor. Era una calle recta y podríamos poner a prueba el motor del descapotable y conducirlo hasta la Vía de Cintura en menos de cinco minutos. Después sólo tendríamos que adentrarnos en una carretera secundaria que nos llevara hacia el interior de la isla y, una vez allí, seguir conduciendo, sin preocuparnos por nada más.

*

Circulábamos en silencio. Me gustaba oír el sonido del motor y deseé que nadie abriera la boca nunca más y que aquel viaje no tuviese fin y que aquel coche fuese nuestro y nosotros no fuésemos nosotros.
Cardona puso la radio. Yo abrí la guantera y hurgué en ella. Documentos del coche, una bombilla y gomas elásticas; papel de fumar, un mechero y unas monedas. Me agaché para evitar el viento y así poder encender un cigarrillo. Inhalé una buena bocanada.
-¿Qué altura tenía? –le pregunté a Cardona.
-¿El qué?
-Ya sabes... la terraza.
Cardona me miró y luego giró la cabeza hacia los asientos traseros. Fijó su vista en la carretera.
-Un quinto piso.
-Joder!...-le dije- Vaya huevos hay que tener.
Cardona cambió de emisora. La que estaba puesta sólo emitía un chisporroteo.
-Sólo hay que estar lo suficientemente tarado.

Cardona levantó el pie del acelerador. Frente a nosotros dos puntos de luz azul se iban haciendo cada vez más grandes. La luz azul no podía traer nada bueno. Cuando nos cruzamos con el coche patrulla, Cardona mantuvo la mirada fija en la carretera, sin pestañear. Le había subestimado.
Unos metros más adelante miró por el retrovisor mientras desaceleraba aún más, hasta detenerse. La carretera estaba a oscuras. A mi izquierda todo era negro. A mi derecha se intuían campos segados, suaves elevaciones del terreno coronadas por grupúsculos de cipreses y mas allá, a unos cientos de metros, la silueta de casas de campo, molinos y torres de alta tensión recortadas en el cielo por la burbuja de luz que emanaba de la ciudad que acabábamos de dejar atrás. Si echaba a correr y me escondía entre la maleza había muchas posibilidades de que la noche acabara bien. Al menos para mí. Pero no me moví.
Me giré, medio incorporado en el asiento. Ramos había hecho lo mismo. Mirando hacia atrás, con su antebrazo izquierdo apoyado en el respaldo, le daba varias caladas seguidas a un cigarrillo. Podía ver el rojo de las luces traseras del coche tiñendo su cabello y el humo que salía de su boca.
-Picoletos... –dijo Ramos.
-Van a dar la vuelta –dijo Cardona- Fijo que dan la vuelta.
Unos doscientos metros por detrás, el coche patrulla se escoró lentamente a la derecha, incorporándose al arcén. Éste estaba lleno de grava y restos de ramas y hojas. Podíamos oír el crepitar de las piedras bajo los neumáticos. El coche patrulla se detuvo.
-¡Tío, dale caña! –le grité a Cardona.
Cardona metió primera y apretó el acelerador. El coche patrulla arrancó y giró ciento ochenta grados envuelto en una nube de polvo azul y rojo. Bandeó dos veces antes de recobrar la perpendicular de la carretera. Deseé haberme escondido en la maleza.

Llegamos a un pueblo y Cardona viró a la derecha para entrar por la primera calle ancha que encontramos. Aceleró y la atravesó. Durante unos segundos fuimos pegados a los pocos coches que había aparcados a la izquierda. Íbamos en dirección prohibida. Giramos a la derecha, por una pequeña calle ascendente, y nos plantamos en medio de una plaza. Tras recorrerla por su perímetro, Cardona lanzó el coche por una pendiente estrecha y oscura, de nuevo en dirección prohibida. Por detrás nos seguía la luz azul, ahora intermitente.
Giramos a la izquierda y bajamos una calle larga y estrecha, plagada de andamios y luces anaranjadas intermitentes centelleando a nuestro paso. Cardona detuvo el coche al final de la calle. Había dos bifurcaciones estrechas.
-¡¿Joder, para dónde tiro?!- gritó. Se giró un instante para ver mejor lo que venía por detrás. Sabía que habrían dado aviso y que ya habría más de un coche patrulla buscándonos.
-¡Ve por la derecha, tío! ¡Gira a la derecha! –dijo Ramos. Apoyaba una mano en cada respaldo delantero y parecía asustado. Empecé a tener miedo. No quería mirar atrás. El coche no se movió.
-¡No vienen! -gritó Cardona.
Ramos y yo nos giramos. La calle estaba vacía.
-¡Da la vuelta! -dije- ¡Da la vuelta y vuelve a subir la calle! –había tenido un intuición.
Cardona miró a Ramos, que seguía aferrado a nuestros asientos. Éste hizo un gesto extraño, como desentendiéndose del asunto. Un segundo después el coche avanzó hacia la bocacalle de la izquierda y se adentró unos metros. Cardona metió marcha atrás y giró el coche hasta meterlo en la calle de la derecha. Desandamos el camino lentamente. Cuando llegamos al inicio de la calle vi a Cardona mirar por el retrovisor. Le oí decir:
-¡Joder! ¡Cabrones de mierda!
Me giré y pude ver de nuevo la luz azul. El coche avanzaba despacio y de una de sus ventanillas salía un haz de luz blanca que recorría la calle de lado a lado. Ahí llegaba mi intuición.
Cuando nos localizaron, la luz blanca se apagó y pudimos oír un fogonazo de sirena. Luego, sólo el sonido de los dos coches y el de la radio. Cardona aceleró y al poco tiempo estábamos de nuevo en la plaza.
-¡Hijos de la gran puta! ¡Qué hijos de la gran puta!- gritó Cardona.
Yo estaba asustado y ya no quedaba ni rastro de la ginebra en mi cuerpo. Sin embargo, por alguna extraña razón, todo aquello me parecía divertido. Pensé que, si después de todo, aquello acababa mal, al menos supondría un punto y final, y un punto y final, al fin y al cabo, no era algo tan malo.

De alguna manera, cuando logramos salir del pueblo, el coche patrulla había desaparecido. En algún momento, después de llegar a la plaza, Cardona había hecho algo bien.
Frente a nosotros teníamos un camino de tierra atravesando un campo de naranjos. Recuerdo que olía muy bien y que por primera vez en mi vida podía ver todas las estrellas del firmamento a punto de desplomarse sobre mi cabeza. Me sentía bien y no quería pensar en nada que no fuesen aquellos naranjos y aquellas estrellas.
Durante un buen rato circulamos lentamente, sin decir una palabra, viendo como se sucedían las hileras de naranjos una tras otra. Temíamos que aquel camino nos llevara a alguna granja y tuviéramos que dar marcha atrás y volver a las andadas. La posibilidad de regresar a casa a pie era aún peor -ni siquiera sabíamos dónde estábamos- y robar otro coche era tentar demasiado a la suerte. Así que seguimos adelante hasta que Ramos empezó a encontrase mal.
-Para el coche –dijo- Páralo.
Ramos se bajó del coche y empezó a caminar frente a él. La luz de los faros delanteros proyectaba su sombra a lo largo del camino. Tras ella todo era oscuridad. Cardona y yo nos quedamos sentados, viendo como se alejaba. Salió del camino y se metió entre los árboles. Al poco le oímos vomitar. Después silencio y luego de nuevo las arcadas.
-Deberíamos dejar el coche aquí y esperar a que se haga de día –le dije a Cardona- Podemos coger un autobús en el pueblo. No nos han visto la cara.
Al poco Ramos regresó. Parecía enfermo.
-Vámonos de aquí –dijo.
-Creo que deberíamos dejar el coche... –le dije. Pero Ramos no parecía haberme oído.
-Necesito beber algo –dijo. Realmente tenía mal aspecto- ¿Habrá algún sitio abierto en el pueblo?
Miré mi reloj.
-Puede que en un hora. Pero creo que deberíamos dejar el coche y volver en autobús.
-Vale... Estoy hasta las narices del puto coche –dijo Ramos secándose la frente- Me voy a tumbar un rato y luego nos vamos.
Ramos subió a la parte trasera y se tumbó. Se tapó los ojos con su antebrazo derecho. Tenía toda la cara llena de gotas de sudor y pensé que eso debía producirle un escozor insoportable, con todos aquellos granos y heridas. Poco después me pareció que se había quedado dormido.
Bajé del coche y caminé frente a él. Vi mi propia sombra proyectada en el camino. Desanduve mis pasos y me senté en el capó a fumarme un cigarrillo. Realmente aquel sitio olía muy bien.
-Siento haberte preguntado lo de tu padre –le dije a Cardona. Luego añadí:
-Supongo que ahora estarás mejor –él no contestó- Con tu madre, quiero decir. Seguro que ahora las cosas serán diferentes.
Cardona seguía aferrado al volante y lo giraba a uno y otro lado, como si aún estuviese conduciendo, con la mirada perdida en el camino. Frenó en seco.
-Mi madre es una puta, pero no creo que acabe espachurrada en la acera.

**

En los dos o tres meses siguientes vi a Cardona muchas veces. Como ya dije acabó por caerme bien y creo que él llegó a sentir por mí algo parecido a la admiración y cercano al cariño. Yo era el único que nunca me había reído de su estatura en su propia cara y en alguna ocasión había intercedido por él para evitar que le dieran una paliza.
De vez en cuando se presentaba en el barrio con algún coche robado y hacía que todo el que quisiera se subiera en él y entonces se lo llevaba a dar una vuelta y le hablaba de marcas y modelos y caballos hasta que se le acababa la gasolina.
A mediados de diciembre, cerca de las navidades, Cardona robó un Renault cinco blanco y se dio una vuelta por el barrio. Ese día yo no estaba en la plaza. Acababa de descubrir que el vodka era mi bebida favorita y estaba celebrándolo con una botella en las escalinatas que van a parar a Las Ramblas desde la Plaza Mayor.
Cuando Cardona llegó a la plaza de la Cuartera se encontró con dos de los chicos del barrio. El Falen y el pequeño de los Tárraga se subieron al coche y estuvieron dando vueltas con él toda la tarde. Por la noche les dejó de nuevo en la plaza y Cardona se fue a seguir conduciendo. Más tarde, ya de madrugada, estrelló el Renault cinco contra un muro y ya no le volvimos a ver.

***

viernes 27 de marzo de 2009

Sangre.

Escobar era un hijo de puta. En mi escuela había muchos, pero no de esa clase, porque se puede ser un hijo de puta de muchas maneras y él lo era de la peor. Ahora los llaman sociópatas, pero yo creo que esa palabra no la inventaron pensando en él. Se queda corta.
Escobar era un hijo de puta de la peor clase, y el resto eran simplemente hijos de puta, pero de otra clase. No sé si me entendéis. Con los otros hijos de puta podías intercambiar cromos o planear trastadas; podías robar revistas pornográficas o mear desde las terrazas. Pero a Escobar sólo podías sufrirlo.
La mayoría de aquellos bastardos acabaron domesticados y llegaron a ser personas más o menos aceptables; personas de esas que caen bien a todo el mundo. A todo el mundo que no sepa que en el fondo siguen siendo unos hijos de puta, claro está.
Apuesto lo que sea a que Escobar es ahora más hijo de puta de lo que lo fue en los años que compartí clase con él, y apuesto lo que sea a que no le cae bien a nadie. Ni siquiera al que inventó la palabra sociópata. También estoy seguro de que a Escobar le importa una mierda y se lo pasa en grande cayéndole mal a la gente y jodiéndola todo lo que puede. Eso es a lo que me refiero cuando digo que Escobar era un hijo de puta de la peor clase.

Acabábamos de salir al patio y aunque no había olvidado el incidente que me había enfrentado a Escobar esa mañana, tenía la esperanza de que él no lo recordase. La cosa fue así de sencilla: él me había insultado desde el otro lado del aula y yo le había insultado desde el mío, con el resto de la clase mirándonos entre asombrada y divertida, que es la mejor actitud con la que uno debe enfrentarse a los conflictos ajenos. Desgraciadamente los hijos de puta tienen buena memoria y, como todo el mundo sabe, el odio nace ahí, en la memoria. Los peces no odian porque su memoria sólo da para tres segundos y, en cualquier caso, si lo hacen, es por poco tiempo.
Así que ese día crucé el patio más o menos tranquilo, sin saber lo que se me venía encima. Yo debía tener unos ocho o nueve años y mi aspecto era el de un niño de ocho o nueve años, pero el de Escobar era más parecido al de un hijo de puta de catorce o quince. Quiero decir que medía dos palmos más que cualquiera de la clase y era tan robusto y bien formado como un gimnasta. Como un gimnasta hijo de puta, dicho sin ánimo de involucrar a nadie. Por aquella época Escobar ya tenía pelos en la polla y siempre que tenía ocasión –o aunque no la tuviera- se bajaba la bragueta y presumía de hombría ante nosotros. Nuestras pollas, por el contrario, eran como codornices desplumadas en la vitrina de una carnicería. Dios se encarga de repartir las cartas así de mal: a algunos seres les da pelos en la polla antes de tiempo y a otros no les da memoria.
Por si no lo he dicho, Escobar era testigo de Jehová. Eso le convertía automáticamente en el Rafa Nadal de los hijos de puta. Era uno de los catorce mil elegidos por El Señor para formar parte de la excursión que les llevaría, el día del juicio final, al paraíso multicolor que salía en las portadas de La Atalaya, que por aquella época era una revista con mucho predicamento entre los testigos de Jehova. De ahí provenía la seguridad en sí mismo que transmitía y que hacía que todos le siguieran hasta cuando iba a cagar. Estoy seguro de que más de uno se comió su mierda. Estoy seguro de que siguen por ahí, comiéndose la mierda de otros hijos de puta como Escobar.
Como ya he dicho, aquella mañana crucé el patio con mi mochila colgada a la espalda. Iba solo, pensando en mis cosas; en mis cosas de niño de ocho o nueve años. Entonces apareció Escobar por detrás y me soltó un sopapo con su mano de gimnasta; de gimnasta de catorce o quince años. Enfrentarse a él era una estupidez -no había visto a nadie hacerlo en los años que llevaba en aquel colegio-, pero yo por aquella época era bastante estúpido, así que me dispuse a hacerlo. No tuve tiempo ni de quitarme la mochila.
Tardé varios años en volver a enfrentarme a Escobar. Debió ser en octavo de EGB, cuando ya tenía catorce años y mi aspecto era el de un niño de catorce años y el de Escobar el de un hijo de puta de dieciocho. El resultado fue el mismo.

Mi mujer está enfadada conmigo. La he llamado al móvil un par de veces. Puede que más. Está en el trabajo. No como yo, que estoy en casa fumándome un cigarro tras otro y mirando por la ventana o abriendo la nevera. No sé porqué abro la nevera si ya sé lo que hay. Es raro. Quiero decir que es raro que haga cosas sin saber porqué. También estoy acabando con una botella de vodka que compré ayer. Aunque esto sí sé porqué lo hago. Eso es lo que la irrita: que beba. Yo, en cambio, no veo nada de malo en ello. Podría estar por ahí con una fulana. Yo creo que eso sería peor. Pero no sé. No he conseguido entender a las mujeres de la misma manera que no he conseguido entender por qué abro la nevera constantemente o porqué los peces sólo tienen tres segundos de odio.

No fui el único a quien aquel hijo de puta zurró. Hubo otros que recibieron lo suyo, como el pobre Cañas.
Cañas era bajito y regordete y tenía cara de cerdito. Además hablaba con la “r” al revés y arrastraba un armatoste de hierro con su pierna derecha. Creo que había tenido la polio o su madre había tomado alguna pastilla durante el embarazo o se la había follado quién no debía y él había nacido con una pierna pocha a consecuencia de ello. Digamos que con él a Dios se le fue la mano en el reparto.
El caso es que Cañas no era un hijo de puta, sólo un niño con mala suerte. Estoy seguro de que sigue sin serlo y, si la vida le ha ido más o menos bien, puede que hasta haya encontrado a alguien que le quiera, o por lo menos que le acompañe al cine y le ayude a colocarse la pierna pocha entre las butacas de la sala. Apuesto lo que sea a que Cañas le cae bien a todo el mundo y a que es feliz por ello, pero por aquella época fue el que más recibió, y no sólo de Escobar. La mayoría de los niños de la clase –incluso de otras clases- le habían zurrado alguna vez, casi siempre por orden de Escobar, que se quedaba mirando con una media sonrisa, tras la que se podía adivinar el inmenso placer que le corría por dentro mientras veía cómo aquellos bastardos se divertían a costa del pobre Cañas. Otras veces los chicos lo hacían por iniciativa propia, aunque en esas ocasiones se limitaban a darle algún tortazo o a empujarle por los pasillos mientras le insultaban. Y es que se necesita a un auténtico líder para convertir una manada de borregos en una jauría de lobos.
Yo, al igual que Cañas, tampoco era un hijo de puta, pero no me quedó más remedio que aprender a serlo y esa es una diferencia fundamental. No es lo mismo tener un don natural, que pasarte toda una vida intentando construir una frase que no suene como un pedo. Todo el mundo puede aprender cualquier cosa si se lo propone, pero los verdaderos genios tardan tres segundos en conseguirlo. Con los hijos de puta pasa lo mismo, y yo, obviamente, nunca he sido un genio.
Hacia finales de aquel curso –el último- descubrí que los hijos de puta son como los superhéroes: todos tienen un punto débil. En el caso de Escobar su kriptonita resultó ser la sangre.
Un mañana, mientras esperábamos en el pasillo para entrar en el aula, Escobar apoyó su mano derecha en el quicio de las ventanas correderas que iban a dar al patio y que en aquel momento estaban abiertas. Entonces las ventanas eran de metal -aluminio probablemente-, y hacían un ruido chirriante cuando las abrías y cerrabas. Un ruido semejante al que debe hacer un zorro cuando lo están despellejando. Yo estaba allí de pie, pensando en mis cosas de niño de trece o catorce años, cuando oí aquel ruido chirriante y me giré a tiempo para ver cómo Escobar retiraba su mano del quicio. Alguien había cerrado de golpe la ventana y la mano de Escobar había quedado atrapada en medio. Sacó la mano como pudo y la miró un instante. Había sangre en forma de pequeñas gotas, como diminutas cerezas, en dos de sus dedos. Escobar se desmayó y empezó a tener convulsiones. Yo me lo quedé mirando, con una media sonrisa, como si un placer indescriptible me corriera por dentro.

Esta es la tercera o cuarta vez que llamó a mi mujer al trabajo. Como no me deja hacerlo al fijo he de llamarla al móvil. Sé que en cuanto ve mi nombre en la pantalla lo deja sobre la mesa o lo mete de nuevo en el bolso y sale a la terraza a fumarse un cigarrillo. Sus compañeras de trabajo deben haberle preguntado qué le pasa al menos una docena de veces. Si se lo ha contado, todas se habrán puesto de su parte. Son unas hijas de puta que no tienen ni medio polvo.

Un día, en el patio del colegio, cuando estábamos a punto de salir de él camino de casa, Escobar empezó a hacer de las suyas; a meterse conmigo y con otro chico que vivía en mi barrio y al que Dios le había dado una de las caras más feas que yo recuerde haber visto en mi vida. Creo haber dicho ya lo que pienso de Dios y de las manos que da.
Por entonces yo solía llevar una pequeña navaja en el bolsillo del pantalón, por lo que pudiera suceder. No es que pensara usarla con nadie -todavía no tenía el valor suficiente- pero hacía que me sintiera más seguro. Cuando Escobar me tocó los cojones lo suficiente, saqué mi navaja y la abrí. Había varios chicos por allí, rodeándonos y animando a Escobar para que me diera una paliza. Parecían tipos duros, pero en realidad no eran más que lacayos adorando a su líder, y lo demostraron en cuanto vieron la navaja, callándose como los bastardos que eran. Ahora el líder era yo y no necesitaba ningún coro. Aproveché la sorpresa general y extendí mi brazo izquierdo, me subí la manga del jersey junto a la de la camisa, y realicé un corte en el antebrazo de unos tres o cuatro centímetros. Lo justo para que varias cerecitas rojas empezaran a corretear por él. Escobar cayó al suelo en redondo y enseguida empezaron las convulsiones. Intenté calmarlo a patadas. Le di en el estómago, en la cabeza, en la espalda, en las piernas; pateé su culo y su polla peluda y finalmente me agaché y le solté un sopapo en la cara. Pensé que cuando se despertase y viese toda aquella sangre corriendo por su cara se moriría del susto. Después recogí mi navaja del suelo y me fui con mi feo amigo a robar Privates. Tras el incidente mi amigo y yo fuimos expulsados. Esa fue la razón por la cual, ni mi amigo feo ni yo, obtuvimos el graduado escolar. Sólo que en su caso ello fue a unirse a la desgracia de su fealdad y en el mío no.

Escobar era un hijo de puta nato, en cambio yo tuve que aprender a serlo dedicándole algo de tiempo y mucho esfuerzo. La diferencia es importante, aunque no me convierte en mejor persona. La diferencia es que a él le salía de forma natural, sin esfuerzo, sin proponérselo siquiera, mientras que a mí me sale a intervalos y siempre que me lo proponga. Eso me convierte en un hijo de puta de otra clase; un hijo de puta con el que uno puede tomarse unas cervezas y charlar un rato e irse a casa pensando que ha estado con un tipo curioso y divertido, pero al que jamás invitaría a su boda. Eso me parece bien, porque a mí las bodas no me gustan nada: la gente se emborracha y baila la conga con la corbata atada a la cabeza a modo de apache y luego acaban vomitando los langostinos en el primer baño que encuentran.
En la boda de mi hermana sirvieron lechona y casi me pongo a vomitar allí mismo. Me daba una pena horrorosa ver al pobre animal medio descuartizado y tan morenito, rodeado de patatas fritas y tanta alegría. No probé ni un bocado. Después sirvieron pierna de cordero. El cordero sí que me lo comí, pero es que el cordero no tenía personalidad: era sólo un trozo de carne oscura y grasienta; era la nada con proteínas y patatas.
Con los años mi hermana acabó poniéndole los cuernos a su marido con todo el que se le puso por delante pero, al contrario de lo que suele suceder, en su caso él fue el primero en enterarse. A la vida le importan una mierda los tópicos.
Respecto a la boda en sí, sólo puedo decir que fue como todas las bodas. Sirvieron langostinos, dátiles con beicon, lechona, cordero, sorbete de limón y una enorme y agria tarta de bodas; bailamos la conga, nos atamos las corbatas a la cabeza y algunos vomitaron los langostinos en el baño del restaurante. Lo sé porque me pasé la mayor parte del tiempo allí, metiéndome rayas y viendo a la gente en cuclillas. También intenté ligar con una prima de una prima de alguien, pero resultó ser una estúpida a la que le daban asco las pollas grandes. Quizás me precipité enseñándosela, pero eso no me impide pensar que la vida es injusta y que Dios no existe y que en las bodas hay muchas hijas de puta.

El padre de Escobar tenía un concesionario de coches. No sé de qué marca porque a mí las marcas me importan una mierda. También era Testigo de Jehová, como su hijo. La vida es injusta y Dios no existe, porque si existiera, el padre de Escobar habría tenido el concesionario de coches en Basauri y se lo habrían quemado los polluelos de ETA con él y su hijo dentro y los otros trece mil novecientos noventa y ocho elegidos. Pero lo tenía en Mallorca y aquí la única vez que ETA pasó sus vacaciones quiso matar al Rey y los cogieron a las primeras de cambio. Debían ser de los que se pasan la vida intentando escribir una frase que no suene como un pedo.
Los de ETA intentan parecer asesinos duros y fríos, pero para mí que sólo son tipos con mucha memoria –que como todo el mundo sabe, es donde nace el odio- pero tontos del culo, porque siempre los acaban cogiendo, y si algún día Euskalerría llega a ser independiente, ellos lo tendrán que ver por la tele del salón comunitario de la cárcel, mientras que los que no le hayan jodido la vida a nadie lo celebraran en la plaza del pueblo con pacharán y ni se acordaran de ellos.
La vida es injusta y los de ETA son unos hijos de puta, pero no son unos genios, eso salta a la vista. Si yo tuviese que matar a alguien no me cogerían a pesar de no ser un genio. Como ya he dicho, a mí, ser un hijo de puta me ha costado lo mío. Si yo tuviese que matar a Escobar, jamás sabrían ni quién ni porqué lo asesinó. Yo no necesitaría zulos, ni pistolas, ni pisos francos, ni fingir que soy un joven labrador del sur de Francia paseando en bicicleta. Yo iría por detrás y le machacaría la cabeza con un bate de béisbol y luego haría lo mismo con su mujer, con sus hijos y con todos los Testigos de Jehová que se me pusieran por delante, y lo haría así, sin más, sin tratar de liberar a ningún pueblo. La policía se volvería loca intentando encontrar algún sentido a todo aquel steak tartar y acabarían cargándole el muerto a Al Qaeda, que como hijos de puta no tienen precio.
Los policías tampoco son unos genios y también suelen ser bastante hijos de puta. Lo sé porque me los he encontrado cara a cara en más de una ocasión y el resultado siempre ha sido el mismo.
Si algún día vuelvo a encontrarme a Escobar será la última vez que vea mi cara. Le mandaré a su puto paraíso multicolor para que zurre a quién quiera con Jehova como testigo, y después me iré a comer una lechona y me beberé dos litros de patxaran. Y lo haré sólo por joder. Aunque no sé exactamente a quién.

Mi mujer sigue sin coger el teléfono. He vuelto a abrir la nevera. Me ha dado tanta rabia volver a hacerlo que la he dejado abierta de par en par. Luego he ido hasta la ventana y también la he abierto de par en par. Como no he encontrado nada más que abrir de par en par –al margen de todos los armarios de la cocina y los dormitorios- me he servido otro vodka; el último. La botella se ha acabado y también la he dejado abierta.

Cuando tenía dieciocho años andaba por ahí con una americana negra y anticuada que compré en un rastrillo solidario que recaudaba fondos para ayudar a una organización inglesa a salvar del sacrificio a los perros abandonados. No me la quitaba hasta bien entrado el verano y no recuerdo haberla lavado ni una sola vez.
La americana me quedaba dos tallas grande y eso me hacía creer que era David Byrne y me hacía saltar como un loco en mi habitación escuchando Psyco Killer. Pero yo no era David Byrne. Sólo era un gilipollas de dieciocho años dando saltos en una habitación con una americana de alguien que probablemente se había muerto sin saber quien era David Byrne. Hacía ese tipo de cosas como podría haber hecho otras, pero me decidí por esas porque no sabía que nunca sería David Byrne. De haberlo sabido no habría dado un duro por la americana. Pero el caso es que anduve con la puñetera americana más de cuatro años, hasta que la perdí en un taxi o la dejé olvidada en alguno de los bares a los que solía ir con la esperanza de que pusieran a los “Talkin Heads”, o de encontrarme a una tía a la que no le dieran asco las pollas grandes.
También me gustaban mucho “The Dream Syndicate”, pero ellos no llevaban americanas dos tallas más grandes. Ellos se limitaban a intentar parecerse a “The Velvet Underground” y con eso tenían bastante. También saltaba como un loco en mi habitación escuchando “Days of wine and roses”, pero lo hacía en camiseta y desnudo de cintura para abajo, viendo cómo aquella cosa enorme me golpeaba el vientre a cada salto. Hay muchas formas de estar en el mundo, aunque los dinosaurios no encontraran ninguna.
Me encanta la coca. Si pudiera sólo me alimentaría de coca. Me daría igual no ser David Byrne ni parecerme a la Velvet Underground ni tener mi americana negra dos tallas mas grande. A veces la vida sólo consiste en saber cual es tu talla. A veces la vida es tan aburrida como eso, aunque puede transitarse dando saltos a solas en tu habitación desnudo de cintura para abajo y eso tampoco está tan mal.

He vuelto a llamar a mi mujer al trabajo, pero no me coge el móvil. Mi mujer es una buena persona y tiene estudios. No como yo, que no soy una buena persona ni tengo estudios –ni siquiera el graduado-. Mi mujer trabaja en el ayuntamiento, en el área de igualdad, intentando ayudar a discapacitados como Cañas y librar a mujeres de hijos de puta como Escobar. Mi mujer es una buena persona; no como yo, que no tengo estudios. Estoy intentando llamarla para pedirle perdón por lo de ayer, pero si no me coge el teléfono, en media hora volveré a las andadas.

Mi madre tuvo cinco hijos pero sólo se acordó de dos y, cuando murió, sólo había uno al pie de la cama. Supongo que debió ser duro ver como sólo uno de tus cinco hijos se acuerda de ti, aunque tú sólo te hayas acordado de dos. Yo no la culpo por ello, pero no sé qué pensarán los demás. Yo no estuve al pie de la cama cuando ella murió, aunque durante un tiempo ella sí se había acordado de mí. Después ya no. Después me olvidó con la misma facilidad con la que la olvidé yo. Ahora, que ya soy más mayor y me da miedo todo, sí que me acuerdo de ella y por eso estoy aquí, acabándome esta botella de vodka y escribiendo todo esto en un cuaderno de Jordi Labanda.
Mi madre murió de cirrosis y no había probado una gota de alcohol en su vida; en cambio yo llevo veinte años bebiendo como un cabrón y sigo respirando. La vida es injusta y Dios no existe o, al menos, no tiene ni puñetera idea de lo que es justo.
Si el día que me muera veo a alguno de mis hermanos al pie de la cama le partiré la cabeza y le raparé los genitales como haría con una codorniz.

Mi mujer acaba de llamar desde el trabajo. No me perdona lo de ayer. Dice que está pensando en la separación: “Es lo mejor”. Le he dicho que me parece bien, que ya llevamos demasiado tiempo juntos, que esto apesta como dos cadáveres metidos en el mismo ataúd. Me ha dicho que bien, que si esa es mi opinión no debería permanecer ni un segundo más en casa. Le he dicho que ya lo hablaremos cuando regrese del trabajo. Ella me ha contestado que está harta y que hay un montón de hombres por ahí que la pueden hacer más feliz de lo que la he hecho yo y que no vendrá a comer a casa, que se va con una amiga a un italiano. Le he dicho, respecto a lo de los otros hombres, que estoy seguro de ello, pero que cuando elija lo haga certeramente, que hay muchos tipos de hijos de puta por ahí y que yo no soy de la peor clase. También le he dicho que en los italianos dan carne de perro. Ha dicho que eso es en los chinos, pero que sólo es un bulo. Ha colgado y yo me he quedado con el auricular pegado a la oreja durante un buen rato, pensando qué diablos voy a hacer ahora que me he quedado solo y que toda la comida de la nevera se ha echado a perder.

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