lunes 23 de noviembre de 2009

Lovecraft Sarabande

Es el desastre abisal. Estar fuera de todo es eso, el desastre putrefacto. Händel lo dice en su Sarabande. La escena del duelo en Barry Lyndon es el desastre. Matarse por honor, intentarlo al menos, es el desastre. Y el honor de cuando había honor y no había hornos.

Dos botellas de vino de Borgoña y nada, todo sigue igual. Händel con lo suyo, mi mujer a su bola, mi cabeza bajo la almohada, aterida de miedo ante el futuro y el desastre; mi boca hablando por la de otro; mujeres circulando desnudas por la pantalla y esa cosa pegajosa que gotea del techo y que dicen que es agua estancada y para mi que es sustrato de los cuentos de Poe y Lovecraft que han ido a parar a mi casa cuando yo no estaba en ella, porque había bajado a por más vino. Y esa cosa del éxito y el dinero que me liberará de ser el yo que gotea del techo, viscoso y sucio; con membranas interdigitales y caperuza en la polla con forma de gusano del Amazonas. Y todo por miedo. Por miedo a que pase el tiempo y yo no sea más que el propio tiempo que pasa y a que no haya más vino en la tienda de los pakis.

Debería ser Dan Brown o Reverte. Estar forrado y no pensar en el techo que gotea y en el miedo al desastre. Pero ahí está la cosa viscosa con la cara de Lovecraft y el cuerpo de Poe; la desgracia reconstruida por el doctor Frankenstein en su castillo de falsos techos goteando aguas estancadas llamado El Bulli. El abismo. Qué ridícula palabra. Lo ponzoñoso; lo abisal; lo indescriptible; la gruta. ¿A quién en su sano juicio se le ocurriría usar esas palabras en un texto literario? A mí. Las acabo de usar. Tiene guasa la cosa. Ni que fuera de Cádiz. Pero ahí están, escritas de mi puño y letra en este castillo que se derrumba a marchas forzadas. En este castillo que me verá morir antes de cumplir los treinta y dos por culpa de la maldición de Charles Le Sorcier, el capataz de los obreros que no han sido capaces de arreglar la puta tubería que gotea a Poe y a Lovecraft.

Les he puesto a Händel a ver si espabilan, pero ni por esas. Si hay cuatro millones de parados en España debería haber veinte. No lo dice Kubric, lo digo yo, que llevo dos noches sin dormir achicando agua ponzoñosa. Aquí me gustaría ver a Lovecraft, a Poe y a Händel, y a la puta que los parió.

La peli está muy bien. Muy en su rollo. Le faltan coños ponzoñosos y abisales –llámales grutas- , eso sí, pero la banda sonora no tiene desperdicio. Que asco de palabra: desperdicio.

domingo 22 de noviembre de 2009

Sueño

Hoy he soñado que le cortaba la cabeza a mi madre y mi madre seguía hablando. Mi padre estaba por ahí -desnudo y huesudo, como la última vez que lo vi- y no decía nada. Mi madre hablaba de pie, sin cabeza. Su cabeza estaba en algún sitio, pero no recordaba dónde la había puesto. Mi madre hablaba a través de su cuerpo. No había sangre en mi sueño porque yo odio la sangre y supongo que me lo he querido ahorrar. Desmayarse dormido debe ser toda una experiencia. En el sueño no aparece el momento en el que le corto la cabeza, pero sé que he sido yo por la rebaba de odio que siento. Tras el odio viene la calma, como todo el mundo sabe, y tras ésta el arrepentimiento. Mi madre habla sin ser consciente de que le quedan unos segundos de vida y yo deseo dar marcha atrás y no haber hecho lo que he hecho. Pero no soy médico. No sé cómo puedo reinsertar una cabeza. Todo esto sucede en un pasillo que no reconozco. Ahí estamos mi madre sin cabeza, mi padre desnudo y huesudo, y yo, arrepentido.

Alguien –un médico hábil- ha reinsertado la cabeza en el cuerpo de mi madre. Le veo las costuras alrededor de su cuello y siento alivio. Me digo que todo tiene arreglo, menos la muerte. Mi madre ya no habla. Me mira como si yo hubiese hecho algo malo.

jueves 19 de noviembre de 2009

Urgencias

El médico me dice que mi cerebro se cortocircuita porque no acepta que todo sea tan sencillo como que la sangre es lo que hace que mi cerebro, un cerebro aún vivo, piense en la sangre y el dolor por anticipado y decida cortocircuitarse para no tener que vivirlo. Es decir: mi cerebro no acepta ser eso, un cerebro. Y por eso me desmayo.

Salgo del hospital con la imagen de la niña loca levantándose la falda y enseñándome el coño. Un criatura con un cerebro en off. Una desgraciada que pega gritos, se levanta la bata terapéutica y nos enseña, a los desgraciados que estamos allí, su coño. También está el negro con la cabeza abierta y la sangre borboteando por la abertura. Estaba allí porque no soporto la sangre ni los coños, y sangre y coños es lo que me dieron. Y batas terapéuticas. Y una hermosa enfermera que me hizo de madre y que me recordaba a mi madre que no era hermosa. Y sangre por todos lados.

Me desmayo con la misma facilidad con la que me levanto y echo una meada y me miro la polla y me pregunto para qué coño sirve ese pingajo que se llena de sangre cuando ve un coño.

Mi madre ha venido a verme y no huele mal. Lleva años muerta y no huele mal. Y le pregunto sobre mis desmayos y trato de indagar en mi infancia y si eso viene de ahí o fui yo, después de todo, quien se lo hizo a si mismo. Y va mi madre y se levanta la bata terapéutica y me enseña el coño y su coño sangra y me dice que si sangra es que no está embarazada y por tanto yo no soy su puto hijo. Y yo le digo que gracias mamá. Gracias por tu apoyo. Y luego me desmayo.

domingo 15 de noviembre de 2009

El bloc

El amor está sobrevalorado. Como las casas, lo hemos estado inflando un quince por ciento anual. Lo hemos hecho a base de películas, libros, óperas, obras de teatro, poesía –la más sobrevalorada de las artes- y, sobre todo, música pop. Todo esto se lo dice Marc una noche en la que, como siempre, llega solo a casa.

Cuando lanza su colección de discos por la ventana siente un placer indescriptible. Es como si estuviera lanzando a todos esos niñatos con gafas de sol y pose chulesca y a todas las grupis que les siguen. Pequeñas zorras con la mandíbula en forma. Uno detrás de otro, van cayendo y amontonándose en la acera. Marc puede ver la sangre tiñéndolo todo. Luego hace lo mismo con libros y películas. A mí no me engañan más, se dice Marc.

Esa noche, Marc ha salido a tomar una copa, pero luego se ha liado y finalmente han sido siete. O quizás diez. Ha estado en una tienda de antigüedades reconvertida en bar. El sitio conserva las maderas viejas en suelos y techos y está lleno de objetos antiguos; objetos que debieron ser incluidos en el precio final de la venta. Cosas como posters; fotos en blanco y negro de músicos de los que poco o nada sabe; mecedoras con respaldo de cuerda trenzada; máscaras africanas. Cuando ha llegado al bar, Marc se ha pedido una cerveza y un whisky con hielo. Los buenos bebedores, piensa Marc, beben así.

La gente hace cosas muy tontas por amor. Pierde el sueño, por ejemplo. También se cambia de ciudad, incluso de país. Puede dejar un trabajo, o los estudios, o abandonar a su perro. Si la persona amada se lo pide, uno puede hacer muchas tonterías por ella. La gente puede pasarse décadas con la misma persona, aunque sospeche que ya no sería capaz de hacer muchas de esas tonterías. Todo esto se lo dice Marc mientras atiende al agente de policía que está frente a él, pidiéndole permiso para entrar en la casa y comprobar si alguien ha resultado herido después de todo ese alboroto.

En el bar que antes era una tienda de antigüedades, Marc ha conocido a una chica. Ha sido tras la cuarta consumición. Un whisky con hielo en vaso ancho, esta vez sin cerveza. La chica trabaja en la radio. Es locutora o montadora o lo que sea que se pueda hacer en una emisora de radio. Marc intenta recordar su nombre mientras el agente permanece de pie, en medio del salón, tomando notas en un pequeño bloc. Un bloc que debe estar lleno de porquería, piensa Marc. El agente hace un barrido por la estancia y, finalmente, fija sus ojos en los de Marc. Parece estar preguntándole con la mirada a qué ha venido todo eso. No hay nadie más allí. Con quién puede haberse peleado. Dónde está la chica. Demasiadas preguntas para hacerlas simplemente mirando.

La chica que ha conocido en el bar se llama Ana. Marc no lo recuerda. Pero la chica se llama Ana. En ese preciso momento, Ana está ejercitando la mandíbula con el chico que la ha librado de Marc. El chico está tumbado en el sofá. Sus pantalones están en el suelo. Mientras Ana trabaja, en el reproductor de cedes suena una canción de Artic Monkeys. Hay un momento en el que el chico empuja con ganas y a Ana le da una arcada. Justo en ese momento le viene la imagen de Marc, unas horas antes, intentando besarla. Ana vomita encima de la polla del chico.

Al otro lado de la ciudad, Marc despide a los agentes. Les ha dicho que bajará a recoger todo lo que ha tirado. Les ha dicho que no se preocupen, que no volverá a pasar. Marc se queda solo y se sirve un whisky en la cocina. Después bajará a por los cadáveres. Mientras bebe, piensa en el bloc del agente y en las porquerías y miserias que debe haber apuntadas en él. Marc no lo sabe y no lo sabrá nunca, pero en aquel bloc, esa noche, el agente apuntará el nombre y los apellidos de Ana.

sábado 14 de noviembre de 2009

Johnny

Hay estudios que demuestran que mentimos un promedio de tres veces en los primeros diez minutos tras conocer a una persona. Necesitamos hacerlo para proyectar en los demás la imagen que queremos que vean. De no hacerlo así sería como ir por la calle con la polla fuera. Esos estudios apuntan la utilidad de la mentira como medio para hacernos la vida soportable. Esto también: a quienes más mentimos es a nosotros mismos.

Johnny siempre lo ha sabido. De una forma intuitiva, sin haber leído nada sobre la mentira –si descontamos la ficción literaria-, siempre ha sospechado que se estaba contando patrañas. Su nombre, para empezar. Se hace llamar Johnny por Johnny Marr, el guitarrista de The Smiths. Así que cuando piensa en si mismo, piensa en Johnny Marr.

La mayor parte del tiempo nos mentimos y la vida se sobrelleva más o menos bien. Un día llega la depresión y dejamos de hacerlo. Según esos estudios, cuando estamos deprimidos nos vemos como nos ven los demás. Es decir: dejamos de mentirnos. Esto también: nuestra polla es lo que es y ninguna cremallera será lo suficientemente hermética para ocultarlo.

Johnny –nuestro Johnny- se miente tres veces en los primeros diez minutos del día. Así puede levantarse, prepararse el desayuno, ducharse y salir a la calle con la polla a buen recaudo. Pero un día llega la depresión y Johnny empieza a sospechar. Preguntas, preguntas.

El talento es un diez por ciento de inspiración y un noventa de transpiración. El trabajo dignifica al hombre. Somos lo que comemos. El amor es lo más importante en la vida. La suerte hay que ganársela. Dos más dos son cuatro. Todo tiene arreglo menos la muerte. Mi mamá me mima. Johnny tiene talento.

Johnny se hace preguntas y al hacerlo abre la caja de Pandora. Su médico no sabe quién era Pandora ni ha oído hablar de ninguna caja. Puede que incluso no sea médico. Pero, aún y así, le receta antidepresivos. Son pastillas para volver a la mentira. Johnny no se toma las pastillas porque ha decido llegar hasta la última verdad.

Desde el momento en que elegimos la ropa estamos mintiendo. Los días de Picasso tenían veinticuatro horas. Seis las empleaba en pintar. El resto en ser Picasso. Los libros de historia están llenos de mentiras. Las entrevistas son pura farsa. Decimos que buscamos la verdad y la belleza, pero la belleza está en la mentira.

Una hamburguesa pastaba, no hace mucho, bajo el mismo sol en el que se bronceaba Johnny Marr.

Johnny –nuestro Johnny- tiene armarios llenos de folios escritos por ambos lados. Johnny tiene talento. Mi mamá me mima. Johnny se hace preguntas y repite una y otra vez “preguntas, preguntas”. Le suena a una película en la que un tipo medio albino que no era humano, pero quería serlo, se hace preguntas sobre la vida y la belleza más allá de Orión. Los no humanos quieren mentir como lo hacemos los humanos para poder levantarse sin hacerse preguntas.

Mentimos para vivir. Vivimos para mentir. Somos lo que mentimos. Hasta que llega la depresión y entonces somos como somos. Como nos ven.

Johnny es guapo, pero folla poco. Tiene talento, pero así le va. Es una buena persona, porque miente mucho y bien, pero no se siente amado. Johnny quiere comprarse una guitarra.

¿Qué estará haciendo en este preciso momento Johnny Marr? Mentir.

Johnny –el nuestro- se levanta; se prepara el desayuno; se ducha; sale a la calle. Es detenido por exhibicionismo. Lo sueltan en un par de horas. Johnny hacía la compra con la polla fuera, pero lejos de los colegios. Su vida empieza a tambalearse. Sus amigos no le reconocen. Ven lo que él ve. Le preguntan si se está tomando las pastillas. Johnny les dice que sí. Tres veces al día. En el desayuno, la comida y la cena.

Johnny busca la verdad. Johnny la encuentra. No tiene talento. No es guapo. Se hace viejo más rápido de lo que se hizo joven. La vida es una patraña. Sus amigos quieren que vuelva a ser el replicante que siempre fue y les cuente las historias que vivió más allá de Orión. Johnny se toma las pastillas. Johnny Marr sigue bronceándose más allá de cualquier constelación.

Un día, Johnny -nuestro Johnny- se acuerda de algo que le dijo su padre, el viejo Neil -quien se hacía llamar así por Neil Diamond-. Neil le dijo:

-Folla todo lo que puedas. Y bébete piscinas de whisky. Es todo lo que he aprendido sobre la mentira. Bebe y folla. Y que le den por el culo a Orión.

lunes 9 de noviembre de 2009

Justas medievales.

La otra noche asistí a una cena medieval en Son Amar. Digo lo de medieval no porque el espectáculo que nos ofrecieron lo fuese –en realidad consistió en coros flamencos y un espectáculo de can-can- si no porque de pronto me pareció estar en el siglo trece.

Todo comenzó cuando a mí se me ocurrió decir que era del Barça. Tras sacudirme de encima las piedras con las que fui lapidado, comenzó la sempiterna discusión sobre el catalán. Ahí fue cuando la cena se convirtió en medieval.

Para poneros en antecedentes hay que decir varias cosas. La primera es que mi mujer es catalana y prudente. No como yo, que soy apátrida e imprudente. Así que, cuando comenzó la discusión, mi mujer se retiró elegantemente a fumarse un cartón de tabaco en una sala anexa. Yo me quedé para participar en la justa. Yo contra cinco, por lo que la justa no pareció tal.

La segunda es que mis contrincantes eran tres hermanos de ascendencia sueca, un madrileño y una señora rubia que se dirigió a mí todo el rato mirando a su derecha. Es decir, a un señor de ascendencia sueca.

La tercera es que este tipo de duelos los tengo muy a menudo, por lo que me sé los argumentos de mis contrincantes ad nauseam. Veamos cuales son.

El más socorrido es el que dice que el catalán no sirve para nada y que por eso no merece la pena aprenderlo. Este fue el argumento utilizado por uno de los hermanos de ascendencia sueca. Es comprensible que lo diga un sueco porque, como todo el mundo sabe, el sueco es el idioma internacional por excelencia. En Wall Street todas las transacciones fraudulentas se hacen en sueco. Todos los grupos de rock del mundo cantan en el idioma vikingo. Todas las palabras de las que el español se ha apropiado provienen del sueco. Los pilotos de las aerolíneas de todo el planeta se entienden en sueco. Y, porque no decirlo, en todos los barrios de España -y del resto del mundo-, existe una academia en la que se puede aprender el idioma de Stieg Larsson y en la que siempre hay colas para apuntarse. Esto lo sabe todo el mundo. Pero lo que seguro que no saben es que el idioma oficial de Suecia no es el sueco –en 2005 se propuso al parlamento su oficialidad y el parlamento la rechazo-, mientras que en Cataluña el catalán sí es uno de los dos idiomas oficiales, junto al castellano. Seguramente tampoco saben que en suecia se habla más de un idioma. Concretamente seis: el sueco, el finés –el tres por ciento de la población, muy por debajo del porcentaje de catalanohablantes en España- el meänkieli, el sami, el romaní y el yidis. Y por supuesto el inglés, sin el cual ningún sueco podría salir de su país. Para acabar de redondearlo resulta que el número de personas que hablan sueco en el mundo es muy similar al de personas que hablan catalán –diez millones en el caso del primero; ocho en el caso del segundo-. Como es lógico y aplicando su mismo razonamiento, de irme yo a vivir a Suecia no debería aprender el sueco, puesto que no sirve para nada. Y no digamos si decido irme a Islandia cuyo idioma sólo es hablado por 313.376 personas.

El segundo argumento consiste en decir que Cataluña es España y que, por lo tanto, yo, que sólo hablo castellano, no tengo por qué entender -ni mucho menos hablar- el catalán, aunque haya decidido vivir allí. Este argumento se suele resumir en la frase “Cataluña es España porque lo dice la constitución”. A veces va acompañado del gesto de mostrar el carné de identidad –como si fuese una lanza en una justa medieval-, para que quede claro dónde vivimos y quienes somos. A mí, el único pero que se me ocurre a este argumento es que, los que lo arguyen, parecen no haberse leído esa constitución que tanto dicen amar. Yo tampoco me la he leído. No de cabo a rabo, pero sí aquellas cosas que me interesa saber. Básicamente para poder batirme en duelo con argumentos, como mínimo, elaborados.

Ha quedado claro que el catalán es, junto al castellano, un idioma considerado oficial. Pero ¿qué es un idioma oficial? Pues un idioma o lengua oficial es “el establecido como de uso corriente en documentos oficiales, en la Constitución u otros instrumentos legales de un país y, por extensión, en sus territorios o áreas administrativas directas. Es el idioma de uso oficial en los actos del gobierno o en los actos y servicios de la administración pública, en la justicia y el sector privado. También puede ser, sin que exista obligación legal, la lengua de instrucción y enseñanza oficial en el sistema educacional público e incluso privado”. Bien. Veamos ahora qué dice la Constitución.:

Artículo 3.1. El castellano es la lengua oficial del Estado. Todos los españoles tienen el deber de conocerla y el derecho a usarla.

Artículo 3.2. Las demás lenguas españolas serán también oficiales en las respectivas Comunidades Autónomas de acuerdo con sus Estatutos.

Artículo 3.3. La riqueza de las distintas modalidades lingüísticas de España es un patrimonio cultural que será objeto de especial respeto y protección.

Yo, que he vivido en Cataluña, no he conocido nunca a ningún catalán que no cumpla el primer punto del artículo. Es decir: conocer el castellano. De hecho, muchos lo conocen mejor que su propia lengua, una lengua que saben hablar, pero no escribir o leer correctamente. Es decir: incluso los nacionalistas más exacerbados cumplen –a su pesar, seguramente- con “el deber de conocer el castellano”, aunque luego no quieran hacer uso de “el derecho a usarlo”. Y hay que leer bien: dice derecho a usarlo. No obligación. Y esto es así porque el castellano es “la lengua oficial del Estado”. En cambio, no es raro encontrarse con el caso contrario: castellano hablantes que no quieren aprender el catalán, una lengua oficial en Cataluña -lugar en el que viven- y en tanto que oficial con “el deber de ser conocida” y “el derecho a ser usada”. Podrían, por ejemplo, cumplir como buenos españoles fieles a la Constitución y aprender catalán y luego no usarlo.

El tercer punto del artículo habla de respeto. De especial respeto. Y de protección. De especial protección. Sin embargo, para algunos, la palabra “catalán” siempre ha de llevar la preposición “puto”. Así sucedió en mi contienda medieval. Alguien dijo “puto catalán” y fue entonces cuando di por finalizada la justa.

Hay más argumentos que son usados por mis contrincantes. Argumentos que hablan de imposición de una lengua; del derecho a la educación sólo en castellano aunque se esté en una comunidad con dos idiomas oficiales, etc… Son argumentos que lo único que demuestran es un gran desconocimiento de lo que es la España de hoy. Prejuicios y fobias propias del medievo. Se teme lo que no se domina. Y esto vale para los independentistas furibundos. Caen en los mismos miedos. A mí lo único que me da miedo es el miedo. Y la ignorancia.

En la sala anexa mi mujer seguía fumando. Allí me fui con ella. Le eché la bronca por dejarme sólo, a los pies de los caballos. Ella –que es, ya lo he dicho, catalana y prudente- me invitó a un whisky y dejó que pasara el temporal. Fue al día siguiente cuando me dijo: “deberías dejar de discutir con ese tipo de personas. Si no lo han entendido ya, no lo entenderán nunca. Es como si te pusieras a discutir la existencia de Dios con el Papa. Para ellos es una cuestión de fe, no de razonamiento. No les interesa la Constitución: sólo lo que ellos creen que dice”. Después nos fuimos a merendar. Yo un “paambtumaka” y ella un bocadillo de calamares.

PD: Visca el Barça y visca Islandia.

Lecciones de natación

1. La forma correcta de ponerse un gorro de natación es juntando ambas manos, como si se fuese a rezar, e introducirlas en él verticalmente. Si uno se sabe alguna oración, puede aprovechar la coyuntura y matar dos pájaros de un tiro. Luego se abren las manos, ensanchando el gorro elástico, y se lleva a la cabeza. Se ajusta el gorro y se sacan las manos. El gorro queda ajustado. Para que sea perfecto se estira el gorro por ambos lados hasta cubrir las orejas con él. Las orejas frenan el nado en un tanto por ciento ínfimo, pero crucial. Conviene recordarlo si uno pretende batir algún record o tan sólo para ensanchar conocimientos.

2. La forma correcta de ponerse unas gafas de natación es haciéndolo en un lugar seco, para evitar que se empañen, y colocando primero los lentes en la frente y estirando después la goma elástica hasta dejarla sujeta a la nuca. Esta maniobra hay que intentar, en la medida de lo posible, hacerla sobrio. Las gomas elásticas llevan en guerra con el ser humano desde el principio de los tiempos. Aprovecharan cualquier debilidad para hacernos quedar mal. Hecho esto, bajamos las lentes hasta los ojos y presionamos para que se creé el efecto ventosa. La presión ha de hacerse suavemente. Las lentes son amantes insaciables.

3. Antes de ponerse a nadar, conviene hacer ejercicios de estiramiento. Primero elevamos un brazo y lo hacemos pasar, doblado, por detrás de la nuca. Presionamos, con la mano que nos ha quedado libre, sobre el codo doblado hasta que notemos que nuestros tríceps se estiran muy a su pesar. Se repite la maniobra con el otro brazo, dándole así al primero la oportunidad de vengarse. Con ambos brazos en paz consigo mismos, pasamos a estirar las piernas. Podemos dar una vuelta a la manzana o aprovechar para visitar a tía Anselma. Hecho esto, regresamos a la piscina y pagamos de nuevo la entrada.

4. El calentamiento lo realizaremos ya dentro de la piscina. Consistirá en mover enérgicamente los brazos como si fueran las aspas de un ventilador. Esta maniobra conviene hacerla alejado unos dos metros de cualquier ser humano. No todo el mundo acepta las disculpas con caballerosidad. El movimiento puede ser sincronizado o asincrónico. No hay más.

5. Una vez calentado, el nadador procederá a ducharse. La higiene es importante tanto dentro como fuera de las piscinas. Conviene no olvidar que el cloro acaba con bacterias y larvas de todo tipo, pero que perdió la batalla contra el cerumen en 1764.

6. Hay cinco estilos de nado: crol, braza, mariposa, espalda y bolla.

El crol se nada boca abajo, batiendo las piernas de forma sincronizada con los brazos, que son llevados hacia adelante e introducidos en el agua justo enfrente de la cabeza, punto a partir del cual se ejerce la tracción, siempre hacia atrás, y siempre con ganas, porque hacer las cosas sin ganas no lleva a ninguna parte y se supone que nosotros queremos llegar al otro lado de la piscina.

La braza –o efecto rana- se nada también boca abajo. Brazos y piernas son batidos describiendo círculos concéntricos de difícil geometría, pero gran resultado estético. “Mirada al frente”, “exhalación bajo el agua” y “efecto látigo” no son títulos de poemas post-poético-geométricos, sino la forma correcta de no ahogarse ni dar mala imagen.

El estilo mariposa se nada batiendo las alas. Conviene recordar que cuanto más colores brillantes tengan las mismas, a más depredadores se atraerá.

El nado estilo espalda consiste en nadar de forma parecida al crol pero al revés. Es decir: como si se nadase lorc. Para nadar en este estilo se requiera un dominio de la técnica por encima de la media, razón por cual fue prohibido en los países comunistas.

Con el estilo bolla llegamos al último reconocido por el COI. Consiste en quedarse en medio de la calle, flotando como un colibrí, y entorpecer el nado del resto de socios de la piscina todo lo que se pueda. No está penado.

7. Cuando el nadador ha realizado todas sus tablas, se procederá a una nueva ducha, para, entre otras cosas, eliminar el cloro y el cerumen resultante de los que, por h o por b, no hayan podido leer el punto 5.

8. Salir de la piscina es lo más difícil. Pero nadie ha dicho que volver a la cruda realidad tenga que ser fácil.

La próxima semana: “Mirada al frente”, “Exhalación bajo el agua” y “Efecto látigo”, tres poemas post-poético-geométricos.

sábado 24 de octubre de 2009

Alicia

Me casé con ella por su belleza. Todo el mundo pensó que lo hacía por su dinero, pero la verdad es que me casé con ella por su belleza. Estaba forrada, es cierto. Pero tenía un polvo que te hacía olvidar los vinos de Burdeos, las cenas en El Bulli, las casas de Foster, los viajes impagables, los trajes de Hugo Boss, los relojes Cartier, las miradas de respeto, las clínicas de desintoxicación, los dealers complacientes, el whisky de malta, las piscinas climatizadas, los jardines japoneses, los cuadros de Barceló, las vacas en formol de Damien Hirst, los televisores Loewe, los jacuzzis, los masajes, las corbatas de seda, la sensación de no pisar el mismo suelo que los demás.

Me casé con ella por su belleza y porque tenía un polvo que te hacía olvidar que la felicidad abarca unas cuantas hectáreas más que un polvo. Y de hectáreas había para parar un tren. De hecho, el AVE debía pasar por nuestras tierras y no fueron capaces de expropiarnos. Me casé con ella por su belleza, pero lo cierto es que tenía tanto dinero, que ningún político fue capaz de seguir siendo honrado al salir de una de las innumerables fiestas que celebrábamos en aquella época, en la época en la que aún follábamos lo suficiente como para que a mí se me olvidase que si era capaz de comprar la voluntad inquebrantable de un político, qué podría llegar a hacer con la mía.

Un día dejamos de follar y todo se fue por el sumidero del jacuzzi. Yo quería y ella no. Entonces empecé a pensar en los vinos de Burdeos, las cenas en El Bulli, las casas de Foster, los viajes impagables, los trajes de Hugo Boss, los relojes Cartier, las miradas de respeto, las clínicas de desintoxicación, los dealers complacientes, el whisky de malta, las piscinas climatizadas, los jardines japoneses, los cuadros de Barceló, las vacas en formol de Damien Hirst, los televisores Loewe, los jacuzzis, los masajes, las corbatas de seda, la sensación de no pisar el mismo suelo que los demás y las docenas y docenas de hectáreas libres de raíles.

Pero yo me había casado con ella por su belleza y porque tenía un polvo que te volvía amnésico. Sólo que ahora lo recordaba todo con una claridad que viajaba a trescientos kilómetros por hora.

domingo 18 de octubre de 2009

El coño de Iggy Pop

Creo recordar que se llamaba Paula. Puede que se llamase Marta o Sandra, pero da igual: lo importante es que a los trece años sus aficiones eran escuchar a Iggy Pop y enseñarnos el coño. Lo de enseñarnos el coño lo hacía como un pasatiempo más. No había nada sexual en todo aquello. A veces, en el recreo, venía y nos decía “¿Queréis verme el coño?”. Obviamente era una pregunta protocolaria. Así que nos íbamos cuatro o cinco hasta los baños y ella se bajaba las bragas y nos lo enseñaba. Tenía trece años, como nosotros, pero estaba muy por delante de cualquiera. Había llegado a la Luna antes que Armstrong y todos los demás. Quiero decir que su coño era un coño adulto y nosotros no. Su coño era el coño de una mujer, con vello de mujer, un coño al que le gustaba Iggy Pop, cuando ninguno de nosotros sabía quien era Iggy Pop.

A mí me gustaban mucho los coños de mujer, y algo menos la Luna, pero no sabía quien era Iggy Pop. Para mí, aquellas sesiones en los baños no eran un simple pasatiempo. Para mí aquello era algo sexual. Así que no pude por menos que asociar a Iggy Pop con un buen coño de mujer.

Paula o Carolina o Ana, era una adelantada porque le gustaba Iggy Pop cuando nadie a esa edad sabia quien era ese tipo. Yo era un adelantado porque para mí verle el coño era algo sexual, y no una mera distracción. A mi me daba igual quien era Iggy Pop, pero era capaz de recordar con claridad todas y cada una de las formas de aquel coño, como era capaz de dibujar la Luna por sus cuatro costados. Recordaba aquellas formas sobre todo por las noches, cuando me acostaba con la radio encendida, con la esperanza de que pusieran alguna canción de aquel tipo, una canción que me hiciera visualizar con mayor claridad el coño de Sandra. El coño de cualquier mujer.

En aquella clase, en la que éramos unos cuarenta, había dos engendros: Paula y yo. A Sandra le gustaba enseñarnos el coño y a mi me gustaba vérselo y dibujar la Luna por sus cuatro costados. Lo de Iggy Pop vino después. Fue una tarde en la que el profesor decidió que debíamos hacer una actividad extra escolar y nos llevó a la radio. Fuimos todos juntitos, cogidos de la mano, en autobús, hasta una emisora local. Ese día Ana no nos enseñó el coño, pero el locutor de la radio me enseñó quien era Iggy Pop. Estábamos allí, todos de pie, viendo como se las gastaba aquel imbécil, con el profesor aleccionándonos sobre las maravillas de la radio, cuando a mi se me ocurrió preguntarle si sabía quien era Iggy Pop. Me puse cachondo sólo con mencionar el nombre. Pero aquel imbécil resultó no serlo tanto y fue y puso a Iggy Pop y yo casi me corro cuando Sandra o Ana me miró fijamente, como diciendo: “Ahora vas a saber de verdad lo que es un coño”. Lo dijo ella, no Iggy Pop, pero para mi como si lo hubiera dicho él, lo cual es algo del todo extraño: Asociar a un tipo como ese con todos los coños de todas las mujeres del mundo, mientras estás cogido de la mano de algún idiota que aún no sabe diferenciar lo bueno de lo peor, no deja de ser algo enfermizo.

Tardé años en saber que Iggy Pop era un enfermo y que verle el coño a una niña de trece años era delito si tu ya no los tenías. La radio dejó de gustarme en cuanto dejaron de poner a Iggy Pop y todo fue chunda chunda y nada de coños ni de vello púbico ni de lunas.

Me he hecho muchas pajas escuchando a Iggy Pop y he visto muchos coños adultos desde entonces. Sigo pensando que la radio es una mierda llena de imbéciles y que el mundo no es mundo desde que las chicas enseñan el coño, o sus bragas, a cualquiera que se les ponga por delante, sin una banda sonora adecuada. Iggy Pop es un coño y eso nadie me lo puede discutir. Iggy Pop es un coño enorme, peludo, jugoso, adolescente y radiable. Ser todo eso es mucho, siendo un enfermo.


lunes 31 de agosto de 2009

LOST

Hace dos semanas conocí al creador de Lost (Perdidos). Se llama José Antonio Cáceres y trabaja en la carnicería del SYP de mi barrio. Tiene cincuenta y ocho años, es de Albacete y es medio albino, una característica que le causó no pocos problemas cuando era niño. Al parecer esa fue la razón principal por la que se dedicó a la carnicería y a darle a la imaginación desde muy temprano. No me quedaba otra, dijo, buscarme un trabajo en el que pudiera tener siempre a mano un buen par de cuchillos por si alguien se metía conmigo y fantasear todo lo que pudiera para olvidarme de mi condición de bicho raro. Ya sabes como va esto, dijo, si no encajas en la norma te has de ir de Albacete. Yo no entendí muy bien qué tenía que ver Albacete con todo eso, pero asentí para que dejara de afilar aquel cuchillo con tanta energía. Le dije que era un fan acérrimo de la serie, que estaba completamente enganchado y que me parecía increíble estar delante de su creador. Poca gente lo sabe, dijo. Mi mujer, algunos parientes de Albacete y amigos cercanos. ¿Y Jeffrey Lieber, J.J. Abrams y Damon Lindelof?, le pregunté. Buenos chicos, contestó. Sobre todo Damon, todo un profesional. A veces aporta alguna idea original y, si doy mi aprobación, el capitulo se rueda incluyéndola. ¿Así que te consultan todo?, pregunté. Por supuesto, por supuesto, contestó. Yo le doy a la cabeza durante una par de semanas hasta que se me ocurre cómo seguir. Entonces apunto todas las ideas en un papel de estos –señaló uno de esos papeles encerados para envolver la carne- y le voy dando alguna vuelta aquí, en la carnicería. Cuando lo tengo claro llamo al Yoni, mi sobrino, y le pido que me lo pase a e-mail. Yo es que de ordenadores se poco, ¿sabes?, pero él es un monstruo. Él es capaz de enviarles a los americanos lo que escribo ¡y les llega el mismo día! Así que se lo envía y entonces hablo por teléfono con Damon, o con quien esté en ese momento en la oficina, y pulimos un poco los diálogos. Ya te digo que son unos buenos chicos, nunca ponen peros. Le pregunté cómo era que se entendía con ellos y se me ofendió el hombre. Me dijo que hablaba inglés sin demasiados problemas, si acaso se le complicaba la cosa con el acento porque él había trabajado de camarero en sus primeros años en Mallorca en un restaurante de Magalluf y estaba acostumbrado al acento de la clase trabajadora británica y los americanos pensaban que José Antonio siempre estaba borracho como una cuba y que además era del Liverpool. Le pregunté cómo era que se le había ocurrido un concepto tan bueno para una serie. De dónde había sacado la idea de la isla y eso de hacer que todos los personajes tuvieran un pasado en común y tan enrevesadamente tortuoso. ¿Las pechugas te las corto en filetes? Me contestó él. Sí, le dije, son para empanar. Y luego se paró un momento a pensar, rasgándose la barbilla con un cuchillo de treinta y cinco centímetros. Lo de la isla, dijo, en realidad fue idea del Yoni. Yo quería que todo sucediera en un campo de fútbol. Un campo de fútbol al que iban a parar todos los personajes y del que no podían salir. Pero el Yoni, que es un monstruo, pensó, muy acertadamente, que no se iba a poder justificar que hubiera osos polares en un campo de fútbol y que, además, a los americanos les gusta más el béisbol y el baloncesto. Así que decidí que sería en una isla, pero yo pensé en Cabrera y así se lo dije a los americanos. A ellos les pareció bien, pero cuando la vieron dedujeron que era demasiado pequeña para tanta gente. Dijeron que era tan pequeña que Los Otros acabarían llamándose Los Mismos. Así que acabó por rodarse en Jaguai. ¿Has estado en Jaguai alguna vez? Me preguntó. No, le contesté. Ni en Cabrera. Pues es muy bonito, dijo José Antonio, mientras afilaba el cuchillo. ¿Tú sí? le pregunté. Voy una vez al mes, a supervisar los escenarios. Caray, dije yo. Me quedé un rato pensando y le pregunté por los personajes. Bueno, dijo él, los he sacado todos de aquí –y señaló el supermercado con el cuchillo, haciendo un barrido de punta a punta-. No te puedes imaginar la de historias que me cuenta la gente. Por ejemplo: Jack Shephard. Jack es Don Javier, el médico del ambulatorio. Le conocerás. Ese tipo bebe mucho, pero es buen médico. Sí, claro, dije, el señor Javier. Pobre hombre, continuó José Antonio, desde que le dejó la mujer no ha vuelto a levantar cabeza. Pero es un líder nato, eso te lo puedo garantizar.

Uno a uno, fue desgranando el elenco de personajes de la serie y explicándome en quién se había basado y por qué. Kate era la Cati, la cajera del super. José Antonio no estaba seguro del todo, pero sospechaba que había sido abusada por su padrastro tiempo atrás. Por eso era tan casquivana. Por el shock postraumático. Además, la había visto sisar de la caja en más de una ocasión. Hugo –“Hurley”- era Hugo. Hugo Cifuentes, el gordito del almacén. A principios del verano del 2004 le habían tocado seiscientos euros en la lotería primitiva y desde entonces no había dejado de tener mala suerte –aunque mala suerte la había tenido siempre, empezando por su obesidad sin justificación aparente-. Le pregunté por Locke, John Locke, mi personaje favorito. ¿En quién te has basado?, le pregunté. José Antonio miró a ambos lados, aunque no a la vez, sino primero a uno y luego al otro, y contestó bajando la voz: soy yo. Me quedé helado. Hugo acababa de abrir la puerta de la nevera de los congelados y una ráfaga de brisa escarchada me erizó los pelos de las piernas. Cuando la cerró dejé de tener frío y le pregunté a José Antonio si había ido en silla de ruedas alguna vez. Aquel verano, el del 2004, dijo, el día en el que le tocó la primitiva a Hugo, decidimos celebrarlo en el almacén bebiéndonos un par de botellas de vino. José Antonio miró a ambos lados para asegurarse de que nadie nos escuchaba -aunque esta vez lo hizo al mismo tiempo-, y prosiguió. La Cati, la cajera, se puso un poco… Ya sabes lo que les pasa a algunas mujeres cuando beben… En fin… Que estábamos allí en el almacén y la Cati me pidió que le sujetara la escalera mientras ella se encaramaba a una estantería para sisar más vino. José Antonio puso cara de ir a decir algo que le apetecía mucho decir y fue y lo dijo. Pues resulta, dijo José Antonio, que va la moza y se sube a la escalera con aquella falda corta y voy yo y miro por debajo y no veo ropa interior por allí, sino aquel monedero que parecía el de una chiquilla de seis años, todo depilado, y entonces me acuerdo de lo que tengo entre las piernas y me da como un mareo y del despiste hago que la Cati se caiga de la escalera y vaya a parar justo encima de mí y yo trastabillo –se dice así, ¿no?- y caigo de espaldas y me la lesiono. ¡Joder!, exclamé yo. ¡Todo encaja a la perfección, como en la serie! Sí, dijo José Antonio, todo encaja a la perfección. Y añadió: como en la serie. Así que, dijo José Antonio, me pasé casi todo el verano de baja, en silla de ruedas. Como no tenía nada que hacer empecé a pensar en escribir una serie de éxito que diera la vuelta al mundo y me puse a ello y en septiembre ya se había rodado el capitulo piloto. Se estrenó ese mismo mes. El resto, ya lo sabes, es historia viva de la televisión.

José Antonio envolvió mis pechugas –bueno, las mías no, las del pollo- y me preguntó si quería algo más. Le dije que no, que me comería las pechugas esa misma noche viendo un capitulo de Lost que me estaba bajando por Internet. Entonces José Antonio se puso hecho una furia y empezó a gritar no sé qué de derechos de autor, de la SGAE o algo así, y luego me amenazó con aquel cuchillo de treinta y cinco centímetros y se montó un buen pollo, porque se puso a despotricar en inglés arrabalero y me dio la impresión de que estaba borracho y se había hecho del Liverpool y yo traté de calmarlo cantando el “You’ll Never Walk Alone”. Luego, cuando entre Hurley y Sayid –el marroquí de la frutería- consiguieron reducirle, fui hasta la caja a pagar y me encontré con Kate. La Cati me cobró de más, pero hizo ver que buscaba más bolsas debajo de la caja registradora y me dio la oportunidad de ver el monedero y eso compensó el exceso.

Lo que más lamento de todo esto, es que me quedé sin saber cómo acaba la serie. Como os podéis imaginar no he vuelto a ir al supermercado. O mejor dicho: no he vuelto a comprar carne allí, pero lo que es pasar por caja, paso todo lo que puedo.

viernes 28 de agosto de 2009

Salmones o truchas o lo que fuera que pescaran

Ayer pasé toda la tarde en 1986, en febrero de ese año, en un día lluvioso y frío que compartí con Annette, una chica norteamericana que había nacido en un pueblo costero del sur de Alaska llamado Homer. Annette tenía entonces diecisiete años, dos menos que yo. Estaba estudiando en España tutelada por una amiga mía a la que conocía desde hacía dos o tres años y que era profesora de inglés. Esta amiga, a la que llamaremos P y de la que diremos que tenía entonces treinta y cuatro años, me había pedido, como un favor personal, que saliese de vez en cuando a pasear con Annette para que conociera la ciudad y distrajera su soledad mientras perfeccionaba el idioma a nivel conversación. Y dio la casualidad de que cada vez que quedaba con ella nos llovía a mares aunque hubiese lucido el sol durante todo el día, y la temperatura bajaba de golpe cinco, siete o diez grados, dependiendo de si era lunes, miércoles o viernes. Ese día de febrero de 1986 cayó en miércoles y la temperatura, como estaba previsto, bajó paulatinamente siete grados a medida que caminábamos por el Paseo del Borne.

Annette me habló de Homer, del frío, de las truchas o salmones o lo que fuera que pescara junto a su padre en un lago enorme llamado Caribou, al noreste de Homer, al que iban en verano junto a toda la familia. Annette hablaba y hablaba mientras nos llovía por todos lados y buscábamos refugio, y yo la escuchaba distraído y ella seguía hablando de Homer y de su familia, de truchas o salmones, de vientos gélidos, y sobre todo de su padre, que era odontólogo, una profesión que por lo visto puede hacerte rico en los Estados Unidos. Encontramos refugio en un bar y miramos la cartelera cinematográfica en un periódico y tratamos de decidir qué película íbamos a ver y Annette escogió una al azar, una de la que no sabíamos nada, y que resultó ser Blue Velvet.

Salimos del cine empapados por el mundo de Lynch y seguía lloviendo y Annette estaba impresionada por lo que habíamos visto y yo estaba alelado por haber visto lo que había visto junto a Annette. Y caminamos bajo la lluvia, con el recuerdo de la película y con mi inseguridad y sin saber lo que vendría después, que no fue para tirar cohetes, pero sí hermoso, porque Annette me dijo que siempre que nos veíamos llovía y se preguntó porqué sería y yo no supe contestarle porque era verdad y a mí la verdad me paraliza, y sólo se me ocurrió invitarla a un café caliente en un pequeño bar en una calle llena de gente que iba de un lado a otro, refugiándose de la lluvia, sin saber, como no lo sabía yo, que Annette me amaba en secreto. Annette me amaba y yo la deseaba y la lluvia trataba de aunar ambas cosas. Pero hacía tanto frío que era imposible que aquello llegara a buen puerto, aunque Annette estuviera acostumbrada a un frío mucho más intenso, a un frío más norteamericano, casi canadiense, y yo lo sabía pero Annette no y por eso Annette me decía las cosas a medias, en su titubeante español, intentando que yo entendiera que le encantaba que lloviese cada vez que nos veíamos y que no había sido casualidad que escogiéramos aquella película esa tarde; que después de todo, las cosas, por raras que fueran, podían acabar bien, aunque fuera de una forma artificial, como lo es todo en realidad; aunque fuéramos autómatas, como el pájaro que atrapa un insecto hacia el final de la película de Lynch.

Annette regresó a Alaska y no la vi hasta dos años después, también en febrero, en un día que nació soleado, cuando P me dijo que andaba por aquí y yo la llamé y le pregunté por qué no me había dicho que estaba aquí y ella respondió que tenía miedo de que la hubiese olvidado y quedamos en la plaza París esa misma noche y se puso a llover en cuanto nos encontramos y Annette decidió que esa noche no iríamos al cine sino a beber, porque ella había crecido y lo había hecho sin olvidarme y quería emborracharse a mi lado y quedarse a vivir aquí porque odiaba pescar y odiaba el frío y odiaba a su padre y quería estar a mi lado cada vez que lloviera. Yo no me lo tomé en serio ni le dije nada al respecto porque no me entraba en la cabeza que una chica como ella pudiese decir cosas tan bonitas de mí y pensé que debía ser algo pasajero, una especie de amor platónico con fecha de caducidad, que no debía dejar enraizar en su joven y hermosa cabecita casi canadiense.

Y dejamos la plaza y buscamos un bar donde emborracharnos y siguió lloviendo mientras bebíamos en aquel bar rodeados de gente empapada que no sabía, como tampoco lo sabía yo aún, que amaba a Annette y su acento norteamericano y sus historias sobre cómo pescar en un lago de Alaska en un verano que aquí sería invierno.

Annette decidió quedarse aquí, en esta isla mediterránea tan diferente de Alaska, para estar a mi lado. Pero lo hizo sin decirme nada y yo no fui consciente de la dimensión del desastre hasta que la madre de Annette cogió un avión por primera vez en su vida y cruzó todos los charcos que tuviera que cruzar para venir a rescatar a su hija del futuro de mierda que le esperaba si se quedaba junto a mí, un pobre muerto de hambre que quería ser artista en una isla perdida del Mediterráneo, que como todo el mundo sabe es un mar que vaya usted a saber dónde está. Y allí estaba P, la persona que debía tutelar a Annette, recibiéndome amablemente en la academia de inglés y haciéndome pasar a una de las aulas e invitándome a sentarme en un pupitre y aleccionándome sobre lo que iba a pasar a continuación, es decir, la madre de Annette iba a entrar a hablar conmigo sobre el futuro de su hija y yo me iba a comportar como un hombre, fuera lo que fuese eso. P salió del aula y yo me quedé allí, mirando aquel encerado lleno de frases en inglés y subrayados y flechas que iban de un lado al otro de la pizarra, pensando que debía comportarme como una persona educada y honesta, una persona que sabía que le esperaba un futuro de mierda y que no tenía ningún derecho a arrastrar a nadie hacia él.

La madre de Annette resultó ser una señora alta y rubia, imponente a distancia e imponente de cerca. Traía la dureza de los inviernos de Alaska en sus ojos y estaba dispuesta a usarla para llevarse a su hija a casa esa misma tarde sin tan siquiera preguntarme qué me parecía a mí, o qué le parecía a Annette, o si amaba a su hija o ella me amaba a mí o si mi futuro tenía arreglo o no. Ese tipo de cosas ya las había resuelto en los tres aviones que había tenido que tomar para llegar hasta aquella pequeña aula de aquella ciudad provinciana que estaba en una isla perdida en un mar que ni el Dios de Alaska sabría situar en un mapa.

Cuando la madre de Annette salió del aula, se dejó dentro el frío invierno de Alaska, un invierno que, por más que froté mis manos, no conseguí hacer desaparecer hasta que se abrió la puerta y apareció Annette con sus ojos negros bañados en lágrimas. Entonces Annette me abrazó y entré en calor y ella me miró sin entender nada de lo que estaba pasando y yo la tranquilicé y la invité a sentarse a mi lado y le pedí que me olvidara. Le dije que era un mierda con un futuro incierto y que ella tenía un montón de cosas que hacer, cosas maravillosas que debía hacer sin mí. Justo en ese momento decidí besarla por última vez y coincidió que ese momento también lo había elegido la madre de Annette, la señora imponente que iba dejando inviernos allá por donde iba, para entrar en el aula y llevarse a su hija hacia un destino mucho mejor que el mío; hacia un destino que pudiera situar en un mapa.

Annette se marchó y no la volví a ver hasta ayer, hasta que decidí pasar la tarde en aquel febrero de 1986.

martes 25 de agosto de 2009

Madrid-Palma-Madrid

Lo debisteis leer en los periódicos o ver en la televisión. El diecinueve de julio de 2008 fue hallado un hombre septuagenario, completamente desorientado, vagando por las calles de Madrid. El anciano no sabía quién era y no portaba documentación que le identificase. El hombre creía estar en Palma de Mallorca y buscaba una dirección que, obviamente, no existía. Eso era todo lo que recordaba: que tenía que llegar a tiempo a esa dirección. Cuando la policía logró averiguar su identidad comprobaron que, efectivamente, residía en la capital de la isla. Pero averiguaron algo más. El hombre había desaparecido cuarenta y ocho horas antes y su familia había cursado la denuncia pertinente al cabo de veinticuatro. Sin embargo, sorprendentemente, se comprobó que no había ningún vuelo a Madrid en los últimos dos días en el que figurase el nombre del desaparecido. Tampoco había embarcado en el puerto de Palma rumbo a Barcelona o Valencia; ni había cogido ningún tren desde alguna de esas ciudades hasta Madrid. No estaba registrado en ningún hotel de la capital ni de las ciudades o pueblos más cercanos, pero su aspecto no era el de alguien que hubiese dormido en la calle: iba perfectamente afeitado, con la ropa limpia y planchada y parecía haber dormido bien. Cuando se le preguntó cómo había llegado hasta allí, el hombre respondió que él no había llegado a ningún sitio. Dijo que no recordaba nada salvo que tenía que llegar a la dirección que llevaba apuntada en un papel.

Tras tranquilizar a la familia -a quién aquel hombre mayor no reconoció cuando hablaron por teléfono-, la policía madrileña se puso en contacto con sus compañeros de Palma y les pidieron que acudieran a la dirección que el anciano llevaba apuntada.

Cuando los agentes se personaron en la dirección indicada -un vetusto edificio del casco antiguo-, se encontraron la puerta abierta. Tras hacerse notar identificándose como policías, decidieron entrar en el piso. Una vez dentro, los agentes se encontraron sentado en un sofá a un hombre de unos treinta años, vestido de forma extraña, con ropas muy antiguas, de al menos hacía cuarenta años. El hombre –que carecía de documentación- creía estar sentado en el sofá de su casa de El Puente de Vallecas, en Madrid. Cuando se le dijo que en realidad estaba en Mallorca, el joven respondió que qué más quisiera él que estar en Mallorca; que en su vida había viajado; que eso era cosa de ricos y que él, desde luego, no lo era. Extrañados por el errático comportamiento del joven –quién, entre otras cosas sin sentido, les preguntó por sus uniformes-, los agentes informaron a sus superiores. Estos dieron la orden de llevarlo a comisaría para tratar de identificarle y así se hizo.

Tras averiguar su identidad, comprobaron que, efectivamente, el joven vivía en El Puente de Vallecas, Madrid, en 1968. Pero averiguaron algo más. Había interpuesta una denuncia por la desaparición de un joven de su misma edad y filiación en la misma fecha y hora –sólo que cuarenta años atrás- en la que había sido interpuesta la del señor septuagenario hallado en Madrid.

Como quiera que todo encajaba a la perfección, se devolvió a los dos hombres a sus respectivos lugares de residencia y época y se dio por cerrado el caso.

jueves 20 de agosto de 2009

Micro relatos. 04/2009

SMS

El tipo no escribía como quería, sino como podía. Por ejemplo: si tenía que xprsr su amor a una mujer se olvidaba de las vocales y, claro está, la mujer no le krspnd.

Triste

Se moría de ganas de follar. Pero, básicamente, se moría.

Metamorfosis

Brendan Perry se despertó una mañana siendo yo.

Luz

Al final del túnel había otro túnel.

Don

Tenía un enorme talento para casi nada.

viernes 14 de agosto de 2009

Campeón: you have to lose.

Siempre me pasa lo mismo.

Mido dos metros veinte y juego de ala pivot en Los Ángeles Lakers. Acabamos de conquistar el anillo de la NBA en el último partido de la serie y yo he anotado treinta y cinco puntos en lo que ha sido la mejor actuación que he realizado en mi vida profesional. Jack Nicholson ha bajado a los vestuarios y me ha felicitado personalmente. Me ha dicho: sin tu participación nuestro equipo habría sido apeado de los play off hace tiempo. Y luego ha dicho en español: ¡Macho, que errres un macho!

En los vestuarios, mientras celebrábamos el titulo, desnudos, empapados en champán, he comprobado, una vez más, que mi polla supera en varios centímetros a la del resto de mis compañeros, incluidos los negros, que son mayoría, como sabéis, en la NBA. Sin embargo, cuando he salido a celebrarlo con mis amigos –amigos de toda la vida, amigos de España-, he tenido que fingir que mido un metro setenta y cinco y que mi polla es del montón. Un pene pequeño en un cuerpo normal en una vida del montón, sin mérito ni brillantez. No hemos hablado de las portadas en Time, The New York Times, Whashinton Post etc. Ni de las entrevistas en CNN, ABC, BBC etc. Hemos hablado, sobre todo, de los amigos importantes que conoce mi amigo A; del Porsche Carrera que se ha comprado el amigo del primo de mi amigo G; de la época de estudiante en una universidad de San Sebastian de mi amigo P; de lo bien conectada que está la mujer de mi amigo H y de cómo gana dinero el amigo de mi gran amigo T. De mis dos metros veinte, de mi anillo de campeón, de mi polla gorda y larga no hemos hablado. No hemos hablado porque en cuanto yo menciono el tema la gente se pone tensa, se siente inferior, se acongoja y se pone violenta. No ven lo que todo el mundo ve. No ven mis dos metros veinte, ni mi anillo de campeón, ni el paquete que gasto. Ellos creen que todos medimos lo mismo y que no hay pollas más grandes que otras y que nadie es campeón de nada. Ellos creen que lo importante es conducir un Porsche Carrera, haber estudiado en una universidad privada en San Sebastián o estar bien conectado o conocer a alguien que lo esté. Ellos creen que sobre gustos no hay nada escrito, aunque nunca han leído ninguno de los miles de libros que se han publicado al respecto. Yo todo esto lo sé hace tiempo y por eso, generalmente, finjo que soy un enano con la polla pequeña y que nunca he ganado o ganaré nada. Finjo que me gustan sus gustos y que nadie ha escrito nunca nada al respecto. Finjo que soy mediocre para poder tener amigos y así poder salir a celebrar mis triunfos deportivos y mi éxito con la mujeres aunque nunca se diga nada al respecto. Y he de ser feliz así, siendo invisible para poder ser alguien.

sábado 1 de agosto de 2009

Cómo sobrevivir en la selva con un vaso ancho de cristal

Son casi las siete de la tarde. Por alguna razón llevo días retrasando la hora de empezar a emborracharme. Supongo que me siento menos culpable si empiezo a beber a partir de las siete de la tarde y no a las doce del medio día. Da igual si el día ha sido productivo o no –casi nunca lo es-: me mantengo sobrio hasta las siete de la tarde y entonces bajo al bar, me siento a una mesa y conecto a Wilco en mis orejas mientras dejo que el hielo del vaso se derrita un poco. Entonces le doy varias vueltas al vaso y hago que el whisky se mezcle con el agua antes de darle un buen trago. Miro por la ventana del bar y veo a la gente yendo de aquí para allá, de allá para aquí sin razón ni objetivo y vuelta a empezar. Veo coches aparcando y pasando cerca de la ventana. Cuando me acabo el primer whisky no noto nada. El alcohol no me empieza a hacer efecto hasta por lo menos el tercero. Es en ese momento, en el momento del tercer whisky, cuando aparece esa desagradable sensación de fracaso que sólo puedo sepultar si me tomo una cuarta copa lo antes posible. Tras el cuarto whisky las cosas mejoran. Mi cabeza se llena de proyectos y propósitos que empezaran a fraguarse al día siguiente, cuando deje de beber definitivamente y me ponga las pilas con energía renovada. Al día siguiente todo cambiará porque yo cambiaré y la gente no irá de aquí para allá y de allá para aquí sin razón ni objetivo. Entonces me voy animando con todas esas cosas que se me pasan por la cabeza y que no recuerdo al día siguiente. Me animo y me digo a mí mismo: “Mañana te dejas de historias y te pones con esa puta novela. Recuerda: será una gran novela”. Sé que es mentira incluso antes de formular la frase. Sé que jamás escribiré ninguna buena novela. Sé que nunca haré nada que merezca la pena por la sencilla razón de que aún no lo he hecho y lo que no existe no existe y voy de aquí para allá y de allá para aquí sin razón ni objetivo. Pero en ese momento, aún sabiéndolo, aún sabiendo que todo es mentira, consigo creérmelo. Consigo creerme mi mentira que sé que es mentira y la sensación de fracaso queda olvidada y creo saber a dónde voy y por qué.
Mi novela se titulará JB.
Son las siete de la tarde. Que comience la representación.

Micro relatos. 03/2009

Contagio
Cada vez que mi mujer bosteza, yo doy un trago.

Orión

Cuando se encontró vida inteligente en otro planeta, no hubo forma de entenderse con ellos.

Recreativos
La máquina me dio un premio de 240 euros. Cambié las monedas por billetes en la barra y me acabé el coñac. Salí del bar y crucé la calle. Me metí en otro bar y solicité cambio.

2025
Dos niños juegan a las cartas mientras beben whisky y fuman sin parar, antes de ir a follar a un club de alterne.

Feminismo
Una mujer quedó embarazada tras ser inseminada con esperma sintético de última generación. Parió un niño.

Drama
A la mujer más hermosa y sexy del mundo no le gustaba follar.

On the road
Un Nissan rojo metalizado saltó al vacío en plena noche desde un acantilado sin GPS y con los faros rotos. Aún así encontró el camino.

Letter
El suicida escribió su carta al juez en tercera persona para intentar comprender por qué lo hacía.

Preguntas
-¿Porqué ha muerto?
-No ha muerto.
-¿Quién?

jueves 30 de julio de 2009

Mujeres

Sólo ha habido dos mujeres importantes en mi vida. Con la primera pase diez minutos. Con la segunda algo más de quince.

A la primera la conocí cuando yo debía tener unos veintitrés años. Quizás más; quizás menos; quizás veintitrés años. Había ido a charlar con una amiga a un bar. Estábamos sentados a una mesa bebiendo cerveza y comiendo de un plato de frutos secos variados de esos que te sirven en algunos bares: maíz tostado, pipas de calabaza, garbanzos secos, pipas de girasol. Mi amiga –a la que llamaremos Sandra, aunque ese sea su verdadero nombre- seleccionaba sólo el maíz tostado apartando todo lo demás con el índice. Yo sólo cogía los garbanzos secos porque me recordaban el culo de una mujer. El resto lo guardábamos para cuando no quedara más remedio.

Desde la barra del bar dos espaldas nos observaban. Dos espaldas de mujer. Una era joven y la otra lo había sido. Sandra me estaba hablando de algo sin ninguna importancia y yo la atendía sin ningún interés para equilibrar la balanza. La espalda que aún era joven tenía una cabeza con el pelo negro como sólo el pelo negro puede serlo. La otra no tenía cabeza, aunque la ladeaba con vehemencia, por lo que deduje que era madre –probablemente de la otra espalda, la que sí tenía cabeza-.

En el preciso momento en que Sandra empezó una conversación cargada de importancia y yo respondí con mucho interés para volver a equilibrar la balanza, la espalda que aún era joven y tenía cabeza dejó de ser espalda y se hizo rostro. Así que aquella espalda que tenía cabeza también tenía rostro, y, ese rostro, lo había visto yo dos días atrás en un sueño extraño –y perdonen la redundancia- en el que un cuerpo blanco como una enana blanca yacía desnudo en una cama llena de polvo, en una habitación llena de polvo, en un edificio lleno de polvo, en una ciudad llena de polvo blanco como el cuerpo de una mujer con esa propiedad. El cuerpo yacía desnudo y el cabello negro lo acababa. El rostro de mi sueño me miró como luego lo haría el rostro del bar y por eso supe que ambos pertenecían a la misma espalda.

En el sueño, el cuerpo blanco con rostro que mira como si mirara en un bar, me decía “ven”. Y “ven” significaba “túmbate sobre este polvo blanco y hazme el amor”. También significaba otras cosas; cosas que no recuerdo porque hice caso sólo de la primera orden y el polvo que me cubrió taponó mis entendederas, que se encuentran justo ahí. El cuerpo blanco no tenía nombre, pero la luz que se filtraba a través de la ventana dando peso y entidad al polvo flotante me lo susurró a la nariz haciendo que al estornudar la llamara por su nombre. Así que cuando aquella mujer joven se giró y me miró a los ojos en aquel bar en el que servían frutos secos seleccionables yo ya sabía cómo se llamaba. Y sabía más cosas, sólo que olvidarlas fue fácil cuando Sandra dejó de darle importancia a la conversación importante que mantenía y yo tuve que dejar de mostrar interés para volver a equilibrar la balanza y así mantener al mundo girando sobre sí mismo otros cuatro mil millones de años más.

Cuando aquel rostro blanco acabado en negro me miró en aquel bar que era el paraíso de los frutos secos, supe al instante que era el rostro de mi vida, la espalda de mi vida, el amor de mi vida. O por lo menos uno de ellos.

Aquel rostro que me miró como me miró, y del cuál conservaba imborrable el recuerdo de su nombre en mi nariz y en mis entendederas que se encuentran justo ahí, se levantó y desapareció de mi vida. Todo sucedió en diez minutos, a los que habría que añadir el tiempo elástico de mis sueños. Una eternidad, vaya.

La segunda y última mujer importante de mi vida se me presentó de frente, por lo que no supe si tenía espalda hasta que se bajó de aquel vagón de metro en París, aquel vagón que nos llevaba a algún sitio entre Trocadero y Le Marais, que es a dónde van los vagones de metro en París cuando no tienen otra cosa que hacer.

Como digo la chica se me presentó de frente, pero también sentada. Su cuerpo acababa en rubio. La chica me miró un instante y al siguiente supe que era la mujer de mi vida. O mejor dicho: la segunda mujer de mi vida. Ella iba escuchando su Ipod quince años antes de que Steve Job se lo inventara. Eso me confirmó que, además de en rubio, su cuerpo finalizaba en inteligente. Me enamoré al momento y ella hizo lo propio para equilibrar la balanza y así conseguir que aquel vagón de metro siguiera yendo a algún sitio entre Trocadero y Le Marais por siempre jamás. Yo disimulé como pude mi amor por ella pensando en aquella primera chica que acababa en moreno y cuyo nombre sólo se podía pronunciar estornudando. Ella –la chica del metro- se dio cuenta de mi treta al leerme el pensamiento a través de su Ipod y sonrió con dulzura y compasión, como diciendo “que dulce eres y cuanta compasión produces”. Yo cambié mis pensamientos a un formato incompatible con su Ipod y ella subió el volumen del aparato. Se lo tomó mal. Entonces se levantó y saltó del vagón en marcha en una estación entre Trocadero y Le Marais. Así fue como perdí al segundo amor de mi vida. Desde entonces vivo solo en un pequeño apartamento lleno de polvo justo a quince minutos de Trocadero.

Tomo el metro todos los días, sobre todo cuando no tengo otra cosa que hacer.

Micro relatos. 02/2009.

Amistad.
Necesitaba a un amigo y llamé al 112.

1984
A las 21:10, según mi ordenador Apple Macintosh, estoy borracho.

Love me.
Si mi problema es no quererme, dejar de necesitar ser amado es la solución.

This is the end.
Mi vida se acaba y no me enorgullezco de ella.

Soluciones.
Lo que no se arregla con un polvo no se arregla con una cena.

Despedida.
-Vale… dame una hora para que reúna todo lo que de importante he hecho en la vida, lo grabe en un pen-drive y después desapareceré para siempre.

Un trato es un trato.
Cuando escucho Handshake Drugs la ropa íntima femenina deja de ser importante. Con esa canción podría vivir el resto de mis días en soledad. Handshake Drugs no es sólo una canción; es un olor que trae recuerdos. Puesto que los muertos no recuerdan, Handshake Drugs hace que me sienta vivo. Estaba pactado.

miércoles 29 de julio de 2009

Micro relatos. 01/2009.

Verano.
Me riego con whisky. Me pudro al sol.

Rendición.
La ciudad imperial me engulle. La ciudad imperial me hace súbdito.

Equívoco.
La chica saluda y no es a mí.

Percepción.
Todo es feo.

Dibujo lineal.
La distancia entre dos puntos puede ser tan grande como para que sólo exista uno.

Melodía.
La música sonaba como si el crepúsculo fuese el amanecer.
Sonaba como si todo pudiese volver a empezar.
La música mentía.

Falsas esperanzas.
Antes de conocerte eras maravillosa.

lunes 27 de julio de 2009

Brian filósofo.

Brian le dice a Peter Griffin: “¿Sabes? Lo que me gusta de las adolescentes es que siempre tienen la misma edad.”
El drama de la vejez en los hombres resumido en una frase ingeniosa.

miércoles 22 de julio de 2009

El chico invisible

A decir verdad, yo tenía miedo. Todos mis amigos habían echado a correr delante de mí. En cuanto alguien dio el aviso echaron a correr, pero yo me quedé rezagado en aquel pasadizo de la calle Olmos y era el último. Un coche patrulla estaba a punto de cerrar la salida sur del pasadizo y otro estaba en camino para hacer lo propio con la norte. Probablemente a mis amigos sólo les quedaban cinco o diez segundos para quedar atrapados allí. A mí ninguno.
Eran las tres de la madrugada y habíamos ido a robar en aquel bar porque alguien había dicho que dejaban mucha pasta en el interior y que sabía cómo abrir la puerta metálica. Pero la puerta metálica no se abrió. Lo estuvimos intentando más de un cuarto de hora, pero no se abrió.

-Voy a tirarla abajo aunque me cueste toda la noche –dijo R.

-Deberíamos largarnos –dijo P.

G. se había quedado vigilando la salida norte por lo que pudiera pasar, pero nadie vigilaba la salida sur. P. vio algo reflejado en los escaparates de la calle a la que daba la salida sur. Probablemente una luz azul. Corrió hasta la esquina. Cuando lo oímos gritar echamos a correr hacia la salida norte. P. salió por la sur. Pero yo me quedé rezagado. Entonces G. dio un nuevo aviso y supimos que eran dos los coches patrulla que venían hacia nosotros. Uno por cada lado del pasadizo.
Vi a mis amigos girar hacia la izquierda al final del pasadizo y supe que lograrían escapar y que yo sería el único que quedaría atrapado allí. Entonces hice algo extraño. Dejé de correr, bajé los brazos y al llegar al final del pasadizo giré a la derecha para bajar la calle Olmos, andando tranquilamente hacia el coche patrulla, dispuesto a entregarme. Un policía iba a pie, andando junto al coche. En el interior sólo iba el conductor. El policía que iba a pie se sujetó la pistola con la mano derecha y echó a correr detrás de mis amigos. El coche patrulla aceleró. El policía que corría pasó junto a mí, a menos de un metro. No había nadie más en toda la calle. El policía ni siquiera me miró. Seguí caminando sin mirar atrás unos veinte metros, dejando a los policías y a mis amigos a mi espalda. Entonces me giré. El policía que iba a pie había sacado su pistola y estaba dando el alto a mis amigos. G. tropezó y cayó al suelo. El coche patrulla se detuvo y su conductor salió con la pistola en la mano y apuntó a la cabeza de G. mientras el otro policía giraba por la misma esquina por la que lo habían hecho mis amigos. Yo volví a mirar al frente y aceleré el paso. Entonces oí un disparo y me giré. El policía que se había quedado con G. lo estaba esposando. Lo levantó del suelo y lo empujó contra el coche. Yo seguí caminando y al girar la esquina me encontré en Las Ramblas.

El rumor del agua cayendo en la fuente de Las Ramblas es lo último que recuerdo.

jueves 16 de julio de 2009

Economía.

Mi polla tiene hambre. Tu coño está saciado.
El neo-liberalismo no funciona.

A medias.

Nunca entenderás por qué dejo todo a medias.
Acabarlas es morir.
Nunca lo entende…

Teología.

Dios nos ha dejado solos para que juguemos a ser Él. Cuando acabe con la selección de personal, decidirá quién se va al paro y quién no.
No hay subsidio.

Matrimonio.

-El primer año de relación echábamos tres polvos diarios; el segundo dos polvos cada dos días; el tercero un polvo cada tres… y así.
-¿Y ahora?
-No, ahora nos llevamos bien.

domingo 12 de julio de 2009

Extracto de la novela en la que estoy trabajando. Aún no tiene título.

La mitad de la noche la pasé en el baño y la otra mitad en la cama. Lionel y David me habían llevado a casa en el coche del primero. El Dársena estaba cerca de mi apartamento pero, al parecer, me había empeñado en ir en coche por temor a que mi padre o Adela me vieran en ese estado. Del trayecto solo conseguía recordar el sonido del aleteo del plástico que hacia de luna trasera del coche. Lionel y David me dejaron tumbado en la cama y a partir de ahí sólo recordaba habitaciones fantasmales, interruptores que cambiaban de sitio, ráfagas de luz filtrándose por la ventana y un olor agrio, precedido de punzadas en el estómago, que permaneció durante días flotando en el baño. Dormí desde las diez de la noche hasta las siete de la mañana. Nueve horas, la mitad en el baño y la otra mitad en la cama, en las que se me pasaron por la cabeza innumerables imágenes absurdas e ideas no menos absurdas. Entre ellas la de matar a mi padre. A las siete de la mañana John Wayne empezó a disparar y logró alcanzarme con las dos últimas balas.
De lo primero que me di cuenta, cuando conseguí llegar al baño, fue de que no había tenido muy buena puntería la noche anterior. Había vomitado una gran parte de los jugos gástricos de mi estómago en el suelo, junto a la taza del váter. Al parecer tampoco había tenido bastante con un rollo de papel higiénico para limpiarme la boca, así que había un montón de papel arrugado y húmedo esparcido por el suelo y cilindros de cartón aquí y allá. Incluso en el lavabo había papel. Recogí todo el papel con la escoba y la pala y fregué los restos de vómito con la fregona acartonada. Metí la cabeza bajo el grifo de agua fría y bebí a pequeños sorbos mientras mi pelo se empapaba y mi cabeza se despejaba. Cuando acabé, me acuclillé en el suelo, cogido a la taza del váter, y me metí dos dedos en la boca hasta hacerme vomitar. Después fui a vestirme. Mientras me ponía los pantalones, sujetándome con una mano en el armario para no caerme, una pequeña bolsa de plástico blanca cayó de uno de los bolsillos del pantalón y rodó hasta meterse debajo de la cama. Mientras me agachaba para recogerla, sentí cómo un puñal largo y fino se clavaba en mi cabeza, introducido por la nuca, llegando hasta los globos oculares.
No sabía de dónde había salido aquel gramo de coca. No recordaba haber llegado a pedirle nada a Lionel y desde luego no había salido de casa la noche anterior con él encima. En cualquier caso, tanto me daba. Me puse una buena raya y guardé de nuevo la bolsa en el bolsillo del pantalón. Me peiné sin apenas mirarme al espejo y bajé al restaurante. Eran las ocho menos cuarto.
Hacia la una y media Lionel apareció por el restaurante, sonriente, con su acento francés-andaluz y otra de sus camisas de aspecto militar. Me pilló preparando tres tazas de té y una copa de coñac para unas inglesas septuagenarias.
-¿Cómo va esa resaca? –dijo.
-No lo sé: me dejé la cabeza en tu bar.
-Joder, macho –dijo “macho” en andaluz- Cuando las pillas las pillas todas.
-No le digas nada a mi padre. No quiero que piense que soy como él.
-Oye... Tenemos arreglado lo de la fiesta. He hablado con David y hemos quedado que para el sábado.
-Me parece bien.
-Vendrá Anette.
-¿Querrá verme?
-Es lo único que quiere.
-Pensaba que no querría saber nada de mí.
-¡Y no quiere! –Lionel se echo a reír –Pero quiere verte... Mira, tío, no sé cómo te lo montas con las mujeres, pero Annette es una chica especial. Si quiere verte es que quiere verte y con eso deberías tener más que suficiente para no andar jodiéndola por ahí intentando matarte de una borrachera.
-Me lo dice un francés que esta preparando una fiesta de las gordas.
-Eso no tiene nada que ver –Lionel hizo un gesto mirando el grifo de la cerveza, como si estuviera sirviendo una- Yo sé lo que me hago y porqué lo hago. Yo sólo me divierto. No intento matarme.
Fui hasta el grifo y serví dos cañas.
-Yo tampoco intento matarme –dije- Pero a veces no aguanto toda esta mierda.
-Esto no lo aguanta nadie. Ni yo, ni David, ni Annette. Ni siquiera tu padre lo aguanta. Pero esto es Mallorca y aquí las cosas van así –bebió de su caña y se me quedó mirando- Mira, tío... Tú sabes que estas aquí como podrías estar en cualquier sitio. Depende de ti. Para nosotros es diferente.
-Ahora mismo no sé en qué otro sitio podría estar –dije- Pero la verdad es que me da igual.
-Tú sabrás. De momento quedamos para el sábado –acabó su cerveza y se levantó- Y si se te ocurre pasarte con el whisky, piensa que Annette estará allí para salvarte. No está mal ¿eh?
Annette iba a estar allí para salvarme. El problema era que yo no sabía si quería ser salvado. Me fui al baño y me puse una raya. Después fui a servir los tes y el coñac a las reinas de Inglaterra.

***
Annette no vino. Se perdió el espectáculo.
Había estado esa tarde en el Dársena hablando con ella. Llegué cocido y Annette se enfadó. Bueno: se enfadó al final, cuando intenté desnudarme allí mismo y subirme a una mesa para que viera lo que le esperaba. Annette tenía poco aguante con los tipos como yo, y yo tenía poco aguante con los tipos como yo. Lo uno por lo otro. El caso es que Annette salió de la terraza y se fue a hablar con Lionel. La vi llorar y no entendí la razón. Supongo que se había enamorado de mí y yo había resultado ser una opción errónea. Se lo había advertido. Bueno, quizás no. Quizás me las había dado de artista maldito y eso la había confundido. Suele pasar y no hay que darle mayor importancia. La realidad era que a esas alturas del verano yo ya no era ni artista ni maldito. Yo sólo era un camarero borracho más. Y quería seguir siéndolo. El amor lo dejaría para cuando me diagnosticasen cirrosis. Entonces sí que iba a necesitar una mujer que cuidará de mí. Alguien que recogiera los trocitos de hígado que expulsaría, estertor tras estertor. Mi visión de la vida menguaba como mi polla tras una ducha fría. Quizás eso era lo que necesitaba: una ducha fría. Pero no abrí el grifo. Le pedí a Lionel un gramo y una Mahou –sólo por joder- y Lionel me miró con compasión y me sirvió la Mahou. Ni rastro de la coca. Por suerte llegó David. David el entusiasta. David. Qué gran tipo. Debimos pasar la mayor parte de la tarde en el baño. Él metiéndose rayas. Yo metiéndome rayas y llorando como un idiota llorando. Era una rana y no un príncipe. Era el príncipe de las ranas y lloraba como un puto sapo. Annette se perdió el espectáculo. Annette. Mon cherry Annette. Mon amour Annette. Se perdió el espectáculo.

Hacía mucho calor y la mancha negra vibraba como si le quedara un sólo aliento de vida.
Aparcamos el coche de Lionel y caminamos unos diez minutos sobre la arena, descalzos. David cargaba una bolsa de tela. Las botellas tintineaban a cada paso. Lionel llevaba una pequeña mochila raída. Yo llevaba metidas las manos en los bolsillos y cada vez que pisaba un pequeño montículo de arena trastabillaba y estaba a punto de caer, pero no me daba la gana sacar las manos de los bolsillos porque me había propuesto, estúpidamente, llegar así hasta el final.
Yo sólo quería meterme rayas, mirar tumbado cómo la estrellas seguían haciendo de las suyas. Ver pasar la vida rotando a mí alrededor. Esperar a que todo llegara. Iría a donde fuera y estaría en ningún sitio. Quería sentirme más borracho y más eufórico y más feliz y más vivo y menos muerto de lo que estaba. Pero ¿qué puede sentir un muerto que sabe que está muerto?
El sitio era perfecto. Nos metimos bajo un saliente de las rocas, protegidos por aquella masa pétrea y por la oscuridad y por el olor a salitre y el rumor de las olas y la caballería de dunas de arena. Annette, mon amour: lo que te has perdido. Qué enorme belleza esas estrellas guillándome el ojo. Que maravilla esas olas muriendo frente a mí, tan felices de acabar su corta vida justo allí. Annette, lo que nos hemos perdido.
Hicimos las primeras rayas sobre la cartera de Lionel, pero hacía algo de viento y pensamos que en cualquier momento la coca volaría e iría a mezclarse con la arena, y esnifarse toda la playa no parecía una buena idea. Así que decidimos que lo mejor era pulverizar las bolsas de coca con una de las botellas, meter los cuatro gramos mezclados en un trozo de bolsa blanca que habíamos recortado, y luego ésta en una pequeña caja metálica de pastillas para la tos en la que llevábamos algo de costo. Eso haría que quedase protegida, siempre y cuando a nadie se le cayera la caja de las manos. Después fuimos pasándonos la caja y esnifando directamente de ella. Pero David y Lionel no habían ido allí a meterse rayas de coca. Querían meterse un buen viaje y se pusieron a ello.
-A partir de ahora te quedas solo –dijo Lionel- Aunque si quieres también hay para ti.
-Me quedo solo –dije.
-Como quieras.
Las cervezas habían empezado a calentarse, así que le pegué un buen trago a la botella de whisky con la que había contribuido a la fiesta y esnifé una buena dosis de coca antes de recostarme contra las rocas. David había vomitado nada más meterse el chute y la arena había absorbido todo el líquido del vómito al instante. Lionel se había quedado inconsciente en una postura extraña. Estaba sentado, con las piernas separadas haciendo ángulo y el brazo derecho debajo de ellas. Su brazo izquierdo había quedado retorcido en la espalda, con la palma de la mano abierta hacia arriba. Era como si estuviese pidiendo limosna al revés. Después de vomitar, David se recostó como un niño cansado. Decidí tomarme en serio lo de cuidar de ellos y forcé a Lionel para que adoptara una postura más cómoda. Después me levanté y caminé hacia la orilla. Dejé que el mar mojara mis pies descalzos y me eché a llorar. Lionel tenía razón: me había quedado solo.

sábado 11 de julio de 2009

Ray Ban

Hace diez días supe que mi padre había muerto en un bar cuatro años atrás. Mi padre estaba solo y tenía una copa de whisky en la mano.
La relación con mi mujer va de mal en peor. Podemos estar frente al televisor dos horas sin dirigirnos la palabra.
Me emborracho casi a diario y mi trabajo me aburre tanto que no sé porqué sigo haciéndolo.
Pero tengo unas gafas de sol nuevas.

Hace tres días me compré unos auriculares de cincuenta euros. Suenan de maravilla y me aíslan del exterior. Puedo andar con ellos por calles llenas de tráfico y sólo oigo mi música. Nada más. Sólo mi música.
También me compré unas gafas de sol Ray Ban que me costaron ciento cincuenta y cinco euros. Son polarizadas. Así que me pongo mis gafas de sol Ray Ban de ciento cincuenta y cinco euros, mis auriculares de cincuenta y camino por la ciudad en busca de un bar donde emborracharme y así poder olvidar las dos horas de silencio frente al televisor, la imagen de mi padre derrumbándose por última vez en un bar y un trabajo que debería gustarme pero que he acabado por aborrecer. Entro en un bar del centro y pido un whisky con hielo en vaso ancho. Le digo a la camarera que sea generosa.
-Ponlo como si fuera para ti.
-Yo no bebo whisky.
-Entonces ponlo como si lo bebieras.
Consigo caerle mal a la camarera con sólo dos frases. Le doy al play de mi Ipod y suena “A shot in the arm” de Wilco. Me bebo el whisky y llamo de nuevo a la camarera.
-Ponme otro más generoso que el primero.
-Mira... Aquí las medidas las ponemos nosotros. Si no te gusta vete a otro bar.
-Me gusta este bar... Es un buen sitio para morir.
La camarera me mira un instante. Le gusto. Sé que le gusto. Soy un tipo de lo más atractivo. Sobre todo cuando llevo gafas de sol dentro de un bar. A esa puta la ha puesto cachonda mi chulería. La camarera se va y vuelve con otro vaso lleno de hielo y me sirve un whisky. Llena el vaso hasta el borde.
-¿Te parece bien así? –me dice.
-Me parece bien así –contesto.
-Es el último que te sirvo.
-Ojala eso fuese verdad.
La chica se va. Le doy de nuevo al play y suena “War on war”, también de Wilco. Entonces una especie de relámpago sacude mi cabeza. La agita y la despierta como haría Hulk con Blancanieves. Mi cabeza me dice dos cosas.
-Si de verdad estas intentando matarte bebiendo deberías ir más rápido. Deberías empezar a beber en cuanto te levantes de la cama. Empezar a beber a las siete de la tarde no es ir muy rápido.
-Tu padre la palmo sin haber oído una sola canción de Wilco.
Cuando mi cabeza deja de hablar pago los whiskys y salgo a la calle. Busco un supermercado y compro una botella de JB. Camino con la botella en la mano escuchando “Ashes of american flags”. Me siento en un banco y abro la botella. He de brindar por alguien. Dudo entre mi padre y Tweedy. Lo hago por los dos y sigo mi camino. Me espera una noche de silencio frente al televisor.

lunes 6 de julio de 2009

Me dice A.

Me dice A. que la mañana en la que vio a mi padre por última vez le asustó tanto su aspecto que no se atrevió a saludarle. A. iba al banco a hacer unas gestiones cuando lo vio caminando al otro lado de la calle. Iba andando rápido, mirando al frente, con las manos metidas en los bolsillos del pantalón, como si por una vez en su vida supiese a dónde ir. Me dice A. que no pudo reaccionar; que verle tan demacrado la paralizó.
Cuando A. regresó a casa, llamó a Gaspar, -el mejor amigo de mi padre por aquella época- y le preguntó por él. Quería saber cuanto tiempo hacía que no le veía, o si le veía, qué le pasaba, porqué tenía ese aspecto tan demacrado. Gaspar no sabía nada de él desde hacía meses.
Esa misma tarde mi padre fue al bar de un amigo a beber. Sentado a la barra empezó a encontrarse mal y veinte minutos después una ambulancia trasladaba su cadáver al hospital.
A. me cuenta todo esto en el pequeño callejón de Cala Bona en el que vive. Tengo el sol de julio incrustado en mi nuca. También me arden los antebrazos y las manos. A. suda mucho mientras gesticula con lentitud. Veo su cara redondita llena de gotas de sudor y sus pequeños ojos de ratita mirándome con ternura. Estamos aquí los dos, de pie, junto a un contenedor de basura, hablando de la muerte de mi padre, con el mundo dando vueltas alrededor camino de la playa.
- En el hospital no me dejaron verle. Me dijeron que sólo podían entrar familiares directos.
Antes de verme con A. he estado dando una vuelta por la playa, intentando reconocer los lugares que frecuenté en el verano de mil novecientos noventa y cinco, hace ya catorce años. Aquel verano trabajé junto a mi padre en el restaurante de A. y cuando acabó la temporada me fui y ya no les volví a ver.
-No sabíamos a quién avisar –dice A.- Nos preguntaron por algún familiar, pero ni Gaspar ni yo sabíamos como localizaros. Fue todo muy rápido... Iban a enterrarlo en una fosa común. Si no aparecía nadie, allí es dónde iban a enterrarlo.
Mientras A. me habla yo asiento: quiero que vea en mi expresión que no la culpo de nada. Intento mostrar entereza, no venirme abajo y echarme a llorar. Echarme a llorar lo estropearía todo. Quiero saber exactamente qué pasó. Quiero saber todo lo que pueda sobre los últimos años de la vida de mi padre. Quiero que A. siga hablando atropelladamente, como si se estuviera excusando, y tratar de retener toda la información con frialdad. Ya habrá tiempo de llorar.
-Tu padre era una buena persona. Yo hice lo que pude para que cambiara. Pero a tu padre no había quién le dijera por dónde tenía que ir. Él era así.
Le pregunto cuando sucedió todo.
-Este marzo ha hecho cuatro años. Fue en el dos mil cinco.
Me pregunto qué estaba haciendo yo en marzo de ese año y no consigo recordar nada. No consigo encontrar algo en mi vida significativo en todo ese año. Algo que poder asociar al momento en el que mi padre murió en un bar y estuvieron a punto de enterrarlo en una fosa común.
-Al día siguiente, por la mañana, se presentaron en el hospital unos familiares. No les había visto nunca, pero creo que eran la hija que tenía en Marratxi y su madre, aunque no estoy segura: no hablaron con ninguno de nosotros... No sé cómo se enteraron...
Le pregunto por ese nosotros.
-Gaspar, un amigo de tu padre al que no conocía y yo. Nadie más fue al hospital. Intentábamos decidir qué hacer.
A. me dice que aquellos familiares a los que no conocía recogieron sus pertenencias y se marcharon sin hacerse cargo del entierro. Se llevaron una cadena de oro que A. le había regalado a mi padre cuando aún estaban juntos, un reloj y unos cuantos billetes y monedas que llevaba en la cartera. Se llevaron todo lo que tenía algún valor y dejaron lo que no lo tenía allí. Dejaron a mi padre allí.
-Dije en el hospital que me haría cargo del entierro. No me pareció bien que le enterraran en una fosa común. Ahora, al menos, sabemos dónde encontrarle.
Antes de ir a ver a A. he pasado por “Es Mollet”. Es un pequeño restaurante a orillas del puerto. Tiene la terraza justo encima de la dársena. Recordaba que pertenecía a un amigo de mi padre. Es el primer lugar al que he ido a preguntar por él. Cuando he entrado no había nadie: ni clientes, ni camareros. Me he sentado a la barra y he esperado unos minutos. De la cocina salían de vez en cuando algunas risas. El restaurante esta igual que hace catorce años. Ha salido un cocinero y le he pedido una coca cola y mientras me la servía le he preguntado por el dueño del restaurante.
-Sí, sigue siendo el mismo. Hace veinticinco años que lo abrió.
Le explico quién soy. Le digo que trabajé para él rotulándole unos carteles catorce años atrás.
-Debe estar al caer. Ha ido ha hacer unas gestiones. No creo que tarde.
Cinco minutos después he visto como P. entraba por la puerta. Le he reconocido en seguida. Me he quitado las gafas de sol y me he levantado del taburete. Me he acercado a él y me he presentado.
-Vaya! Sí que hace tiempo, sí. Catorce años...
Le he dicho que lo veía igual que entonces; que no había cambiado nada. Le he dicho que me alegraba ver que “Es Mollet” seguía en pie, que había estado dando una vuelta por Cala Bona y que todo había cambiado mucho, que los sitios que yo recordaba ya no existían.
-Pero no creas, la cosa no va bien. Ahora cierro en invierno. En invierno no hay nada que hacer.
He seguido hablando un rato con él, intentando encontrar un hueco en la conversación para preguntarle por mi padre. Me he fijado en que cuando yo hablaba, me miraba a los ojos, pero cuando lo hacía él miraba hacia las ventanas, hacia la dársena. En uno de esos momentos he tenido la certeza de que cuando le preguntara por mi padre me diría que estaba muerto y he pensado que debía estar preparado para recibir el golpe, que debía dejar claro con mi expresión que, si bien no lo sabía, la noticia no me sorprendía.
-¿No lo sabes? Tu padre falleció hace unos años... Creo que fue en marzo. Yo tenía cerrado. Me había ido de vacaciones.
Le he dicho que lo esperaba, que no le había vuelto a ver desde entonces, desde el verano del noventa y cinco y que en realidad siempre que pensaba en él o hablaba de él lo hacía en pasado.
-Empezó a encontrarse mal y llamaron a una ambulancia. Pero no hubo nada que hacer: se murió allí mismo, con una vaso de whisky en la mano.
P. me ha dicho que A. se hizo cargo del entierro y que ahora está con un buen hombre. Ha dicho que a veces la ve y se saludan; que la ve un poco mayor, que anda despacito, como si le dolieran todos los huesos. P. me ha dicho que mi padre era un buen tío.
-Pero le gustaba mucho la juerga. Era así. Le gustaba mucho la juerga. Tengo una foto suya...Espera: creo que está por aquí...
P. me ha llevado hasta la entrada. En una pared lateral hay un montón de fotos enmarcadas en un bastidor muy grande. La mayoría son en blanco y negro, y las pocas que hay en color están quemadas por el sol. Ha buscado a mi padre entre ellas, señalándome algunas y haciendo un recuento de todos los camareros y amigos que han muerto.
-Todos se van muriendo –ha dicho, como si eso sólo les ocurriera a los demás.
La foto de mi padre no estaba allí. P. se ha acordado de que la tenía en la parte de abajo, junto a la bodega. Me ha invitado a bajar para que la viera, pero he declinado la invitación. Necesitaba salir de allí y poner en claro mis emociones y aún tenía que despedirme y desearle suerte a P. con la poca entereza que me iba quedando.

A. sigue hablando. Estoy a punto de sugerirle que vayamos a algún lugar con sombra -estoy seguro de que mi nuca se ha puesto roja como un tomate- pero antes de que pueda decir nada, A. me agarra del brazo y me invita a seguirla. Nos colocamos bajo un ficus que sobresale de una de las terrazas laterales que hay junto al callejón, a unos tres metros de donde estábamos.
-A veces se juntaba con Gaspar y cantaban para los turistas en algún hotel. Estaba un tiempo haciendo eso y luego desaparecía y te decían que lo habían visto de camarero en S’Illot o trabajando en algún hotel de Cala Millor. Luego aparecía sin venir a cuento, invitando a todo el mundo, como si nunca se hubiese marchado. De eso fue de lo que me cansé. Por eso lo dejamos.
A. se queda callada un momento, mirándome con esos ojitos entrecerrados; esos ojitos de ratita. Miro hacia el fondo del callejón, buscando las cajas de refrescos y cervezas que apilábamos allí para hacer sitio en el almacén, pero no hay ni rastro de ellas. El restaurante ya no existe. Mil novecientos noventa y cinco ya no existe.
-Puedo decirte dónde está enterrado. A lo mejor quieres ir a llevarle unas flores.
A. me dice esto y yo sólo veo a mi padre cantando una canción de Neil Diamond rodeado de alemanes. Le veo subido a la tarima, completamente inmerso en los años sesenta. En la Mallorca de los años sesenta. Le veo allí y siento una pena inmensa, una pena tan dolorosa que hace que olvide el calor, que olvide que nos abandonó como siempre lo hacía: sin decirle nada a nadie, sin venir a cuento de nada, sólo porque era incapaz de quedarse quieto en algún sitio.
A. me dice que vivió siempre así; que murió solo porque quiso vivir solo. Le digo que lo sé, que a lo largo de toda mi vida sólo pasé con él seis meses: los seis meses que estuve allí.
Mientras hablo con A., haciendo lo imposible por ocultar mis emociones, me giro una y otra vez para ver pasar a la gente camino de la playa. Soy consciente de que estoy intentando que algo de su alegría llegue hasta mí.
Me dice A. que se alegra de que yo no tenga sus mismas ideas. No sé que quiere decir exactamente, pero noto que lo dice con cariño y sé que mientras me habla está viendo en mis facciones las de mi padre.
Me despido de A. dándole dos besos. Le prometo volver en alguna ocasión, más adelante. Me dice A. que cuando lo haga me llevara hasta la tumba de mi padre. Me dice que le llevaremos flores. Le digo que de acuerdo, pero sé que no iré. Me da miedo llegar allí y que mi presencia le moleste. Al fin y al cabo, siempre quiso estar solo.

martes 12 de mayo de 2009

Esta cosa.

Esta tristeza no me la sacudo ni con diez millones de hectómetros cúbicos de vodka.
Esta cosa pegajosa me impide andar; me ciega cuando duermo y cuando no.
Esta tristeza la arrastro y disimulo. Esta capa de lodo no se limpia ni se seca. No se cae ni se pudre.
Esta cosa me persigue como un lobo robot; como un programa diseñado para hacer daño.
Esta maldición se nutre de recuerdos.
Esta cosa me asfixia y me hace vomitar.
Esto no era lo que esperaba.
Cuando llega la noche se hace fuerte. Me agarra por los tobillos y me muerde. Me arrastra y me dice cosas. Me ama y yo no. Me obliga y no sé cómo.
Esta cosa me dirige y se reafirma; me dice que sí y que no.
Esta cosa soy yo.
Esta cosa es gris y me quita el talento y se lo lleva lejos.
Esta cosa quiere verme muerto.
Esta cosa me olvida y me recuerda a su antojo. Me comprende y me odia; me quiere lejos de aquí y a su lado. Me domina.
Esta puta cosa que no sé como sacudirme.
Esta cosa que soy yo y que no reconozco.

domingo 12 de abril de 2009

Golpes.

¿Te metes el puto martillo por el culo tú, o te lo meto yo?
Sólo estaba haciendo...
Es Semana Santa, es domingo y son las ocho y media de la noche... ¿Te metes el puto martillo tú o te lo meto yo?
No creo que sea para ponerse así...
No soy ginecólogo... Puedo meterte el puto martillo por el culo como lo haría un camionero.
El hombre se queda una segundo pensando. Deduzco que hace cábalas. Lleva el martillo en la mano; podría abrirme la cabeza con un sólo gesto. Sé que no lo hará. Sabe lo que se juega. Yo no. A mí me da igual todo. El martillo acabará en su culo.
Lo siento. No sabía que era tan tarde.
La próxima vez que cojas un martillo piensa en mí... y piensa en tu culo.
Lo siento.
Buenas noches.
Buenas noches.