Había conocido a Cardona esa misma tarde, bajo un soportal que hay en la plaza de la Cuartera, en pleno casco antiguo de Palma, una zona que con los años sería rehabilitada y acabaría convirtiéndose en el lugar de moda para gays, modernos, profesionales liberales y jóvenes parejas sin demasiados problemas económicos, pero que por aquella época era uno de los sitios más tristes y decrépitos del mundo, habitado por familias de clase baja, prostitutas y gente sin pasado ni futuro. Uno de esos lugares a los que ibas a parar cuando todo había ido mal, tan sólo para que siguiera yendo mal.
Fue en el verano de 1982, cuando yo tenía dieciséis años. La edad en la que se deben empezar a tomar las decisiones que a lo largo de tu vida recordaras como las más importantes que hayas tomado nunca -sea esto cierto o no-; la edad en la que debes estar haciendo lo que se debe hacer a esa edad y no lo que jamás se debe hacer, ni entonces ni nunca. Aunque vivas mil años.
Así que allí estaba yo, con dieciséis años, tomando todas las decisiones erróneas que se pueden tomar a esa edad y que ahora recuerdo como las más importantes de mi vida. Sea esto cierto o no.
Aquella tarde me refugié bajo el soportal a esperar tiempos mejores mientras me fumaba unos porros junto a Ramos, uno de los chicos del barrio con el que mejor me llevaba. Hacía un calor insoportable y las moscas zumbaban por todos lados. Olía a orina y a basura putrefacta y alguien había rociado el suelo con lejía, pero de todos modos se estaba mejor que en cualquier otro lugar de la plaza, y desde luego mucho mejor que en cualquiera de nuestras casas.
Ramos y yo éramos amigos desde que llegué al barrio con apenas seis años, cuando a mis padres los echaron del piso en el que habíamos vivido hasta entonces y fueron a parar allí intentando empezar de nuevo. Una vez más.
Ramos siempre había sido más alto y más fuerte que cualquiera de nosotros, y su personalidad fue cambiando en la medida en que fue dándose cuenta de lo que eso significaba en un sitio como aquel.
Ramos tenía la cara y el cuello cubiertos de granos, de pequeñas cicatrices y de hendiduras en la piel por culpa de un infección en la sangre o algo parecido. Lo mejor que podías hacer cuando estabas con él era mirar para otro lado, y sobre todo, no hacer bromas al respecto. En cierta ocasión, uno de los chicos del barrio de Corea que conocía a alguien del nuestro, intentó hacerse el gracioso con él y acabó con media cara destrozada, tendido en el suelo y boqueando como un pez. Alguien debería haberle explicado que cuando uno sale de casa debe dejarse en ella sus propias reglas y aprender rápidamente las de los demás. Sobre todo si te sacan tres palmos.
Toda la pandilla estuvimos allí, viendo cómo Ramos casi acaba con la vida de aquel chico. La mayoría pareció pasárselo en grande, pero Ramos permaneció el resto de la tarde sin abrir la boca, sentado en el bordillo de la acera fumándose un porro detrás de otro. Cuando llegó la noche se levantó y se fue sin más. Era como si algo se le hubiese roto por dentro y hubiera pasado todas aquellas horas intentando recomponerlo. Toda aquella fortaleza física se derrumbó por una pelea que había ganado. Pensé que si ganar era eso, ganar no era gran cosa.
Por entonces yo ya había visto muchas palizas –incluso había participado en alguna de ellas- pero ese día, viendo la exagerada violencia con la que se empleó Ramos, supe que todo había cambiado y que a partir de ese momento las cosas sólo podrían empeorar: todo el mundo había tomado nota de cómo debían resolverse los conflictos si querías que te tomaran en serio.
Aquella tarde –la tarde en la que le conocí- Cardona se acercó y saludó como si llevara toda la vida allí. Yo no sabía quién era, pero a Ramos no pareció sorprenderle su presencia. Cardona preguntó: “¿Qué hacéis?”, mientras apoyaba su espalda en una columna y fijaba sus ojos en mí. Esperé a que Ramos dijera algo, pero de su boca sólo salió un bufido.
Cardona tenía diecisiete años -como supe más tarde, cuando ya se había ido y Ramos empezó a largar-, aunque debido a su estatura y a su cara de buen chico aparentaba catorce, o incluso menos. Había estado viviendo desde los tres años con su padre, y ahora que éste había muerto, su madre había tenido que hacerse cargo de él.
A su padre le apodaban “Montana” porque había tenido un bar con ese nombre. Era un tipo bastante fuerte, con brazos musculosos, pero más bien bajo y de andares simiescos. Tenía los brazos tatuados y llenos de cicatrices de viejas quemaduras de cigarrillo. Se los había visto alguna vez en La Gran Taberna, el bar que frecuentaba mi padre. Entonces yo no sabía quién era, pero mi padre sí. Por eso apenas cruzaba una palabra con él. Los dos –Cardona y su padre- vivían en un barrio cercano. El padre de Cardona iba por el nuestro de vez en cuando con la intención de retomar la relación con su mujer, pero Carmen –así se llamaba la madre de Cardona- se negaba una y otra vez, lo que no hacía más que enfurecer a Montana. Entonces Montana la golpeaba y luego se refugiaba en alguno de los bares del barrio a esperar tiempos mejores.
Cardona tampoco había tenido suerte con su madre. Por lo que me contó Ramos, para aquella mujer dar a luz fue el castigo que le envió Dios por no haber tomado las decisiones adecuadas cuando debió hacerlo, así que cuando se separó definitivamente de Montana se largó de casa llevándose sólo las maletas.
Carmen era prostituta –esto lo supe más tarde- igual que la madre de Ramos y lo había sido la mía y todas las demás. Trabajaban en los bares de alterne de la zona y se conocían entre si. Que eran putas no era ningún secreto para nadie y, en general, todo el mundo cargaba con su saco de vergüenza con bastante dignidad.
Respecto al padre, Ramos también me contó que había estado en la Legión, pero que lo habían echado tras darle una paliza a un cabo y haberlo dejado medio ciego de un ojo. Estuvo un tiempo pagando por ello y después se dedicó a encordar sillas para hoteles y restaurantes y a trapichear con el costo que no se fumaba. Se emborrachaba casi a diario, entonces zurraba a su hijo y luego se iba a dormir. A la mañana siguiente salía el sol y el mundo seguía dando vueltas. No dejó en paz a Cardona hasta que decidió tirarse desde aquella terraza y así fue como Cardona termino yendo a parar a mi barrio para que las cosas que le habían ido mal siguieran yéndole mal.
Ramos y él se habían conocido en el reformatorio unos años antes. Allí habían aprendido a desenvolverse en una imprenta, en las aulas taller; a desconfiar de los tutores demasiado afables, y a robar y conducir coches con destreza en sus múltiples fugas. Cardona no bebía, no fumaba y no le gustaban las drogas. Fue una de las primeras cosas que mencionó nada más conocernos. Con el tiempo acabó cayéndome bien –aunque me guardé mucho de decírselo- pero en aquel momento pensé que era un estúpido crío y no entendí muy bien qué clase de relación tenía con Ramos, a quien por otro lado era evidente que conocía de antes. Si no bebía, ni fumaba, ni se drogaba ¿qué diablos estaba haciendo allí, con dos tipos como nosotros?
Sin embargo, mientras la tarde iba pasando y Cardona seguía hablando y Ramos y yo seguíamos liando un porro tras otro, fui cambiando de opinión. Bajo aquella apariencia de chico venido de otro planeta, había un tipo que encajaría perfectamente en aquel lugar.
A media tarde Cardona empezó a hablar de coches: marcas, modelos, caballos, centímetros cúbicos... Mientras, Ramos y yo seguimos fumando un porro tras otro y las moscas siguieron persiguiéndose las unas a las otras sin demasiada suerte.
Cardona resultó ser una enciclopedia del motor. Podía recitarte de memoria todos los modelos de todas las marcas de prácticamente cualquier país y, por lo que contó, debía tener su cuarto atestado de revistas, pegatinas y posters sobre el tema. Eso era bastante raro allí. Me refiero a tener un hobby o una afición que te hicieran olvidar por un tiempo en que clase de lugar vivías. Eso me gustó, porque a mí me había dado desde pequeño por coleccionar tebeos y leer novelas a todas horas y tenía la secreta esperanza de llegar a ser algún día un dibujante famoso o un escritor de prestigio. Así que, si Cardona tenía una afición –la que fuese-, significaba que no se resignaba a vivir la realidad que le había tocado en suerte -no al menos todo el tiempo- y eso me pareció un síntoma de inteligencia.
En medio de todas aquellas marcas y modelos, Cardona mencionó un descapotable azul, al que por lo visto le tenía echado el ojo. Dijo que era tan reluciente y hermoso que daban ganas de pasarse la vida acariciándolo, y que cuando tuviese a unas cuantas putas a su cargo se compraría uno y las pasearía de aquí para allá. Pero Cardona no parecía el tipo de persona que consigue todo lo que se propone. En realidad, nadie habría dado un céntimo por ninguno de nosotros.
Del coche que íbamos a robar sólo recuerdo haberle oído decir que era inglés, azul y caro. Por lo que se refiere a la marca y el modelo no les presté atención. A mí los coches me traían sin cuidado, como ahora, que soy incapaz de distinguirlos unos de otros salvo por el color. A mí me daba igual el coche, pero me tentaba la idea de viajar a gran velocidad y lo más lejos posible de allí. Así que me mantuve en silencio mientras Cardona seguía hablando de su descapotable azul. De vez en cuando se quedaba ensimismado, en silencio, y entonces podíamos oír aquel zumbido persistente de las moscas y sentir aquella extraña paz con olor a lejía.
De pronto, Cardona puso cara de ir a decir algo muy serio, bajó la voz y se dirigió a mí.
-Hay un problema. El coche lo aparcan bajo tierra, en el parking de la plaza de los gitanos. Tendremos que entrar sin que nos vean y sacarlo de allí echando leches.
Dejó de mirarme y añadió:
-Hay gente que no es capaz de hacer una cosa así.
Ramos no dijo nada. Yo no dije nada. Pensé en lo que acababa de decir Cardona y recordé que conocía el lugar y que sabía que era el último sitio del mundo que escogería para meterme en líos.
Se trataba de una pequeña plaza a la que se podía acceder por cuatro callejuelas estrechas y malolientes, o bien por la salida sur de la calle Sindicato, la principal calle comercial de la zona. Esa plaza pertenecía a los gitanos, y los gitanos siempre resolvían los conflictos de la misma manera: ganándolos. Entonces las cosas eran así de sencillas: bastaba saber en qué plaza habías nacido para saber quién eras.
-¿Sabes si es de algún gitano? –le pregunté a Cardona.
-Ni puta idea. ¿Qué más da? –contestó él.
-Da, y mucho... –le advertí- No quiero vérmelas con ninguno. Esa gente no se anda con tonterías.
Cardona miró a su derecha. Una pareja de ancianos caminaba cerca de la entrada del pórtico. El hombre miró de soslayo a través de la arcada, bajó la vista y obligó a su mujer a acelerar el paso. No debió gustarle lo que vio. No podía reprochárselo: a mí me pasaba a menudo.
-El coche es cojonudo: me importa una mierda de quién sea.
-No sé, tío... Es un marrón –le dije. Encendí un porro y añadí:
- Si es de algún gitano, es de todos los gitanos: recuérdalo cuando tengas una navaja metida por el culo.
Cardona se encogió de hombros y se acuclilló, apoyado en la columna. Parecía un niño de diez años al que han castigado. Recuerdo que al mirarle pensé que tenía una de esas caras que dan ganas de abofetear. De pronto, sin saberlo, acababa de ponerme del lado de su padre.
-¿Eres marica o sólo te lo haces? –dijo. Sabía que sólo intentaba ganárseme, pero lo estaba haciendo por el lado equivocado. Empezaba a caerme bien. Acepté.
Mi madre siempre andaba liada en sus asuntos, y a mí sus asuntos me importaban tanto como a ella los míos. No tuve que explicarle ningún cuento, así que esa noche me encontré con Cardona y Ramos en la Plaza Mayor.
Llegué bastante borracho. Había estado dándole a una botella de ginebra que había robado dos días antes en un supermercado de la calle Sindicato. La guardaba, junto a varias revistas pornográficas, el costo y el papel de fumar, en una pequeña caja de madera a la que le había puesto un candado.
Lo hacíamos a menudo. Me refiero a robar toda clase de bebidas alcohólicas, incluso licores repugnantes con sabor a café o a cacao que acababas vomitando en cualquier esquina y te dejaban una jaqueca insufrible. El peor de todos era el Pipermint. Sabía a menta y era espeso y terriblemente dulce, aunque la botella era muy bonita. Lo llamábamos “jugo de putas” porque habíamos oído que eso era lo que solían pedir aquellas mujeres cuando un hombre entraba en tratos con ellas en los bares de alterne. Ni el más pintado resistía un par de tragos de aquella porquería, pero de entre todos los licores y demás bebidas alcohólicas que había en el supermercado, éste era el que resultaba más fácil de robar, ya que estaba en el pasillo más cercano a la salida. Así que cuando los empleados rondaban por el pasillo del whisky y la ginebra, agarrábamos una botella de jugo de putas y salíamos tranquilamente por la puerta. Todo con tal de no hacerlo con las manos vacías: a nadie le gusta trabajar en balde.
Como ya he dicho, dos días antes había tenido suerte y había conseguido una botella de ginebra. Así que aquella tarde, cuando regresé a casa, dejé por un rato mis tebeos y mis novelas, subí con la botella a la terraza, me senté en un rincón apoyando mi espalda en la pared y empecé a beber envuelto en el aleteo de las sábanas tendidas y los chillidos de las gaviotas. Cuando llegó la hora de verme con Cardona y Ramos, guardé la botella bajo llave y salí de casa.
Llegué a la Plaza Mayor sobre las doce. Cardona estaba de pie frente a Ramos, que andaba trasteando con una pequeña navaja automática tatuándole su nombre al banco del limpiabotas en el que solíamos sentarnos a ver pasar las horas. Aún había gente paseando por la calle, tomando el fresco o regresando de cenar en algún restaurante de La Lonja. De vez en cuando oíamos a lo lejos la voz de alguien haciendo alguna gracia. Después carcajadas y alguna carrera. A veces alguien cantaba y otros le secundaban. Había muchas formas de estar en el mundo, y a nosotros nos había tocado la peor. Era para echarse a llorar.
-Cardona dice que aún es pronto –dijo Ramos. Guardó la navaja en el bolsillo del pantalón y se incorporó resoplando. Era imposible no fijarse en sus granos. Miré para otro lado.
-Hay mucha gente por la calle –dijo Cardona- Podría bajar alguien mientras estamos allí.
-Si baja alguien le meteremos la navaja por el culo... ¡Como harían los gitanos! –dijo Ramos. Después se echó a reír. Su dentadura tampoco le iba a facilitar las cosas en la vida.
-Esperaremos –dijo Cardona.
Yo no tenía ninguna prisa. De hecho se me habían quitado las ganas de pavonearme subido en un descapotable. Pensé en irme a dormir. Pensé en abrir mi caja de madera y masturbarme. Pensé que algún día no estaría allí ni en ningún otro sitio y que a nadie le importaría lo más mínimo.
-¿Tienes costo? –le pregunté a Ramos.
Ramos escupió y se metió la mano en el bolsillo del pantalón y sacó el costo envuelto en papel de aluminio.
Poco después, mientras liaba un canuto, una pareja de jóvenes turistas pasó a nuestro lado. Iban canturreando algo que reconocí de la radio. Sonaba como si todo fuese a salir bien, como si ya nada pudiese salir mal. La pareja ni siquiera reparó en nosotros. Cardona y yo nos fijamos en la chica y luego nos miramos mutuamente. Cardona se llevó el puño a la boca, como si estuviera sujetando una polla, y fingió una mamada. Acabé de liar el porro y pensé que al día siguiente aquella pareja tomaría un avión de regreso a Inglaterra y nosotros nos quedaríamos para siempre en aquel banco. Cardona con sus coches, Ramos con sus granos y yo con mi caja de madera.
Zanganeamos un par de horas más, cambiando nuestra ubicación en la plaza de vez en cuando para evitar cruzarnos con algún coche patrulla haciendo su ronda.
A eso de las dos de la mañana, cuando ya apenas quedaba nadie por la calle, cruzamos la explanada desierta de la Plaza Mayor. Podía oír el chirriar de las zapatillas de Ramos al andar. Al otro lado de la plaza, un niño montaba en bicicleta dando vueltas en círculos seguido de cerca por un pequeño chucho. La sombra de dos adultos apoyados en una columna les observaban. Pensé en un infierno deshabitado, pensé que si me encontraba allí al principio de mi vida, su final no debería preocuparme demasiado.
Atravesamos la salida sur de la plaza, en dirección a la calle Colón. Aún se podía percibir el olor a sandwich caliente, a vainilla y a pollo asado de las cafeterías que rodeaban la plaza. Me pregunté por qué la comida para turistas siempre olía mejor que la que comía en casa. Intenté recordar qué había cenado o si lo había hecho, y acto seguido encendí un cigarrillo para quitarme el hambre.
Cardona iba el primero. Se le veía nervioso, pero a la vez parecía estar pasándoselo en grande. Miraba a uno y otro lado sin parar, como si su padre fuese a salir de la penumbra para atizarle y él le estuviese esperando para tirarlo desde lo alto de la terraza. Cada pocos metros se giraba y sonreía. Tenía los ojos pequeños y sus pestañas parecían las de una chica. Llevaba una camisa a cuadros blancos y azules, completamente abierta, que le venía grande y que, pensé, debía ser toda la herencia que le había dejado su padre después de pasarse los últimos años de su vida encordando sillas y zurrándole. Mientras caminábamos podía verle la nuca y parte de la espalda, quemada por el sol y con restos de piel muerta. Cada pocos metros se subía el pantalón con pequeños tirones. Todo parecía venirle grande, así que pensé que quizás le pasaría lo mismo con el coche.
Tras llegar al inicio de la calle Colón giramos a la izquierda. Recorrimos unos metros y giramos a la derecha para entrar en una callejuela atestada de joyerías, que nos llevaría, tras girar de nuevo a la izquierda, al descapotable de Cardona. Cuando llegamos a la plaza nos detuvimos un instante frente a la boca de salida del parking. Ramos encendió un cigarrillo y Cardona bajó unos metros la pendiente para echar un vistazo y asegurarse de que el coche estaba allí. Subió unos metros y nos hizo una señal. Ramos y yo bajamos a toda prisa y cada uno hizo lo acordado. Ramos vigilaba la entrada del parking. Su hombro derecho apoyado en una columna; su cara granulosa iluminada por la luz blanca de un fluorescente moribundo. Cardona en el interior del coche. Sentado en el asiento del piloto movía sus manos bajo el volante tratando de hacerle un puente al arranque. Yo de pie a su lado, mirando a un tiempo la maniobra, vigilando las escaleras de acceso y la pendiente de salida, preguntándome cómo íbamos a levantar la barrera ajedrezada que nos cerraba el paso veinte metros más allá. Estaba demasiado borracho y aturdido por el porro para tener miedo. Sin embargo, mi corazón llevaba un rato golpeándome con fuerza. Era como si no quisiera saber nada de todo aquel asunto, como si quisiera largarse de allí. Sentí nauseas. Quizás sí que era un marica después de todo.
Cuando Cardona finalmente arrancó el coche, y el silencio del parking quedó roto por el bramido del motor, Ramos me miró. Creí adivinar en sus ojos la misma pregunta que me hacia yo: ¿y ahora qué? Pero Ramos ya había robado otros coches; ya sabía de qué iba el asunto, así que no entendí su miedo.
Por el tubo de escape empezó a salir un humo negro y espeso al que le siguieron dos fuertes detonaciones, parecidas al sonido de los petardos. Pensé, con cierto temor, que aquello tenía que haberlo oído alguien más.
Cardona metió la marcha atrás y el coche salió despedido de las sombras y quedó varado, atravesando la calle de distribución, a pocos centímetros de una columna. De nuevo el aire se llenó de humo.
-¡Va, ostia! –gritó Cardona.
Yo fui el primero en saltar al interior del coche, al asiento del copiloto. Mientras Ramos corría hacia nosotros, pensé en largarme de allí, en correr y esconderme tras una columna. Pero en lugar de eso me agarré fuerte a la base del asiento. Olía a quemado por todas partes. Había un paquete de tabaco vacío y arrugado en el suelo del coche, que por alguna razón me molestó, y que lancé al suelo del parking. Esperé la arrancada mientras Ramos saltaba al asiento trasero.
Cardona enfiló el descapotable hacia la boca de salida. Metió primera y el coche avanzó a trompicones hacia la barrera. Pensé que se calaría allí mismo y que tendríamos que salir corriendo, pero entonces Cardona aceleró sin contemplaciones y lanzó el coche contra la barrera y la hizo saltar por los aires. Unos segundos después el coche era nuestro. Podías conseguir cualquier cosa en la vida, sólo tenías que controlar tus náuseas.
Cardona giró a la derecha. La calle en la que nos adentramos nos conducía directamente a la plaza de la Cuartera. Yo sabía que mi madre apenas dormía y que solía salir al balcón en las noches de verano. Nuestro piso daba a una pequeña calle que desembocaba en la plaza y desde el balcón podías ver ésta casi en su totalidad. A veces, mi madre bajaba a la calle y se sentaba junto a otras mujeres en algún portal o en las sillas que bajaban de sus casas. Supongo que charlaban sobre la vida, se contaban cosas del pasado o se dedicaban a despellejar a alguien a quien odiaran. Podrían vernos pasar a toda velocidad conduciendo un coche que no era nuestro, como no lo podía ser ninguno, y eso no habría estado bien.
Cardona apenas llegaba a los pedales, y su cuerpo diminuto se tambaleaba en cada curva como si fuese a salir despedido. Parecía un muñeco de cartón pilotando un trasatlántico.
Al llegar a la entrada de la plaza, le pedí que apagara las luces y la atravesara lo más rápido posible. Cuando lo hicimos, pude ver a varias figuras de pie, moviéndose lentamente, recortadas por la luz de las farolas. Cuando salimos de la plaza llegamos a la calle Ferrería y la recorrimos lentamente. Había corrillos formados por las putas viejas en las primeras esquinas. Algunas entraban o salían de los bares. Calzaban zapatos de tacón alto, sucios y llenos de cicatrices y cada vez que se movían o daban un paso, parecían estar apunto de desparramarse por el suelo, como si no hubiese huesos dentro de aquellos cuerpos. Se oían muchas risas provenientes de los corrillos, risas genuinas, completamente reales, y me pregunté si aquellas mujeres podían reír así porque ya no esperaban ningún milagro que mejorase sus vidas o porque nunca habían contemplado esa posibilidad. Quizás su risa era un escudo o quizás simplemente estaban borrachas.
Desde aquel descapotable todo parecía otra cosa. Empecé a creer que era posible que algún día Cardona tuviese uno igual y fuese pavoneándose por el barrio rodeado de putas jóvenes. Y si eso era posible, tal vez la cara que tuviese mi futuro no sería tan desagradable después de todo. Tal vez, tomara las decisiones que tomara, acabaría por salirme con la mía. Quizás sólo tenía que aprender a soportar las nauseas y todo lo demás vendría mansamente a mí.
Decidimos salir de la ciudad por la calle Manacor. Era una calle recta y podríamos poner a prueba el motor del descapotable y conducirlo hasta la Vía de Cintura en menos de cinco minutos. Después sólo tendríamos que adentrarnos en una carretera secundaria que nos llevara hacia el interior de la isla y, una vez allí, seguir conduciendo, sin preocuparnos por nada más.
*
Circulábamos en silencio. Me gustaba oír el sonido del motor y deseé que nadie abriera la boca nunca más y que aquel viaje no tuviese fin y que aquel coche fuese nuestro y nosotros no fuésemos nosotros.
Cardona puso la radio. Yo abrí la guantera y hurgué en ella. Documentos del coche, una bombilla y gomas elásticas; papel de fumar, un mechero y unas monedas. Me agaché para evitar el viento y así poder encender un cigarrillo. Inhalé una buena bocanada.
-¿Qué altura tenía? –le pregunté a Cardona.
-¿El qué?
-Ya sabes... la terraza.
Cardona me miró y luego giró la cabeza hacia los asientos traseros. Fijó su vista en la carretera.
-Un quinto piso.
-Joder!...-le dije- Vaya huevos hay que tener.
Cardona cambió de emisora. La que estaba puesta sólo emitía un chisporroteo.
-Sólo hay que estar lo suficientemente tarado.
Cardona levantó el pie del acelerador. Frente a nosotros dos puntos de luz azul se iban haciendo cada vez más grandes. La luz azul no podía traer nada bueno. Cuando nos cruzamos con el coche patrulla, Cardona mantuvo la mirada fija en la carretera, sin pestañear. Le había subestimado.
Unos metros más adelante miró por el retrovisor mientras desaceleraba aún más, hasta detenerse. La carretera estaba a oscuras. A mi izquierda todo era negro. A mi derecha se intuían campos segados, suaves elevaciones del terreno coronadas por grupúsculos de cipreses y mas allá, a unos cientos de metros, la silueta de casas de campo, molinos y torres de alta tensión recortadas en el cielo por la burbuja de luz que emanaba de la ciudad que acabábamos de dejar atrás. Si echaba a correr y me escondía entre la maleza había muchas posibilidades de que la noche acabara bien. Al menos para mí. Pero no me moví.
Me giré, medio incorporado en el asiento. Ramos había hecho lo mismo. Mirando hacia atrás, con su antebrazo izquierdo apoyado en el respaldo, le daba varias caladas seguidas a un cigarrillo. Podía ver el rojo de las luces traseras del coche tiñendo su cabello y el humo que salía de su boca.
-Picoletos... –dijo Ramos.
-Van a dar la vuelta –dijo Cardona- Fijo que dan la vuelta.
Unos doscientos metros por detrás, el coche patrulla se escoró lentamente a la derecha, incorporándose al arcén. Éste estaba lleno de grava y restos de ramas y hojas. Podíamos oír el crepitar de las piedras bajo los neumáticos. El coche patrulla se detuvo.
-¡Tío, dale caña! –le grité a Cardona.
Cardona metió primera y apretó el acelerador. El coche patrulla arrancó y giró ciento ochenta grados envuelto en una nube de polvo azul y rojo. Bandeó dos veces antes de recobrar la perpendicular de la carretera. Deseé haberme escondido en la maleza.
Llegamos a un pueblo y Cardona viró a la derecha para entrar por la primera calle ancha que encontramos. Aceleró y la atravesó. Durante unos segundos fuimos pegados a los pocos coches que había aparcados a la izquierda. Íbamos en dirección prohibida. Giramos a la derecha, por una pequeña calle ascendente, y nos plantamos en medio de una plaza. Tras recorrerla por su perímetro, Cardona lanzó el coche por una pendiente estrecha y oscura, de nuevo en dirección prohibida. Por detrás nos seguía la luz azul, ahora intermitente.
Giramos a la izquierda y bajamos una calle larga y estrecha, plagada de andamios y luces anaranjadas intermitentes centelleando a nuestro paso. Cardona detuvo el coche al final de la calle. Había dos bifurcaciones estrechas.
-¡¿Joder, para dónde tiro?!- gritó. Se giró un instante para ver mejor lo que venía por detrás. Sabía que habrían dado aviso y que ya habría más de un coche patrulla buscándonos.
-¡Ve por la derecha, tío! ¡Gira a la derecha! –dijo Ramos. Apoyaba una mano en cada respaldo delantero y parecía asustado. Empecé a tener miedo. No quería mirar atrás. El coche no se movió.
-¡No vienen! -gritó Cardona.
Ramos y yo nos giramos. La calle estaba vacía.
-¡Da la vuelta! -dije- ¡Da la vuelta y vuelve a subir la calle! –había tenido un intuición.
Cardona miró a Ramos, que seguía aferrado a nuestros asientos. Éste hizo un gesto extraño, como desentendiéndose del asunto. Un segundo después el coche avanzó hacia la bocacalle de la izquierda y se adentró unos metros. Cardona metió marcha atrás y giró el coche hasta meterlo en la calle de la derecha. Desandamos el camino lentamente. Cuando llegamos al inicio de la calle vi a Cardona mirar por el retrovisor. Le oí decir:
-¡Joder! ¡Cabrones de mierda!
Me giré y pude ver de nuevo la luz azul. El coche avanzaba despacio y de una de sus ventanillas salía un haz de luz blanca que recorría la calle de lado a lado. Ahí llegaba mi intuición.
Cuando nos localizaron, la luz blanca se apagó y pudimos oír un fogonazo de sirena. Luego, sólo el sonido de los dos coches y el de la radio. Cardona aceleró y al poco tiempo estábamos de nuevo en la plaza.
-¡Hijos de la gran puta! ¡Qué hijos de la gran puta!- gritó Cardona.
Yo estaba asustado y ya no quedaba ni rastro de la ginebra en mi cuerpo. Sin embargo, por alguna extraña razón, todo aquello me parecía divertido. Pensé que, si después de todo, aquello acababa mal, al menos supondría un punto y final, y un punto y final, al fin y al cabo, no era algo tan malo.
De alguna manera, cuando logramos salir del pueblo, el coche patrulla había desaparecido. En algún momento, después de llegar a la plaza, Cardona había hecho algo bien.
Frente a nosotros teníamos un camino de tierra atravesando un campo de naranjos. Recuerdo que olía muy bien y que por primera vez en mi vida podía ver todas las estrellas del firmamento a punto de desplomarse sobre mi cabeza. Me sentía bien y no quería pensar en nada que no fuesen aquellos naranjos y aquellas estrellas.
Durante un buen rato circulamos lentamente, sin decir una palabra, viendo como se sucedían las hileras de naranjos una tras otra. Temíamos que aquel camino nos llevara a alguna granja y tuviéramos que dar marcha atrás y volver a las andadas. La posibilidad de regresar a casa a pie era aún peor -ni siquiera sabíamos dónde estábamos- y robar otro coche era tentar demasiado a la suerte. Así que seguimos adelante hasta que Ramos empezó a encontrase mal.
-Para el coche –dijo- Páralo.
Ramos se bajó del coche y empezó a caminar frente a él. La luz de los faros delanteros proyectaba su sombra a lo largo del camino. Tras ella todo era oscuridad. Cardona y yo nos quedamos sentados, viendo como se alejaba. Salió del camino y se metió entre los árboles. Al poco le oímos vomitar. Después silencio y luego de nuevo las arcadas.
-Deberíamos dejar el coche aquí y esperar a que se haga de día –le dije a Cardona- Podemos coger un autobús en el pueblo. No nos han visto la cara.
Al poco Ramos regresó. Parecía enfermo.
-Vámonos de aquí –dijo.
-Creo que deberíamos dejar el coche... –le dije. Pero Ramos no parecía haberme oído.
-Necesito beber algo –dijo. Realmente tenía mal aspecto- ¿Habrá algún sitio abierto en el pueblo?
Miré mi reloj.
-Puede que en un hora. Pero creo que deberíamos dejar el coche y volver en autobús.
-Vale... Estoy hasta las narices del puto coche –dijo Ramos secándose la frente- Me voy a tumbar un rato y luego nos vamos.
Ramos subió a la parte trasera y se tumbó. Se tapó los ojos con su antebrazo derecho. Tenía toda la cara llena de gotas de sudor y pensé que eso debía producirle un escozor insoportable, con todos aquellos granos y heridas. Poco después me pareció que se había quedado dormido.
Bajé del coche y caminé frente a él. Vi mi propia sombra proyectada en el camino. Desanduve mis pasos y me senté en el capó a fumarme un cigarrillo. Realmente aquel sitio olía muy bien.
-Siento haberte preguntado lo de tu padre –le dije a Cardona. Luego añadí:
-Supongo que ahora estarás mejor –él no contestó- Con tu madre, quiero decir. Seguro que ahora las cosas serán diferentes.
Cardona seguía aferrado al volante y lo giraba a uno y otro lado, como si aún estuviese conduciendo, con la mirada perdida en el camino. Frenó en seco.
-Mi madre es una puta, pero no creo que acabe espachurrada en la acera.
**
En los dos o tres meses siguientes vi a Cardona muchas veces. Como ya dije acabó por caerme bien y creo que él llegó a sentir por mí algo parecido a la admiración y cercano al cariño. Yo era el único que nunca me había reído de su estatura en su propia cara y en alguna ocasión había intercedido por él para evitar que le dieran una paliza.
De vez en cuando se presentaba en el barrio con algún coche robado y hacía que todo el que quisiera se subiera en él y entonces se lo llevaba a dar una vuelta y le hablaba de marcas y modelos y caballos hasta que se le acababa la gasolina.
A mediados de diciembre, cerca de las navidades, Cardona robó un Renault cinco blanco y se dio una vuelta por el barrio. Ese día yo no estaba en la plaza. Acababa de descubrir que el vodka era mi bebida favorita y estaba celebrándolo con una botella en las escalinatas que van a parar a Las Ramblas desde la Plaza Mayor.
Cuando Cardona llegó a la plaza de la Cuartera se encontró con dos de los chicos del barrio. El Falen y el pequeño de los Tárraga se subieron al coche y estuvieron dando vueltas con él toda la tarde. Por la noche les dejó de nuevo en la plaza y Cardona se fue a seguir conduciendo. Más tarde, ya de madrugada, estrelló el Renault cinco contra un muro y ya no le volvimos a ver.